Belén Riguetti - Genoveva Malcuori - Matías Rótulo
"Me llamo Petru Valensky. Soy un actor uruguayo... muy uruguayo y dedicado al público", fueron las primeras palabras del entrevistado.
--¿Qué quiere decir "muy uruguayo"?
--Que soy uruguayísimo, adoro al Uruguay, amo este país. Por eso a veces soy muy crítico, por suerte, porque como soy uruguayo puedo criticar; tengo ese derecho.
--¿Cómo se hace en Uruguay, en donde en general la gente es seria, para vivir del humor y, además, para estar siempre de muy buen humor?
--Vivir de buen humor es un trabajo de vida, es una cosa que se va haciendo día a día. No siempre estuve de buen humor. Vivimos en Uruguay, un país gris, como lo tildamos: sí que lo es; es un país pacato. Ese es un trabajo que por suerte he cumplido; era una de mis metas: sacar una sonrisa a tanta cosa gris.
--¿Y cuando no está la sonrisa? ¿O siempre la encontrás entre el público?
--En un 80%. El otro porcentaje es gente que no tiene humor. Es respetable que haya gente que tenga un problema, que no puede reír, o que la vida le pase por otro lado y viva de esa manera.
--¿Cuándo se termina el trabajo de actor? ¿Cuando se baja del escenario o se apaga la cámara? ¿O se sigue de largo?
--En mi casa. Me queda muy cerca del trabajo, y en ese trayecto voy desprendiéndome del personaje, aunque a veces la gente me va parando en la calle. Por ejemplo, ahora, en el trayecto de 15 minutos que tardé en llegar hasta acá, me paró muchísima gente en la calle, y algunos no son mis mejores días. La gente no espera que yo le tire mis pálidas ni mis broncas; espera otra cosa. Entonces el actor tiene que salir. No puedo decir: "Mire, tengo un mal día; perdóneme pero lo saludo otro día".
--¿Te gusta que alguna vez te hayan definido como el "Gasalla uruguayo"?
--Me encanta que me digan el "Gasalla uruguayo" porque lo quiero a Antonio, lo admiro. Soy muy amigo suyo. Lo quiero igual que a Pinti o a Carlitos Perciavalle, que fueron mis grandes referentes. En realidad fueron referentes todos los que hicieron la etapa del Di Tella en Argentina: Nacha, Pinti, Gasalla, Perciavalle. Siempre supe que quise pertenecer a ese grupo, aunque soy de otra generación. Ellos son de una generación en la que, lamentablemente, no me tocó vivir.
Sí me tocó vivir cosas muy parecidas a las que vivieron ellos: la dictadura, el caer preso por estar actuando, el que me hayan dicho más de una vez "no podés hacerlo" y seguir haciéndolo. El haber transgredido --no me gusta la transgresión porque la considero un límite--: de la transgresión al ridículo y de la ofensa al delito.
He sido transgresor en otros países. En Asunción del Paraguay, durante el gobierno de Stroessner, haber hecho "Italia Fausta" y mis unipersonales era una transgresión total. Y en esto me siento muy identificado con ellos, que también hicieron cosas afuera.
--¿Dijiste que caíste preso actuando?
--El 12 de enero de 1982, a las dos menos veinte de la mañana.
--¿Cómo fue el momento?
--Era la época dura de la dictadura, las últimas épocas donde ya se tenían que ir los verdes. Nosotros estábamos actuando en esos boliches under, esos boliches cerrados. Este quedaba en la calle Ibicuy, en un lugar que se llamaba Gente. Cayeron y marchamos 162, de los cuales quedamos unos cuantos. En su momento fue terrible para mí, porque se me venía el mundo encima, pero después, con los años, me sentí no feliz, pero sí más tranquilo porque no había hecho nada: sólo estaba actuando.
--¿Cuando te travestís, estás representando a una mujer o a un travesti?
--Todos mis personajes son alguien que he visto o con quienes he compartido. Los de "La cabra" ("Más loca que una cabra") son todos reconocibles, con nombre y apellido en la vida real.
--¿Y esos personajes te vieron en el escenario?
--Sí. El público, el grupo de amigos los ha visto y han dicho: "No te puedo creer: es Fulana, es Mengana".
--También tomás gente conocida.
--Ya en Italia Fausta representamos a Julia Möller. De hecho tres veces, en el año 89. Julia me llevaba a Canal 4 para empezar el programa con ese personaje, haciéndola a ella. Pero le habíamos avisado, y ella venía a ver cómo la representábamos.
--¿O sea que la respuesta de esas personas es positiva?
--Sí, por suerte sí. Desde la limpiadora a Teresa o a Nora, la cuidacoches. El payaso Morón un poco representa a todos los uruguayos, con esa cosa gris de: "Qué lindo día... pero va a llover en cualquier momento". Esa negatividad, esa cosa pesada del tipo que sabe de todo, opina de todo, es director técnico de todo.
--Vos hablás de que hiciste representaciones en otros países.
--Muchos.
--¿Te resultó más fácil acceder al público?
--Me resultó más fácil el reconocimiento, la sorpresa. Es más, este año hice temporada en Punta del Este y fue un éxito. Cuando nadie apostaba por Maldonado yo dije "nos vamos". Y nos fuimos a un teatro chico, el San Fernandino, que se llenaba de extranjeros. Me encantaban los comentarios impresionantes que hacía la gente a la salida; me esperaban para decírmelos.
