HUGO ACEVEDO
Sin embargo, detrás de esa ilusoria fachada de terrenales paraísos artificiales se oculta el verdadero rostro del modelo, que a menudo suele asumir perfiles grotescos y despiadados.
Al entronizamiento de ese espejismo apuntan precisamente los discursos del omnipotente poder económico, que panegirizan al individualismo como conducta suprema de convivencia, desestimando los esfuerzos solidarios nacidos de la propia trama social.
Como otras manifestaciones del arte, el cine ha documentando, en mayor o menos medida, esta perversa mutación de valores, en cuyo marco se rinde pleitesía a la cultura del éxito y se desecha muchos de los tradicionales presupuestos de nuestra filosofía humanista.
En Días de furia, el debutante cineasta Niels Mueller construye un filme intenso y de lenguaje contundente, que discurre entre el drama personal, la crítica y el alegato social.
La película está ligeramente inspirada en un hecho real acaecido el 22 de febrero de 1974 en los Estados Unidos, cuando un desesperado, solitario y atormentado ex vendedor de neumáticos resolvió secuestrar un avión con la intención de estrellarlo contra la Casa Blanca.
Sin mayor esfuerzo, cualquier cinéfilo podría inferir una clara alusión al trágico atentado contra las Torres Gemelas. Sin embargo, el episodio que narra la película, registrado hace ya más de tres décadas, transitó por carriles radicalmente diferentes.
El relato transcurre en un tiempo histórico que guarda escasas analogías con este comienzo de milenio. Por entonces, el presidente norteamericano, Richard Nixon, comenzaba a padecer el desgaste de la hecatombe de la guerra de Vietnam y las primeras consecuencias del escándalo de Watergate, que culminó con su compulsiva renuncia.
La historia se ambienta en un Estados Unidos ambiguo y de doble moral, promotor de oportunidades en el ámbito interno y homicida de ilusiones por guerras injustas de extermino.
En ese paisaje humano, un malogrado vendedor magistralmente encarnado por Sean Penn, ingresa en una dramática encrucijada. Fracasado en su trabajo y en su vida afectiva tras separarse de su esposa y sus hijos, comienza a precipitarse a un abismo de opresiva depresión.
Fuertemente presionado por su jefe que no perdona su deplorable rendimiento laboral y sin posibilidades de recuperar su espacio familiar, decide hacer justicia propia contra el sistema culpable de sus desdichas.
El debutante realizador concentra su escrutadora lupa sobre la grisura de la vida de un ser anónimo y desamparado, que lucha obsesivamente por la supervivencia en un ambiente que siempre le resulta adverso.
El personaje pronto advierte que en la jungla de los negocios no existen recetas exitosas infalibles y que el sentido de la ética, más que una virtud, parece ser una suerte de condena.
La paleta artística de Mueller trabaja con las inflexiones emocionales de un personaje que transita por los pretiles del abismo, aportando una visión agudamente desencantada del tan mentado sueño americano. El alegato parece estar sintetizado en una secuencia ciertamente muy ilustrativa, cuando el empleador del protagonista, observando la imagen de Richard Nixon proyectada en una pantalla de televisión, afirma que el mandatario norteamericano es el mejor vendedor del mundo, por haber sido electo en dos oportunidades sin cumplir con sus promesas. Esta reflexión, que puede parecer grotesca, funciona como metáfora de la mentira institucionalizada, en torno a un personaje mundial realmente patético, que pasó a la historia a la sazón- por su visceral belicismo y su abusivo ejercicio del poder. Niels Mueller construye un descarnado retrato de la sociedad norteamericana de la década del setenta, lanzando artillería pesada contra la corrupción, la violencia, la manipulación y el racismo.
Sin discursos panfletarios ni pontificantes, Días de furia se transforma en un fuerte alegato que denuncia a un sistema vacío de ética y valores, ensayando una ácida crítica sobre los apócrifos paraísos artificiales del capitalismo. Sin dudas, merece verse. *
DIAS DE FURIA. (The assassination of Richard Nixon). Producción: Estados Unidos-México 2005. Dirección: Niels Mueller. Reparto: Sean Penn, Naomi Watts y Don Cheadle. Duración: 95 minutos.
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