Luis A. Carro | Corresponsal
"Cuando los turistas me preguntan cómo llegar al Barrio Histórico, yo sonrío y les digo que allá al fondo de Colonia del Sacramento está el barrio Sur, y que el Barrio Histórico no existe", comenta el periodista Miguel Portela, conocedor de ese "espíritu" que aún sigue flotando entre ventanas con rejas y puertas con gruesos pasadores.
Cualquiera que indague, más que en los libros, en la memoria popular, encontrará que el colega tiene razón en lo que dice, aunque los visitantes no lo entiendan.
El barrio Sur estuvo allí por largos años y le dio un sello característico a la ciudad. Allí se agolpaban los conventillos, las "casas malas" (como la pacatería del mundo adulto llamaba a los prostíbulos) y los boliches en los que podía quedar armada una murga entre copa y copa.
"En el Sur vivía mucha gente pobre, trabajadora en su inmensa mayoría", recuerda Carlos Pos, nacido y criado en el lugar. "Claro que el resto de la población de Colonia miraba para este lado de la ciudad con desconfianza, como por encima del hombro. Eramos un barrio de mal vivir para muchos", comenta.
La suerte y la desgracia que tuvo el Sur fue la antigüedad de sus viviendas, muchas de las cuales no habían quedado en pie con el avance de los años. Desde los inicios del siglo XX hubo varios intentos de rescatar aquellos vestigios históricos hasta que el 11 de octubre de 1968 finalmente se creó el denominado Consejo Ejecutivo de las Obras de Reconstrucción y Preservación de la Antigua Colonia del Sacramento. Presidido por el historiador Fernando Assunçao, el grupo comenzó su labor en 1969, con la restauración de la Iglesia del Santísimo Sacramento (ahora Basílica), la muralla de la ciudadela y su puerta de campo.
A esas obras se sumaron la puesta en marcha de museos en añosas casonas y la recuperación y readaptación de espacios públicos como algunas plazoletas a las que se dio nuevo nombre, acorde a los nuevos vientos que por allí soplaban. En algún caso se llegó lisa y llanamente a fabricar un espacio y denominarlo "Plazuela del Gentilhombre".
Cuando el barrio Sur comenzó a cambiar tan drásticamente nadie niega la importancia del reacondicionamiento de aquellos testimonios del pasado, las fincas de revoques descascarados y aspecto humilde pasaron a adquirir un valor económico que en 1980, año del tricentenario de la fundación de Colonia, llegó a cifras nunca antes sospechadas.
Desde la vecina orilla llegaban acaudalados visitantes, primero de paseo y luego en calidad de compradores. Los vecinos, la mayor parte inquilinos, no estaban obviamente en condiciones de oponer resistencia a transacciones comerciales que se sellaban en oficinas de inmobiliarias.
El lento pero incesante éxodo de los sureños fue postal cotidiana. Algunos rumbo a otros barrios de la ciudad, otros más lejos, desparramados por otros departamentos. La vieja placita de los naranjos pasó a convertirse en la Plaza Mayor, por donde a diario trajinan turistas rioplatenses y europeos, con sus filmadoras y cámaras fotográficas a cuestas. El resto del barrio tuvo su época de oro para la filmación de películas y por esos recovecos pasaron Héctor Alterio, Thelma Biral, Imanol Arias, Susú Pecoraro, Graciela Borges y otros tantos famosos.
En aquel entonces no existía en Argentina la revista "Caras" pero otras de estilo similar cruzaban el Río de la Plata y dedicaban unas cuantas páginas para mostrar dormitorios y cocinas de aquellas fincas ahora habitadas por extranjeros pudientes. No faltaban los que dejaban marca indeleble de su propiedad y aún permanece en una fachada el cartel que indica "Casa de Félix Luna", refiriéndose al historiador de la vecina orilla.
En 1986, el viejo "espíritu" del barrio Sur recobró vida y se echó a andar. El escultor y poeta local Horacio Faedo escribió un texto alusivo a esa situación. Darío "Pelado" Juri, de la murga Nunca Más, le puso música. Así empezó a cantarse "la canción de los 300 años", como pasó a ser conocida a nivel popular.
La canción, entre otras cosas, denunciaba sin vueltas: "Pasaron 300 años/ y ahora no tengo/ teja ni muro donde dormir". En otro tramo de su letra proseguía diciendo: "Entonces llegaron los moralistas, los arquitectos, los escribidores/ y no me dejaron vivir/ en el barrio Sur".
Lo que había ocurrido quedaba sintetizado en una estrofa: "Que vivan las cumplidoras/ tejas del señor turista/ se llevaron la alegría/ no hay gringo que la resista". Por si algo faltaba, ese año un integrante de la murga, antes de comenzar la actuación, daba lectura a una "Carta a los vecinos del barrio Sur", en la que evocaba aquellos tiempos perdidos.
Los ex vecinos se fueron pasando el aviso y en cada actuación, en cada tablado en que la Nunca Más subía a cantar, allí estaban ellos, marcando su presencia y derramando las muchas lágrimas que llevaban contenidas por tanto tiempo.
En diciembre de 1995 la Unesco, en sesión realizada en Berlín, le otorgó a este sitio (ya definitivamente impuesto en el mundo como Barrio Histórico) el galardón de Patrimonio Cultural de la Humanidad, que pasó a ser la "marca en el orillo" para cada campaña turística promocional.
En torno a la Plaza Mayor había puestos de artesanos que daban al menos una nota de color los fines de semana. Por orden superior fueron desalojados y confinados lejos de allí, en la llamada Feria de la Ciudad.
En Semana de Turismo todo volverá a ser movimiento, vocinglería, ruido de pisadas sobre los adoquines. Los restaurantes acomodarán mesas y sombrillas en medio de la calle y un carruaje tirado por caballos paseará a los visitantes. De los autobuses bajarán excursiones con guías que hablarán de tejas españolas y calles portuguesas, pero no del alma del Sur, ese barrio que perdió el nombre y los vecinos para empezar a ser famoso.
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