Por Antonio Pippo
En el principio de los tiempos las mujeres fueron tan poderosas como los hombres. El gran cambio en sus relaciones comenzó con el cultivo de la tierra en la Media Luna Fértil, en Oriente Medio, ocho mil años antes de Cristo: al instalarse en las planicies, la mujer, entonces agricultora y paridora de hijos, quedó subordinada al hombre, que hacía la guerra y araba el suelo.
Pero esta realidad no permaneció inmutable y las mujeres, con los profundos cambios sociales operados a través de siglos, hoy caminan hacia la conquista definitiva de la igualdad de derechos.
Como me animan emociones y no la obligación de publicar una tesis antropológica, rindo mi homenaje a ellas, en este día tan significativo, recordando que existo y he llegado a ser lo que soy por poco que eso sea gracias a dos mujeres: mi madre y quien fue mi compañera en dolores y alegrías, en luces y sombras, durante cuarenta y cinco años.
Los múltiples y riquísimos ejemplos de amor que recibí hasta que las perdí a ambas son lo único que explica que siga de pie.
Pero escribí "amor" y enseguida recordé con qué facilidad el hombre reduce los diversos contenidos que encierra esa palabra; desde el delicado poeta al machista de cartón maché los han resumido en el romanticismo desmelenado, melodramático, o en una maniquea pasión desbordada. Pero el amor que da la mujer tiene muchas vidas y crea mucha vida; no es un juego de palabras sino el testimonio de alguien que ya ha vivido bastante y tuvo tiempo de sobra para darse cuenta de la verdad.
Por alguna razón, tal vez mezcla de instintos y culturas, no siempre valoramos ese amor de nuestras mujeres y muchas veces, cuando lo hacemos, es tarde, lo que nos condena al desasosiego hasta el final.
Fue Faulkner quien describió la tristeza infinita que queda: "...cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser; y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, entre la pena y la nada elijo la pena".
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