Tercera época Por Antonio Pippo
A veces, las actitudes de los ciudadanos, por simple acumulación, se convierten en una cultura. Es decir, pasan a formar parte de ese conjunto de hábitos que se hacen comunes en una sociedad en un momento histórico determinado.
Pueden ser actitudes positivas o deplorables.
Una de las que está ingresando a esta última categoría es la construcción nunca mejor aplicado el vocablo, creo de unas peleas patéticas, hasta grotescas, iniciadas por personas notorias a través de los medios de comunicación y dirimidas luego en las sedes judiciales.
Acaban de incurrir en ella Julio Marenales y Jorge Batlle.
A fines de esta reflexión no me interesa determinar quién tiene razón, ni creo ser el indicado para hacerlo. Pero como observador crítico de la realidad me parece muy triste, tristísimo, advertir un sugestivo detalle. Mientras, a través de la prensa, la gente cree descubrir gravísimas acusaciones o la afectación del honor de alguien relevante, comprueba más tarde, tras una previsible instancia penal durante la cual quien más incómodo se siente es el magistrado a quien la ley obliga a un acto que quizás le induzca a intuir que está perdiendo el tiempo que los involucrados sonríen, se saludan cortesmente y hasta bromean sobre lo ocurrido.
Si esta actitud respalda la salvaguardia del honor de las personas, caramba, qué fácil se resuelve todo.
Si esta actitud sostiene la verosimilitud de acusaciones delicadísimas contra hombres públicos, caramba, qué fácil se disuelve todo.
Alguien dirá que se trata de arreglos entre caballeros, en un escenario serio, severo, dispuesto por los códigos vigentes.
Puede ser.
Salvo que me es difícil evitar una cierta inflamación de delicadas partes, que molesta bastante, por la persistencia de tales actitudes o prácticas sociales o políticas, si se quiere, tanto como abandonar la sospecha, aunque probablemente esté equivocado, de una hipocresía sin elegancia pero cargosa como tábano de arroyo.
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