JORGE ARIAS
La verdad histórica no acompaña a Burel: Batlle murió de un síncope en el Sanatorio Italiano, en tanto se reponía, lúcido y conversador, de una intervención quirúrgica; así Burel agrega a la invención pura, un derecho de autor, un delirio, un entresueño y una evocación del pasado que no existieron. Pero cuando "Saravia" le dice, varias veces, a "Batlle" "Estás jodido, viejo", se nos termina la "momentánea suspensión de la incredulidad" (Coleridge). No creemos en el "estás" (tuteo inadmisible), ni en el "jodido" (fea expresión, que sirve para demasiadas cosas, inexistente en 1904) ni mucho menos en el "viejo" (expresión inaceptable, aún hoy, fuera del ámbito familiar). Y nos negamos a suponerle a Aparicio tan sádicas palabras de venganza.
Pero supongamos todo esto, aunque sea comulgar con ruedas de molino. Se enfrentan los dos líderes. Los ha separado una guerra, de la que aún hay mucho que decir; pero casi no hablan de ella. Parece que ni la recuerdan bien. Es privilegio del escritor inventar; pero este privilegio se encoge cuando trata de personas reales. Es curioso que "Batlle" no reproche a "Saravia" el apoyo, apenas encubierto, que recibía del extranjero, tanto del presidente argentino, Julio Argentino Roca, como del estado de Río Grande del Sur; a su vez Saravia no reprocha a Batlle el pedido de ayuda a Teodoro Roosevelt, cuyos barcos de guerra llegaron a Montevideo ya firmada la paz, con infantes de marina que desfilaron por la ciudad como si fuera una exhibición (esta es una de las tres intervenciones armadas en el Uruguay que registra el Congreso de los Estados Unidos). Nada dice Batlle del atentado contra su vida con una bomba, del que se salvó por milagro; nada dice Saravia del extraño comportamiento de Batlle antes y después del asesinato de Idiarte Borda y su saludo al asesino, Avelino Arredondo, esa misma noche y en la cárcel.
La anécdota que cuenta Burel es, en sus mejores momentos, pura divagación. Uno de los peores momentos sucede cuando supone el autor, en el mejor estilo de los bostezados comentarios políticos uruguayos, que a Batlle y Saravia les sobraron intermediarios y les faltó diálogo, esa panacea de "sentarse a una mesa" como si toda disputa pudiera resolverse doblando las rodillas y cruzando las manos. El ataque lateral a los negociadores es un agravio inmerecido: los emisarios de uno y otro bando lealmente buscaron la paz. Desasido del resto, hay un momento en que "Saravia" parece dispuesto a llevarse a "Batlle", con él, al infierno quizás, en el mejor estilo del poema de Borges "El general Quiroga va en coche al muere", donde el caudillo sale de Barranca Yaco con las almas en pena de soldados y caballos. Pero Burel se supera a sí mismo en el final. Siente que la charla entre los héroes no da para más y resuelve que Batlle y Saravia se encontraron en la playa de la Aguada, cuando jóvenes. Conversaron; se despidieron con un cordial apretón de manos. La moraleja es el insufrible "les faltó diálogo". Si habían podido conversar de jóvenes...
La obra es interpretada mediante una lectura escénica: ambos actores leen sus partes. No llegamos a comprender la razón, porque la obra no dura una hora y los diálogos no son difíciles de aprender. Roberto Jones, como Saravia, muestra cada vez más agudamente sus problemas vocales, con alaridos súbitos que no vienen a cuento; Roberto Fontana dice un poco mejor, con más lógica en la dicción, pero tampoco convence. No vimos en él a Batlle, ni siquiera a un político. *
LOS INMORTALES, de Hugo Burel, adaptación de Jorge Arbeleche, con Roberto Fontana, Roberto Jones y Sebastián Silvera, música de Fernando Condon y dirección de Carlos Aguilera. Estreno del 10 de noviembre, Museo Nacional de Artes Visuales, Julio Herrera y Reissig s/n.
Comentarios (beta!)