Domingo, 15 de octubre, 2006 - AÑO 11 - Nro.2341
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LIBROS

Apenas diez

Las heridas de la memoria constituyen un permanente acicate para la consecución de la verdad y la justicia sobre los crímenes perpetrados por la dictadura, en un proceso que apunta a la recuperación de nuestra identidad ética.

HUGO ACEVEDO


En "Sólo diez", novela de inminente edición, la escritora Marisa Silva Schultze construye un conmovedor cuadro de tragedias familiares y afectos amputados por la barbarie autoritaria.

Desde el comienzo de este extenso relato, la autora traza un paisaje de encuentros y desencuentros, de memorias colmadas o vacías de recuerdos y de nostalgias reprimidas por el dolor de una ausencia compulsiva.

En medio de ese auténtico vendaval de sentimientos terriblemente devastados por el destino, aflora el estigma de la inexorable pérdida de identidad originada por el desarraigo, por ese no saber bien cuál es el lugar de cada uno en el espacio y el drama de no reconocerse.

En esa primera imagen del abuelo que se niega a conocer a su nieta porque la asocia con una tragedia, está planteado el primigenio dilema entre el rencor y la reconciliación, que ha desgarrado a la sociedad uruguaya en los años de la post dictadura. Este período de recuperación democrática supuso una cohabitación con las heridas subyacentes.

Marisa Silva Schultze interpela a la realidad, al pasado doloroso y al presente literario de la incertidumbre, que puede permitir recobrar afectos o perderlos definitivamente, ante las siempre impenetrables fronteras de la indiferencia.

Como si se tratara de una puesta teatral, la narradora va presentando uno a uno a los personajes de la historia, que son, más allá de insalvables diferencias generacionales, fragmentos de un mismo mosaico humano.

Sin embargo, la autora se encarga de marcar rápidamente los territorios, un parcelamiento que no es sólo espacial sino también afectivo.

Hay también un fuerte componente cultural, porque la joven protagonista, que creció y vivió en el exilio sueco desde los tres años de edad, no se siente naturalmente uruguaya.

En su regreso a la tierra natal, todo le parece ajeno. No recuerda los paisajes urbanos de Montevideo ni a su gente.

Incluso, se siente distante de sus propios familiares y su pesada sensación de orfandad es aún mayor respecto a su padre biológico, que fue asesinado durante la dictadura.

De algún modo, la escritora corrobora que el gran desafío de todos los personajes de su novela es asumir una catarsis, que permita restaurar el pasado y los sentimientos.

Hay una radical confrontación entre universos íntimos, que no puede ser únicamente dirimida por la apelación a los lazos de sangre y el reencuentro con los orígenes.

La autora construye un paisaje de conflictos humanos derivados del inevitable choque generacional. En este caso, la colisión trasciende a ese mero desencuentro, para instalarse en el territorio de vivencias intrínsecamente asociadas al devenir histórico.

En este contexto, la narradora ensaya una profunda reflexión en torno al desexilio, un proceso sin dudas traumático que supone toda una transformación mental.

Ese trabajo psicológico de readaptación es, a su vez, una confrontación entre sentimientos antagónicos, que discurren entre el abandono del país de adopción, cuyas costumbres y cultura en parte han sido asimiladas, la ansiedad del regreso y la perentoria recuperación de las raíces.

Sin embargo, ese crucial dilema no es únicamente privativo de los adultos, ya que los jóvenes, al haber crecido en el exilio, experimentan una suerte de rechazo hacia el retorno.

Para ellos, esa circunstancia es una experiencia que resulta extraña, casi una aventura de descubrimiento de la patria de sus ancestros, que les resulta ajena e indiferente.

Mientras la protagonista nacida en Uruguay añora regresar a su Suecia de adopción, el joven, que vio la luz en el país nórdico y es un hijo del exilio, intenta mimetizarse en el paisaje cotidiano uruguayo.

Esas reacciones, situadas en las antípodas, constituyen el eje de la crisis de identidad generada por una dictadura despiadada, que destruyó sistemáticamente los vínculos de los uruguayos entre sí, mediante la cárcel, el asesinato, la desaparición forzada y la diáspora registrada en la década del sesenta del siglo pasado.

