Se trataba de una película muda y se siguió dando hasta los años 60. En el cine de la escuelita Maturana fue infaltable al comienzo de la Semana Santa. Días en que la Vieja Capital se inundaba de religiosidad y también de un montón de gauchos. Es que en unos galpones y un terreno recién alambrado que oficiaba de ruedo, se organizaban muestras camperas y competencias de domadores. Los vecinos comenzaron a llamar a ese sitio "La Rural" y fue convocando gente que buscaba conocer las raíces de lo que denominaban "la patria gaucha" pero también se llenaba de curiosos y noveleros. El gauchaje que llegaba a esas domas lo hacía en su mayoría acompañado de sus familias. Todo el Paso Molino del ayer se alborotaba con tanta gente de grandes botas, ponchos, aludos sombreros y cinturones muy anchos adornados con moneditas. Las tiendas de Agraciada en esa semana dedicaban sus vidrieras a los visitantes de tierra adentro. Las vitrinas llenas de la llamada platería criolla, brillantes espuelas y chicotes que entusiasmaban a esos paisanos de "serios rostros y gestos lentos", como una vez les cantó Viglietti. Aunque muchos de esos gauchos, al llegar por ferrocarril a la Estación Central, caminaban unos pasos y llegaban al gigantesco Introzzi. En esos días de turismo gauchesco, ese tradicional comercio dedicaba todo un piso de sus amplias instalaciones a satisfacer los gustos y caprichos del paisanaje. Ponían muy pintonas bombachas tanto de paseo como de fajina, también unas botas de potro que hipnotizaban a los criollos y grandes pañuelos de cuello, la mayoría blancos como hueso de bagual. En el ingreso de aquella Rural de antaño, junto con la entrada te regalaban banderitas y escarapelas con los colores patrios pues aún se vivían los ecos de los festejos por el Centenario de la nacionalidad. Por esa época empezó la costumbre de hacer dar una vuelta de honor a los jinetes más meritorios con una bandera artiguista flameando en sus brazos. Todo el Prado respiraba un hermoso sentimiento patriótico y las damas tenían unos prendedores que lucían un radiante sol. Al terminar la jornada, gran cantidad de esos gauchos preferían darse una vuelta por los boliches del barrio. Los más vivarachos y talentosos para la improvisación se ganaban unos manguitos afirmando que podían armar una décimas al toque sobre cualquier tema o palabra que los parroquianos les propusieran. Los vecinos entraban en ese desafío y les planteaban términos rebuscados y más que extraños. Pero esos gauchos payadores improvisaban salvando los escollos y se ganaban unos pesitos que los vecinos entre risas y admiración siempre les pagaban. Al otro día tempranito se veía a esos paisanos junto a sus chinas gastando la platita en la cercana Tienda Salvo o en el Bazar El Aguila que tenía una jaula con esa ave en su techo. Por Agraciada, a la altura de Emilio Romero, estaba el boliche "Negro y Azul" que se llenaba de coplas e historias de lobizones y luces malas. Los parroquianos aceptaban a esos ocasionales compañeros del estaño y cuando parecía que podía haber bronca, surgía la enérgica voz del ex golero, de físico robusto, el popular Batignani que sabía manejar ese boliche como antes lo hizo con el arco del cuadro de sus amores. También por el tradicional Café Copacabana la presencia de esa gente del campo alegraba el ambiente con sus pintorescas anécdotas. La linajuda Confitería El Paso, se sumaba en esa semana telúrica y nativista. Aunque sus ocasionales clientes camperos no eran los humildes gauchos domadores sino que sus coquetas instalaciones recibían a "los patrones de tropas" y hasta algún estanciero. En las mesas de esa clásica confitería se sentaban junto a sus familias y charlaban de cuadrillas y compra venta de terrenos. Se les acercaban los clientes habituales de ese pituco sitio que fueron los acaudalados ocupantes de las casonas del Prado. De mañana tempranito, muchos botijas del barrio iban para la Rural ya que podían entrar a vichar todo y hasta se rebuscaban cuando un capataz canchero y bondadoso los dejaba dar una vueltita en los ponis. En el Rosedal del Prado, los fotógrafos con sus cámaras de cajón, vistiendo largas túnicas, sacaban muchas postales a una pareja compuesta por un gaucho grandote y una vecinita que había quedado deslumbrada por la guapeza y valentía de su ocasional galán de aquellos lejanos días de otoño.
Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.
OORDINACION: ANGEL LUIS GRENE
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