Esto por un lado me daba orgullo, y por otro lado me decía: "Qué increíble. Siempre que he salido del país o me han venido a ver extranjeros, cómo aprecian mi trabajo". Bien o mal, el uruguayo me conoce. Llevo hechas 700 y algo de fiestas en casas privadas; eso es impresionante también. Imaginate un tipo que se haya metido 700 y pico de veces vestido de mujer en casas para hacer algo.
El otro día lo hice para una multinacional donde no me conocía nadie. Venían todos de Centroamérica. Quedaron tan sorprendidos que al otro día ya me estaban llamando para otras cosas. Ese es el reconocimiento que a mí me gusta, y fuera del país lo he tenido también, en Venezuela, o los seis meses de Argentina. Fue la primera vez que la revista Noticias le puso cinco estrellas a una obra de teatro. Clarín, La Nación, Página 12, todos han tenido una apreciación muy grande sobre mi trabajo, y eso a mí me encanta. Más me reconocen, más me quiero quedar. Es increíble. Tendría que ser al revés. No pasa un día en que no me digan: "¿por qué no te vas, por qué no has empezado en Argentina?". Económicamente me vendría muy bien, pero extraño muchísimo el afecto de los uruguayos. Me encanta el cariño de la gente y lo necesito, por eso es que me quedo.
--O sea que por más que te paren muchas personas en el trayecto de una cuadra...
--¡Pero es que me encanta! Me encanta sentirme parte de cada uno y lo necesito. No tengo vergüenza en decirlo.
--Siendo una persona pública, ¿qué pasa con tu vida privada?
--Cambia. Estos últimos meses se ha reducido muchísimo mi grupo de amigos, porque murió un medio hermano mío, un amigo de la vida desde los ocho años. Falta que deje de latir el corazón de Flavio Miller.... Son afectos. El círculo se me va cerrando cada vez más. Y con esa gente, como por ejemplo con Enrique Reboledo, salíamos en el auto cuando éramos jóvenes; hemos vivido cosas increíbles. Cuando no me conocía nadie gritábamos, hacíamos locuras y cosas que hoy no puedo hacer. Y en eso la vida me cambia; me tengo que cuidar más.
Por ejemplo, ahora estaba pagando una cuenta en uno de estos lugares de pago, y había una sola caja abierta de cuatro. Una señora muy pesada estaba adelante, y tenía unas ganas de protestar... Me tuve que controlar. Yo no lo puedo hacer. Me encantaría hacerlo, pero no lo puedo hacer.
--¿Sentís que aparecieron más amigos desde que tenés esta actividad?
--No, porque he sabido poner la barrera y el límite. Y sé cuándo me me están diciendo la verdad y cuándo me están falseando; cuándo me están pasando la mano por el lomo. Mantengo el núcleo de amigos de toda la vida, los de Italia Fausta, mi grupo cerrado: Omar Varela, Alvaro Borges, en su momento Luisito Charamello, Fito Galli. Bueno, Fito es como mi hijo; es mucho más chico que yo. Eramos y somos un grupo inseparable. Si bien no estoy cerrado, ya con la edad que tengo, con ese grupo de amigos me alcanza y en ellos me apoyo.
--¿Seguís en pareja?
--Sí.
--¿Hace cuánto?
--Once años, con Fito y con su hijo, que vive con nosotros, lo cual no nos ha generado nada problemático. Uno puede pensar que dos personas viviendo en pareja con el hijo de uno de ellos puede ser muy problemático. Pero no, al contrario.
--¿Cuántos años tiene?
--Dieciocho. Estamos desde los siete con él y nos llevamos muy bien. Somos como los Tres Mosqueteros. El no tiene nada que ver con el ambiente; es un chico estudioso, increíble, y vivimos muy bien.
--¿Has sufrido el prejuicio?
--Sí. Yo creo que siempre que hay prejuicio se sufre. Es curioso: el negro por un lado, el gordo, el gay, el musulmán. Todos los discriminados sufren.
--¿Y la aparición de Abigaíl en la escena uruguaya ha favorecido?
--Sí. Apareció Florencia de la V y favoreció a abrir la cabeza; apareció Abigaíl y también favoreció.
--¿Representando a los homosexuales, cómo ves el trato de la sociedad?
--Hay más apertura. Mi época, la generación 80, era terrible. Hoy ha cambiado mucho la cabeza. Están también los que te dicen: "Es gay, qué bárbaro". Es una mentira, una pantalla. El uruguayo, como digo en "La cabra", también tiene una careta que se pone y se saca dependiendo de quién tenga enfrente.
--¿Vos sentís que sos aceptado por ser conocido?
--Yo soy más aceptado porque tengo el título de actor. Si fuera Juan de los Palotes y trabajara en una oficina por ahí no sería tan aceptado como soy hoy. Lo que pasa es que llevo otra ventaja: siempre fui transparente y dije "soy así, no voy a cambiar ni voy a falsear". No voy a pertenecer al grupo de esos clubes cerrados que son casados, abuelos, pero viven su libertad entre cuatro paredes y nada más. Yo la vivo las 24 horas del día. Si no, ¿qué sentido tendría mi vida? No puedo ser falso. No habría cabeza ni cuerpo que aguantara una doble vida. Me voy al cajón con la dignidad de haber dicho a todo el mundo: "soy así. Si quieren me miran, si quieren dan vuelta la página, cambian de dial o de canal, o no van al teatro". Pero yo soy así, felizmente, no lamentablemente.
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