Tercera época Por Antonio Pippo
Cualquiera de las acepciones de la palabra paradoja es aplicable con matices menores a la situación del Banco Hipotecario: idea extraña u opuesta a la común opinión y el sentir de los hombres; aserción inverosímil o absurda que se presenta con apariencia de verdadera; figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.
Esto podría resumirse, con humor, en aquel hábito que recordaba Wimpi del tipo que, en cada vuelta, le dice al amigo: "A tu salud". Y se toma la copa él.
En tres años de gobierno se han dado, paralelos, dos procesos: la investigación de lo ocurrido en administraciones anteriores del organismo, que ha permitido probar una cantidad aplastante de irregularidades, con procesos judiciales incluidos, y el intento de reestructurar al banco para, ya descubiertos los despelotes amontonados en décadas, permitirle dar a la sociedad el servicio para el que fue creado.
¿Dónde está la paradoja? En que pese a que se sabe todo sobre la herencia maldita y se han elaborado no una sino varias reestructuras, el Hipotecario sigue anclado como un viejo barco abandonado en la bahía de Capurro.
Es demasiado sencillo, a mi modesto juicio, echarle la culpa al gremio de bancarios, que ha vuelto a rechazar una propuesta del Poder Ejecutivo. Creo que este desentendimiento implica una incapacidad para razonar con tolerancia y construir consensos que, lo digo con dolor, asusta. Los perjudicados, a fin de cuentas, y al aproximarse inexorable el fin de esta administración, son los contribuyentes y, sobre todo, los ciudadanos cuya necesidad de apoyo crediticio estatal para obtener una vivienda digna es absoluta e innegable.
La cosa no se resuelve con los préstamos anunciados por el Banco República ni con todo lo bueno que no tengo dudas hará la Agencia Nacional de Viviendas con las llamadas carteras sociales. Hace falta el motor del Hipotecario a pleno.
Hace falta terminar con la paradoja.
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