Tercera época Por Antonio Pippo
Alguien me preguntó no porque mi opinión sea relevante sino por tantos años de observación periodística acerca de las diferencias entre los parlamentarios de hoy y los anteriores a la dictadura. Advierto en mucha gente la convicción de que el nivel ha descendido.
No es tan sencillo.
Está claro que ha ocurrido una democratización del acceso a la responsabilidad legislativa. Es común ver en las bancas de ambas cámaras a quienes antes fueron dirigentes gremiales, trabajadores o simples militantes; ya no se trata de un ámbito exclusivo "de doctores", como pudo ser visto en el pasado, pese a que también ahora hay profesionales.
Eso es bueno. Significa, ni más ni menos, que cualquier ciudadano, en la medida de su compromiso y sus capacidades, y al margen de su historia laboral, puede acceder, de la mano del voto de los ciudadanos, nada menos que al Parlamento.
Pero también está claro que las épocas no son comparables. Si echamos la mirada a lo que ocurría treinta o cuarenta años atrás, hoy se lee menos, se habla peor y es fácil caer en la tentación del exhibicionismo, se sea legislador o carpintero, urólogo o mecánico, jubilado o maestro.
Eso es malo. Significa que las sesiones y obviamente uno habla en general, no para señalar a nadie con nombre y apellido transforman la dramatización a la que siempre se apeló, fuese por la ironía, el uso de metáforas o una intencionada asociación de ideas, en este teatro de mascaritas en que muchas veces se convierte hoy ante los medios de comunicación y la ciudadanía perpleja.
El Parlamento no es una isla. Allí se padece las mismas patologías que en el resto de la sociedad. Nadie ingresa al Palacio Legislativo y por ese único hecho se convierte en otra persona; sigue siendo el mismo, en lo positivo y en lo negativo.
"Tonce' diría Ruedita- hay que cambia' todo".
Claro, hay que buscar los caminos hacia una sociedad mejor, de más calidad intelectual y crítica, no sólo más equitativa.
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