LUIS GRENE
Los burreros del boliche Los Veteranos, de mitad de la cuadra, solazaban su vista con esas elegantes damas y envidiaban en secreto a sus acompañantes que lucían el obligatorio sombrero gardeliano. La entrada del teatro desbordaba luz y se destacaba la gran alfombra roja. Aunque El Urquiza estaba a una cuadra, en Andes y Mercedes, el Teatro Artigas tenía un público incondicional. Era el que disfrutaba de compañías teatrales argentinas que hacían capote en aquel Montevideo de las primeras décadas del jovencito Siglo XX. En sus tablas se presentaba muy seguido un actor argentino que aún no era una estrella rutilante y por esos años tenía más admiradores en el Uruguay que en la Argentina.
Se trataba del movedizo Enrique Serrano, que con sus comedias de enredos supo ser muy querido por el público del Teatro Artigas. Se daba el lujo de llenar la sala aún cuando estaba en el teatro "18 de Julio" el estelar Paquito Bustos que era un ídolo que convocaba multitudes. Así fue el Artigas, una sala nueva y popular que con artistas jóvenes enfrentaba a las luminarias del Urquiza y del "18 de Julio". En su escenario también se presentó una piba muy joven de aire arrabalero pero de una belleza indómita que enamoraba a los muchachos montevideanos. Fue Tita Merello que mucho antes de convertirse en espectacular ícono del tango rioplatense, también hizo lucir sus bellos ojos que te miraban desafiantes desde las marquesinas del Teatro Artigas.
Por los fines del Carnaval, en marzo, y en la entrada de la primavera actuaba en ese teatro la Troupe Ateniense. Se trataba de una agrupación que seguía la línea de las legendarias troupes "Oxford" y la genial "Un Real al 69".
La integraban principalmente universitarios y profesionales que eligieron el escenario del Artigas para sus espectáculos con gran éxito de taquilla.
Bajo la dirección del "Loro" Collazo y con la supervisión musical del talentoso Víctor Soliño, esa muchachada agitó a toda la ciudad. Desafiantes y transgresores no tenían reparos en actuar habitualmente vestidos de mujer en una postura que mereció las críticas desde periódicos como El Bien Público. Sus editorialistas de ideología conservadora le pedían a esos muchachos de "tan buenas familias" que reflexionaran y no dieran malos ejemplos. Un "ateniense" de pura cepa y de gran valor intelectual fue Roberto Fontaina que ideó junto a Ramón Collazo y a Soliño muchas canciones que rápidamente se integraron a la memoria popular del viejo Montevideo. En los tranvías y en los boliches se tarareaban las pegadizas músicas y letras de "Niño Bien" y "Mama yo quiero un novio". Pero las parejas junto a los caballeros solitarios que salían del aristocrático Jockey Club también tenían otro motivo para dirigirse a esa esquina de Andes y Colonia. Era el lujoso cabaret "Chantecler" que tenían un fastuoso salón pegado a los altos del Artigas. Dos enormes porteros controlaban la entrada y sin corbata o desaliñado no entraba nadie. Hasta las copetineras que trabajaban en ese cabaret eran de inusual belleza adornada con exquisitos y largos vestidos. Eran mujeres que se podía bailar con ellas previo al pago de un tique que se solicitaba al barman y si el cliente las invitaba a una copa ganaban un porcentaje. La bebida del Chantecler fue el champagne y también había sofisticados que pedían coñac para disfrutar de las excelentes orquestas y tríos como el del bandoneonista Héctor Artola. También actuó la orquesta de Juan D'Arienzo que siempre llegaba un rato antes de su actuación para charlar con sus amigos del Bar "El Derwi", de Colonia y Florida, donde abundaban los datos postas del turf. Una pareja conversa con Pintín Castellanos, un serio caballero se detiene a mirar la cartelera del Artigas y un vendedor de ramitos de violetas charla con el canillita que tenía su parada en Colonia y Andes. El Chantecler y el Teatro Artigas, dos leyendas que brillaron en las luces del viejo Centro montevideano.
Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.
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