Por Antonio Pippo
Que Pedro Bordaberry ha sacudido al mohoso partido de Rivera y José Batlle y Ordóñez ya no hay quien lo dude, aunque las encuestas se empeñen en reflejarlo con cierta lividez.
Que Sanguinetti y Jorge Batlle se merecen, tampoco. El abrazo que se dieron en el tambo de Wilson Sanabria suerte de símbolo un tanto prosaico de una supuesta unión que ni Maquiavelo ni Fontanarrosa podrían haber pergeñado mejor ha sido prueba indiscutible de que las perestroikas políticas atacan a cualquier edad. A varios que andan por ahí, confiados en la renovación, les hubiera convenido vacunarse con Avivol o Despertina.
Esta vez a Batlle no se le desprendió ningún brazo, ¡vaya hecho conmovedor!, y a Julio María ni se le despeinaron las cejas; y las sonrisas de ambos fueron una joyita, una exquisitez del cinismo. Pero, claro, hubo que ver al otro día algunas caras, como las de José Amorín y Washington Abdala, por ejemplo, para medir el impacto del aparente e inesperado filicidio; la de Tabaré Viera no pude advertirla porque se quedó en Rivera, tal vez llorando a moco tendido.
En un recuerdo respetuoso del Señor, habría que declamar hoy: "Bienaventurados los ingenuos, porque de ellos será el reino de los cielos". Y enseguida sugerir: "¡Colorados, aprended urgente a tocar el arpa!".
"Si el vino viene, viene la vida", cantaba Horacio Guaraní, que sabía de lo que hablaba; pero, si estos dos se juntan de verdad, ¿qué carajo es lo que viene?
Intuyo que en el Partido Colorado se ha metido algo de locura, aparentemente de la mano de los líderes históricos sobre todo del inefable Batlle, en realidad una suerte de momia de líder histórico, que, supongo yo, estarán convencidos de su propia inmortalidad.
¡Qué quiere que le haga, lector! Surge Larra en mi memoria: "Poco a poco vuelvo en mí y exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Amadeo: El mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval".
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