Por Constanza Moreira | Politóloga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los fermentales análisis de Hugo Cores.
Ante su ausencia es cubierto por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
Desde fines de la década del cincuenta Uruguay ha construido una imagen de su desarrollo nacional como un dilema. Los problemas tienen una o varias soluciones. Los dilemas, no. Permanecen, hasta cierto punto, irresueltos, por la insuficiencia misma de cualquier solución. La palabra dilema es definida, en el diccionario Santillana de la lengua española, como "duda entre dos cosas, especialmente si ambas son malas".
El dilema del desarrollo uruguayo refiere a proyectos de país que han estado a menudo en pugna, o que remiten a soluciones contradictorias. La historia política de nuestro país registra esto en forma clara. Pero este dilema se ha vuelto más acuciante aún luego de la crisis de 2002, y aunque el crecimiento económico es hoy muy importante, la sustentabilidad del mismo llama a preocupación. A ello se agrega un panorama crecientemente sombrío que combina una coyuntura caracterizada al mismo tiempo por el aumento de la inflación en casi todos los países de la región (incluido el "ejemplar" Chile), el aumento del precio del petróleo y la depreciación del dólar.
Los uruguayos son conscientes de la insuficiencia de su desarrollo nacional, y la pregunta "¿es viable el Uruguay?", que tantas veces se ha formulado, evidencia la propia angustia por nuestro destino como país.
Una encuesta realizada en el marco del Informe de Desarrollo Humano en Uruguay 2008, muestra que casi cuatro de diez entrevistados creen que el país carece de un modelo o estrategia de desarrollo. También la mayoría de los entrevistados, obligados a decidir entre la importancia de distintas actividades económicas para promover el desarrollo del país, eligen, en primer lugar, la ganadería, y en segundo, la agricultura. Un gran conjunto de actividades económicas importantes para el desarrollo nacional, como la industria, los servicios, o el turismo, no concitan la misma evaluación. Y es que prevalece en nuestra población un "sentido común" ya histórico, de que nos salvamos con el campo o perecemos con él.
La imagen pública sobre la importancia de ciertas actividades económicas para viabilizar un desarrollo nacional, más allá de la importancia objetiva de las mismas, constituye un componente esencial de nuestro dilema de desarrollo. A menudo escuchamos decir que al país no sólo lo salva el agro, sino los servicios, la industria nacional, o las empresas que innovan. También escuchamos decir que la ganadería y la agricultura siguen siendo nuestro destino "natural", y que de lo que se trata es de incorporar valor agregado a la producción. Pero incorporar valor agregado a cualquier tipo de actividad económica supone que Uruguay apueste fuertemente a la investigación, la innovación y el desarrollo tecnológico.
En una entrevista realizada al actual ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Ernesto Agazzi, publicada en Brecha el 8 de febrero del corriente, éste sostiene que el agro va hacia "un franco desarrollo capitalista", a partir de una historia de un sector "especialmente conservador". Este desarrollo capitalista se asocia, a su vez, al creciente reemplazo del "estanciero tradicional" (en palabras del ministro) por las grandes sociedades de capital. Estas darían cuenta de un importante aumento de la productividad y, por consiguiente, de ese "desarrollo capitalista" que se estaría consolidando. Más allá del optimismo inicial de esta afirmación, el propio ministro señala que "uno de los problemas importantes que tiene nuestra ganadería es si vamos a exportar sólo materia prima, o vamos a avanzar incorporando más valor". A esto se suma la preocupación por el desplazamiento de cadenas productivas enteras a manos de capitales extranjeros.
Un artículo de de Carolina Porley, en este mismo semanario, muestra que en la mayor parte de los países desarrollados la inversión en investigación y desarrollo tiene una participación importante del sector privado, mientras que en América Latina ésta es costeada básicamente por el sector público. Ello evidencia que la participación del sector público es determinante, al menos en los niveles de desarrollo actuales, para una mayor incorporación de la tecnología y la innovación en nuestros procesos productivos.
El Informe de Desarrollo Humano en Uruguay 2005 da cuenta del "estado" del desarrollo uruguayo en este aspecto. Comienza señalando que la internacionalización de los sistemas de producción, así como las políticas de liberalización, plantean el riesgo de la marginación y destrucción de las cadenas productivas nacionales, al disminuir la densidad del tejido productivo. También señala que "la adquisición de empresas locales por parte de empresas extranjeras, así como la privatización de servicios públicos, han disminuido o suspendido esfuerzos nacionales de investigación y desarrollo, y determinado el cierre de los departamentos técnicos". Asimismo resalta los grandes costos que tienen para las capacidades de aprendizaje e innovación locales, el hecho de que las empresas trasnacionales importen las tecnologías provenientes de las casas matrices. Nada de ello colabora al progreso técnico que debe ser un componente esencial en cualquier ecuación que defina las claves del desarrollo uruguayo.
El Informe señala que de hecho, el sistema nacional de innovación en el agro uruguayo tiene un grado de desarrollo mayor que otros sistemas sectoriales (y ello refleja la importancia política que ha tenido este sector en todos los proyectos de país en las últimas décadas) pero también señala que existe una escasa propensión a la innovación y a la toma de riesgos, una alta resistencia al cambio, así como un excesivo individualismo, que inhabilita la búsqueda de soluciones compartidas entre empresas y productores. Una encuesta realizada a las empresas manufactureras uruguayas, muestra que la inmensa mayoría (67%) no había realizado ninguna innovación en su proceso productivo en el período de referencia (1998-2000).
Entre las cosas positivas que el Informe destaca, hay al menos dos: una es la "inteligencia" uruguaya; la otra, la existencia de un "núcleo" de empresas innovadoras cuyas experiencias deberían ser la base para un proceso de difusión del progreso técnico.
Así, el desarrollo no dependerá sólo de cuánto exportemos, o cuánto crezcamos, sino de la apuesta del país a su propia inteligencia, y a sus propios habitantes. El Informe finaliza mostrando que existe en Uruguay una masa crítica de investigadores que generan conocimientos científicos y tecnológicos de excelencia, pero la falta de financiamiento, o de un "sistema" que vincule a los investigadores con el sector productivo, conspira contra un mejor resultado de esas actividades. La mayor parte de las entidades que se dedican a la innovación y el desarrollo pertenece a esa institución, tan central, y tantas veces denostada, que es la Universidad de la República.
Frente a ello, la política es importante, y son importantes las políticas. El "libre juego de mercado", como señala el Informe de Desarrollo Humano, "no conduce a las estructuras adecuadas de generación y difusión de conocimiento científico y tecnológico". Al contrario, deben utilizarse políticas que generen marcos institucionales adecuados, y medidas fiscales y tributarias, o apoyos directos. El Estado juega un rol central en esto.
En los dilemas del desarrollo uruguayo debemos incorporar algunos elementos no dilemáticos, sino relativamente consensuales, u objetivos: la importancia de la apuesta a la inteligencia uruguaya, y la importancia de la participación del Estado en este problema. Sin ambas apuestas, el país "pradera-frontera-puerto" seguirá concitando la respuesta negativa del uruguayo "pesimista": ese que piensa que en Uruguay no existe ninguna estrategia o modelo de desarrollo nacional.
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