Domingo, 05 de noviembre, 2006 - AÑO 9 - Nro.2362
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La última noche frente al río

* La corrupción, en tanto abusivo ejercicio del poder, es una suerte de estigma que debe ser demolido sin mayores contemplaciones, en sintonía con la transparencia que requiere una sociedad democrática que aspire al progreso.

HUGO ACEVEDO


En "La última noche frente al río", el escritor y periodista Hugo Fontana construye una novela de lenguaje frontal e incisivo, que discurre entre el relato de género policial y la denuncia de algunas inmorales conductas humanas.

En ese contexto, es casual que el autor ambiente su relato en Lavanda, la ciudad inventada por el emblemático escritor Juan Carlos Onetti, que ofició como escenario de sus dos últimas novelas, "Cuando entonces" y "Cuando ya no importe".

En ese lugar, presuntamente ubicado en el litoral uruguayo, transcurre esta historia de seres humanos extraños, enigmáticos y solitarios, que transita los territorios de un presente permanentemente invadido por el pasado.

A su modo, todos los personajes representan diversas versiones de lo más grotesco de la condición humana, con sus pérdidas, sus peripecias inconclusas y sus anclajes en el tiempo.

La descripción de este paisaje quizás tan mítico como la Santa María onettiana, permite visualizar un universo físicamente acotado en el que nunca parece suceder nada.

No obstante, ese interior geográfico situado en las antípodas de la bulliciosa Montevideo, también atesora secretos y herméticas historias de vida cerradas a cal y canto, como la misteriosa muerte del viejo Pietraroia que habitaba la casa junto al río.

Ese ignoto personaje sucumbió dramáticamente, durante una torrencial inundación que convirtió el lugar en un dantesco paisaje de devastación.

Hugo Fontana transforma a la salvaje naturaleza en protagonista de su novela, a la que aporta algunos trazos típicos de la estética guiroguiana.

El río, hidrográfica frontera que contemporáneamente separa a dos pueblos hermanos por un diferendo absurdo, opera a su vez como línea divisoria entre vidas y peripecias existenciales.

Narrando alternadamente en primera y tercera persona, Fontana penetra la epidermis de los protagonistas del relato, en una suerte de inventario que es un auténtico catálogo de fracasos y amargas resignaciones.

Los personajes -relatores, que jamás pueden desprenderse de sus propios fantasmas, evocan tiempos de pesadilla cuyas secuelas subyacen en el presente.

Hay una ominosa sensación de perdurabilidad de los autoritarismos y los miedos ancestrales, representados, por ejemplo, en el errático Bustamante y ese no menos ignoto capitán, que tuvo todo bajo control durante la dictadura y mantiene una considerable parcela de poder en plena democracia.

Los coloquios y soliloquios van delineando los itinerarios humanos, mientras los destinos parecen regidos por un fatal determinismo.

Sin ceder a la tan habitual tentación del discurso político, el novelista se interna en los pasados territorios del gobierno autoritario y en la claustrofóbica atmósfera de terror otrora reinante en nuestro Uruguay.

El autor evoca los tiempos más oscuros, cuando cualquier actitud no convencional podía transformar a alguien en sospechoso, preso político, muerto o desaparecido.

Esa agobiante pesadilla, aunque fue bastante más perceptible en Montevideo, también trasmutó al Interior en un vasto escenario de desastre, donde lo prioritario era sobrevivir al alto precio de perder la dignidad.

Todos se cuidaban de todo y de todos y procuraban pasar inadvertidos, con tal de no quedar bajo la escrutadora lupa de los perros de presa del terrorismo de Estado.

Mixturando el género policial con el testimonio histórico, Hugo Fontana construye un relato deliberadamente intrincado, en el cual reproduce, a partir de la ficción, muchas situaciones de despiadado realismo.

Desde el prefecto, que es la memoria viva de la ciudad, pasando por el avezado periodista, el obstinado investigador y hasta el escritor que trabaja para una presunta organización criminal, todos los personajes están impregnados de una pátina enigmática.

Sobre el escenario de la acción, sobrevuela siempre el fantasma del autoritarismo, de la impunidad y de ese personaje que aparece y desaparece, pero siempre lo controla todo.

