Por Antonio Pippo
Ahora todo el mundo parece estar convencido de que la tristemente famosa guerra de las patentes se cancela con una ley. Es más: ya han aparecido varios proyectos con ese objetivo.
No sé. Sigo dudando si una solución legislativa no afecta parte de la autonomía que la Constitución ha reservado a las intendencias. Pero está claro que las cosas no pueden seguir como van.
Si uno presta atención a declaraciones de varios de los intendentes, enseguida recuerda al loro Rabelais, aquel del que contaba "La colmena", esa gran novela a la que tantas veces recurro: "Rabelais es un loro de cuidado, un loro procaz y sin principios, un loro descastado y con el que no hay quien que haga carrera. A lo mejor esta temporada está algo más tranquilo, diciendo "chocolate" y otras palabras propias de un loro fino, pero como es un inconsciente, cuando menos se piensa se descuelga declamando ordinarieces y pecados con su voz cascada de solterona vieja. ¡Es incorregible!".
Omitiendo mis dudas acerca de esa fórmula legal que obligaría al acatamiento general, da pena comprobar que los jefes comunales no sean capaces, apelando al sentido común o sea ejerciendo el raciocinio, la tolerancia y un espíritu benevolente de resolver un asunto que, en su mismísimo fondo, es demasiado sencillo y depende sólo de cuál es la verdadera intención.
Porque, vea, lector, si no hay una buena intención en todos, si es imposible alcanzar un consenso inteligente, constructivo, ¿hasta qué punto una norma legal será capaz de terminar con este loquero?
Y, claro, he usado el vocablo "loquero" y ha vuelto a mi memoria otro tramo de "La colmena", que ojalá no anticipe lo que puede caernos encima: a otro de los personajes le advierten que debe llevar a su esposa al médico porque tiene manías. Y él dice:
-Mira, si loquea, que loquee. Yo ya lo dije bien claro; si no me hacen caso, peor para ellos. Después vendrán las lamentaciones y el llevarse las manos a la cabeza".
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