HUGO ACEVEDO
En "Las intermitencias de la muerte", el Premio Nóbel de Literatura portugués José Saramago construye un original ensayo sobre las conductas humanas enfrentadas a una situación límite, que apunta a la exploración crítica de los miedos ancestrales y las más persistentes angustias e incertidumbres.
El extenso relato plantea la inverosímil hipótesis de la abolición de la muerte derivada de un fenómeno tan sorprendente como imposible, un tema escasamente transitado pero para nada novedoso en la literatura. Sin embargo, el abordaje de Saramago -como se podrá suponer- posee un sesgo original e intransferible.
Fiel a su estilo, el autor desarrolla su historia en un país inidentificado, en un tiempo histórico indefinido y en un día de año nuevo, cuando es habitual la proliferación de accidentes y otras situaciones de violencia provocadas por el alto consumo de alcohol y el desenfreno colectivo.
Exhibiendo una ironía rayana en el absurdo, el escritor retrata el previsible estupor derivado de una eventual "huelga" de la temible parca sin que se detenga el tiempo, y la conmoción de una sociedad sacudida por una situación tan inédita como inesperada.
El autor construye una narración no exenta de humor delirante, para describir las consecuencias de una prolongada ausencia de la muerte, que amenaza la existencia misma de las religiones, privadas del sustento de su discurso.
Obviamente, sin muerte no hay resurrección, paraíso ni infierno y menos aún miedo a la proclamada condena eterna, arma recurrente de dominación y subordinación colectiva al poder hegemónico de la Iglesia.
Saramago tampoco soslaya las graves consecuencias económicas devenidas de una situación de esta naturaleza: la quiebra de la industria funeraria y la ruina de las empresas vendedoras de pólizas de vida y de los sistemas previsionales, así como el virtual colapso de los hospitales y las casas de salud, por la supervivencia de los ancianos que estaban por expirar al momento en que acaece el impactante suceso.
El Premio Nóbel de Literatura ensaya una aguda mirada crítica sobre las costumbres de una sociedad enfrentada a una situación incontrolable y sus reacciones, casi siempre destempladas.
El autor parece disfrutar de este ejercicio cuasi literario de sesgo fantástico, al acentuar los aspectos más grotescos de las conductas sociales, que siguen un curso cardinal rumbo al paroxismo.
El narrador profundiza su razonamiento en torno a lo que realmente sucedería en una comunidad sin muertes. En ese contexto, analiza los antagónicos componentes del caos, que discurren obviamente entre la inicial seguridad de saberse eterno y la incertidumbre del destino final de los miles de enfermos terminales, condenados a sobrevivir en paupérrimas condiciones.
José Saramago se imagina los acalorados debates originados por el inédito acontecimiento, que enfrentan -cada uno desde su propia trinchera- a líderes políticos, religiosos y filósofos.
Los diálogos están concebidos en un tono deliberadamente jocoso y de acento desmesurado, acorde con la veta satírica que suele cultivar el escritor portugués.
Como en su "Ensayo sobre la lucidez", el novelista y ensayista no escatima artillería crítica para denunciar los desbordes autoritarios frecuentes en situaciones nada convencionales, que suelen ser habitualmente atribuidas a oscuras conspiraciones.
El laureado escritor critica ácidamente los comportamientos humanos, cuando retrata la sórdida corrupción que rodea a una nueva y lucrativa industria: el tráfico humano de enfermos terminales al otro lado de la frontera, para que, fuera de su territorio, puedan despedirse -de una buena vez- del mundo de los vivos.
Saramago sugiere que la restauración de la muerte como derecho humano está en sintonía con el necesario orden natural y el equilibrio demográfico, social y hasta económico del atribulado país.
El Premio Nóbel de Literatura imprime a su relato un giro rayano en el absurdo, cuando imagina una hipótesis de guerra interna derivada de la imposible ausencia de la muerte, que lejos de aventar temores e incertidumbres, genera aún más conflictos.