El narrador denuncia el desparpajo de los poderosos que manipulan la realidad a su antojo, como el intendente corrupto que colaboró con la dictadura, cuya campaña electoral fue presuntamente financiada por dineros del hampa, a cambio de favores espurios y faraónicos proyectos jamás ejecutados.

Hay seres y recuerdos gastados, tan gastados como las trabajadoras sexuales de ese cabaret y prostíbulo que oficia como barrera de contención social para los lugareños y solaz para los efímeros visitantes.

Esas mujeres, que venden sus cuerpos al mejor postor, son también paños de lágrimas que enjugan dolores y frustraciones de vidas rutinarias, de desencantos y futilidades.

Fontana trabaja con las inflexiones emocionales de sus criaturas literarias, que, en su mayoría, son meros agonistas de una gran puesta en escena, cuyo director que es una suerte de titiritero.

La trama policial se hunde paulatinamente en el fangoso territorio de la sordidez. Para el obstinando comisario que investiga sin reparar en eventuales riesgos, la pesquisa se torna una experiencia laberíntica.

El autor arroja abundantes cabos sueltos en ese aparentemente interminable periplo de búsqueda, para que la solución del caso no sea un mero trámite para el lector.

El negocio del contrabando de joyas robadas y otros valores procedentes de la vecina Argentina, parece ser apenas la punta del iceberg de una operación delictiva de mayores proporciones.

En la enrarecida atmósfera que envuelve al relato, abundan los silencios, las revelaciones y las complicidades, las actitudes obsecuentes e indiferentes y la inquietante sensación de que todo lo que sucede es parte de la intrínseca identidad del lugar.

De los propios soliloquios introspectivos del escritor-traficante que está bajo sospecha, emerge una profunda reflexión en torno a la literatura contemporánea que admira Fontana.

Es que en ella reside la clave para permear los códigos de la sociedad, con sus grandes triunfos y derrotas, sus héroes caídos y sus desencantos e incertidumbres.

Ese solitario que vive en la casa emplazada junto al río, que gasta bastante más de lo que gana, es realmente un frustrado escritor devenido en correo del hampa, que se ha propuesto asumir una conducta bastante más osada que la de sus personajes de ficción.

El perro de presa que parece pisarle los talones, también es un investigador malogrado, que procura abandonar el anonimato mediante la consumación de un exitoso operativo policial que lo transforme en héroe de novela.

En el decurso de la narración, Hugo Fontana muta a sus personajes en denunciantes de una suerte de corrupción institucionalizada.

Su discurso demuele, sin ninguna piedad, a las aduanas fronterizas, las zonas francas y hasta a los propios fee shops, cotos de caza de las clases privilegiadas y las multinacionales.

En ese contexto, el relato deviene en una prolija crónica de las estrategias de los delincuentes de guante blanco.

Bajo la escrutadora pluma del autor, la ficticia investigación se transforma en una aventura fascinante y un viaje iniciático rumbo al descubrimiento de un continente desconocido, donde la inmoralidad opera impunemente y los cretinos útiles cumplen con su deber de servil obsecuencia.

Hugo Fontana corrobora todo su oficio de avezado novelista, logrando construir un relato de lenguaje elocuente e incisivo, que discurre entre la trama policial y el testimonio.

El escritor reflexiona sobre la literatura como retratista de realidades, que, trasladadas a la ficción, asumen una dimensión mítica de trazo cuasi aleccionante.

En ese contexto, Fontana conforma una obra que evoluciona desde la mera pintura costumbrista a la denuncia.

Sin embargo, esta suerte de alegato despojado de toda identidad política, apunta ­básicamente- a la implacable condena de las miserias humanas.

Aunque en esta novela que homenajea a Juan Carlos Onetti hay más víctimas que victimarios, el escritor no cede a la tentación del planteo maniqueísta, asumiendo que nadie es totalmente culpable o inocente.

Estos grises cuadros humanos, que contrastan con la belleza de los paisajes naturales, reproducen las ancestrales luchas por la supervivencia, las frustraciones, los desencantos y las utopías de las grandezas imposibles.

Aunque posee una estética de relato policial, "La última noche frente al río" es una descarnada radiografía social, que denuncia la corrupción institucionalizada y el autoritarismo subyacente.

(Editorial Planeta)


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