Tercera época Por Antonio Pippo
A empellones, con una exagerada anticipación, al país lo están metiendo en la campaña preelectoral.
Se habla tanto de candidaturas, de programas, de encuestas y otras yerbas, que el hombre común ya entró por el aro, tal vez contra natura.
Me parece que se apuró al caballo en la bajada y todos corremos el riesgo de perder de vista lo esencial, que es lo que aún está en construcción, para introducirnos en una suerte de escenario que se levantó de apuro por circunstancias múltiples.
Pero, bueno, así están las cosas.
Si no hay más remedio que ocuparse de fórmulas, reales o imaginadas, compuestas a gusto de cada uno, y también de proyectos y promesas, entonces entrará en escena algo acerca de lo cual muchos dirigentes políticos han renegado: los debates.
Ojo, no estoy proponiendo debatir ahora; estoy advirtiendo sobre la necesidad de que, llegado el momento, el debate se convierta en un instrumento revelador y de orientación para el ciudadano. Ese mecanismo jamás podrá ser sustituido por duelos retóricos, cotidianos y espasmódicos a través de los medios de prensa; éstos, legítimamente, aprovechan el momento, la coyuntura, se centran en ellos y tratan de extraerles el máximo provecho. Como todos sabemos, difícilmente el ciudadano obtiene así una visión global, inteligible de la realidad; o sea la que necesita para decidir con mayor sensatez su voto.
Ahora bien, la historia reciente inquieta. Demasiados hombres dedicados a la política, incluso con aspiraciones relevantes, han dado la espalda a los debates. No señalaré a nadie ni juzgaré su conducta; supongo que, en general, para todos quienes se niegan a debatir es una cuestión de estrategia.
Sería de buen ver que el mundo político vernáculo pensara con más responsabilidad en los debates y en la necesidad que de ellos tiene la gente.
Eso sí: han de ser debates organizados con seriedad, con moderadores profesionales y un acceso sin restricciones de todos los candidatos.
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