Esta fractura es presentada por la narradora como una suerte de agujero negro en nuestra historia reciente, que transformó a Uruguay, tradicionalmente humanista y hospitalario, en un país de auténticos parias sociales.

Marisa Silva Schultze despliega un variado universo de vivencias, que transitan entre los territorios del pasado y el presente, las cuentas no saldadas, las frustraciones, las dolorosas derrotas y los sueños terriblemente tronchados por la barbarie autoritaria.

Esa sensación de devastación subyace en la memoria de los personajes adultos de la novela, que, bastante tiempo después del epílogo de la pesadilla, aún luchan por restañar sus heridas.

Hay mucho de heroísmo y sacrificio, pero también de dudas en torno a destinos, desenlaces y eventualmente culpas, por lo que se dijo o no se dijo bajo el insoportable apremio físico y psicológico de los represores.

Alternando la narración con los diálogos, que están registrados en un lenguaje siempre coloquial, la autora penetra la epidermis del universo íntimo de sus personajes.

Ese permanente escrutinio de conductas humanas se detiene, por ejemplo, en la figura de la abuela materna de la joven exiliada. Esta mujer, que tiene la piel del alma curtida por el sufrimiento, carga sobre sus hombros con terribles dolores del pasado: la partida de su hija, la injusta prisión de su hijo y otros traumas provocados por una dictadura que aniquiló muchos afectos.

Marisa Silva Schultze construye múltiples soliloquios, que, de algún modo, son experiencias introspectivas en las que se procesa el pasado como si fuera presente.

Ese tortuoso periplo de indagación confronta al lector al comienzo de la pesadilla compartida, las detenciones masivas, la tortura y otros aberrantes crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado.

La escritora reconstruye la historia mediante una visión panorámica, que registra a su vez la percepción de sus propios personajes.

Si bien esta es una historia de exiliados políticos que recorre tres generaciones, es también la historia del denominado insilio.

Los testimonios de los protagonistas recrean las vivencias de miles de uruguayos, que vivieron, durante once años, envueltos en una atmósfera de miedo opresivo y paralizante.

Ese itinerario de pesadilla que mixtura temores con afectos, muta en un ejercicio de permanentes interpelaciones en torno a los orígenes de la diáspora y sus residuales efectos en las víctimas del cataclismo histórico que padeció nuestro Uruguay.

Incluso, esa referencia al armado de rompecabezas presente en los juegos infantiles, representa también una experiencia de búsqueda y reconstrucción de los lazos filiales y de mitigación de ausencias temporales o definitivas cuyo recuerdo no ha erosionado el tiempo.

Si la abuela que ama a su nieta exiliada es un personaje relevante, no lo es menos ese abuelo paterno rencoroso, que responsabiliza a su nuera por la muerte de su hijo en un cuartel.

La narradora reinventa los paisajes de la memoria, a través de los testimonios de sus personajes de ficción, que, por su autenticidad, parecen reales. En ese contexto, el intercambio generacional es una experiencia de mutuo conocimiento, entre padres e hijos y abuelos y nietos.

La escritora reconstruye las peripecias individuales de todos esos seres castigados por el destino, que son periplos siempre laberínticos.

Cada vivencia acerca al lector a una asignatura pendiente, una amarga frustración o una tragedia personal que, de algún modo, afecta a todo el universo humano literario.

La autora retrata, en forma contundente, los duelos nunca o apenas procesados, por los queridos muertos asesinados por la dictadura liberticida.

Esa sensación de fractura emotiva se traslada de los adultos a los jóvenes, aunque, para explicar lo inexplicable, haya que recrear lo qué sucedió en el pasado reciente.

Sin embargo, ese indispensable ejercicio de memoria deviene en un opresivo viaje retrospectivo rumbo al ayer, a ese ayer que atesora, paradójicamente, entrañables paraísos y temidos infiernos.

El violín de la joven protagonista, que permanece callado en la lejana patria de adopción, es un crucial elemento vincular de esta historia de afectos disfuncionales.

"Sólo diez" es una novela frontal y conmovedora, que denuncia las graves consecuencias de la patología autoritaria, cuyas secuelas perduran en el tiempo.

La obra alimenta el renovado debate en torno a las secuelas del pasado reciente, en momentos en que finalmente comienza a desmoronarse la arquitectura de la impunidad. *

(Editorial Alfaguara)


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