Ya lo he dicho: ejerzo, o por lo menos trato de hacerlo, la libertad de pensamiento crítico y la ética del postulado. Es claro que creo en la libertad individual, del mismo modo, porque no hay contradicción, que creo en la libertad sindical.
Pero con los sindicatos ocurre que a veces se dispersan en organizaciones de distinto grado. Y hablo de dispersión intencionadamente, porque no es improbable que las estrategias de unas choquen o se contradigan con las de otras. Pasa hoy con los maestros; los de Montevideo van por una vereda y el resto por otra. La consecuencia es un perjuicio social.
Las reivindicaciones que plantea Ademu son justas. No se trata de eso, sino de los caminos para lograr el objetivo, que difieren de los que transita la FUM. Para colmo de males, el Codicen ha aclarado que sólo reconoce a la Coordinadora de los Sindicatos de la Enseñanza como interlocutora válida. Más allá de derecho al pataleo, de legitimidad de reclamos y de decisiones, los niños de Montevideo han quedado de rehenes y la intransigencia parece empujar la cosa a una radicalización absoluta.
No creo que sea constructivo zambullirse en la división y tratar de bucear en ella; siempre quedan heridas dolorosas.
Se me ha ocurrido, lector, tal vez porque no soy muy avisado, que frecuentemente se da la solución de un problema cuando se estimula la percepción de la realidad y, al mismo tiempo, se eliminan los prejuicios. No es un proceso tan complicado ni tan intelectual como pudiera parecer.
Al respecto, dada la complejidad de la cuestión, me permitiré parafrasear a un maestro, Konrad Lorenz: "La solución llega siempre como una sorpresa, como una iluminación que deja la impresión de penetrar, desde fuera, en nuestro pensamiento racional (...) La hipótesis más probable es que constituye el resultado de las funciones más elevadas de nuestro sistema nervioso central, las más parecidas al pensamiento racional: las de la percepción de la forma".
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