El narrador construye una profunda reflexión en torno a la muerte, tema controvertido por antonomasia, que analiza tanto desde el punto de vista filosófico como biológico.
Ese intenso soliloquio es una suerte de ensayo de naturaleza existencialista, que apunta a desentrañar el inquietante origen de la angustia y las incertidumbres humanas.
Este discurrir cuasi ontológico no soslaya incluso, complejas lucubraciones sobre el orden natural, el origen de la vida y el universo y el inexorable epílogo del ser y el devenir tal cual lo concebimos.
El paradigmático pensador juega con el recurso de la desmesura, para evaluar las actitudes y reacciones de los actores políticos y sociales que, enfrentados a una situación de emergencia, actúan más emocionalmente que racionalmente.
Sin embargo, el desarrollo del propio relato corrobora que el ser humano siempre teme más a lo desconocido, porque ello supone una situación ingobernable para su razonamiento.
En ese contexto, analiza la psicología de una sociedad conmovida por la ausencia de la muerte y luego aterrorizada por el inminente regreso de su implacable guadaña.
El autor ensaya un agudo discurso irónico que se mofa del gobierno, la Iglesia y la intelectualidad de una comunidad en estado de pánico, que se siente profundamente conmovida por un acontecimiento que violenta su statu quo.
De algún modo, el autor retrata a un modelo social momificado, que se debate entre la tradición de la monarquía hereditaria y la también bastante desgastada ideología republicana.
El propio pedido de captura de la muerte como si se tratara de un ente corpóreo, asume un carácter simbólico que refiere, por ejemplo, a la tesis de enemigo común o a una conspiración terrorista que, en este caso, sería de procedencia sobrenatural.
El imaginativo escritor portugués transforma a la vieja parca en un individuo con identidad propia, que tiene el supremo poder de determinar el destino de los mortales.
Sin embargo, el autor desafía simbólicamente las leyes de esa concepción filosófica y biológicamente determinista, al transformar a uno de sus personajes en una suerte de insurgente que se rebela contra lo inexorable.
El relato muta en ensayo, al abordar el controvertido tema del destino último del ser humano, aludiendo también, en ese contexto, a la caducidad de toda forma de vida en la naturaleza.
El escritor tampoco soslaya reflexionar en torno a la crisis, la decadencia y la extinción de algunos fenómenos históricos y la aparentemente inevitable transformación de los sistemas de ideas, en el permanente fluir del tiempo y el espacio.
Imagina una suerte de competencia entre el hombre y la muerte, que es una elocuente metáfora de un estado de angustia permanente.
En esta novela de trazo surrealista, el Premio Nobel de Literatura ensaya una minuciosa radiografía de la condición humana, examinando las conductas sociales de una comunidad enfrentada a una situación límite, que desafía a las leyes de la lógica y la razón.
El intelectual portugués desarrolla un profundo ejercicio reflexivo, que discurre entre la crítica y la ironía, mofándose ácidamente de las rígidas pautas culturales imperantes.
En cierta medida, el narrador también fustiga la persistente colonización de conciencias, la renovada institucionalización del fanatismo y la banalización espiritual.
Sin embargo, pese a todo, el galardonado escritor admite que el hombre contemporáneo aún se plantea los interrogantes cruciales sobre su origen y su destino último.
Mixturando la realidad con el mito, el Premio Nóbel plantea una situación racionalmente imposible. Sin embargo, el propósito del escritor excede claramente a la mera construcción de un universo fantástico y surrealista.
El novelista toma como pretexto a la muerte, para dialogar con la realidad acerca de lo efímero, la finitud de lo material y el enigma de las grandes cuestiones de naturaleza metafísica.
Como es habitual, José Saramago construye su relato mediante una prosa de lenguaje barroco y algo engolado, que abunda en metáforas y a menudo peca de una erudición cuasi exhibicionista.
Sin embargo, "Las intermitencias de la muerte" es una obra de fuerte acento reflexivo, que apunta a indagar en las persistentes incertidumbres y temores inherentes a la naturaleza humana. *
(Editorial Alfaguara)
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