JORGE ARIAS
En 1929 y hasta por lo menos 1945 un niño era un hombre. No existía, estrictamente, el "niño", que según Iván Ilich es un invento del capitalismo. Existía un mundo de la responsabilidad moral, muy distinto del actual. Se enseñaba en los colegios religiosos que si un niño de siete años (edad a la que se adquiría el "uso de razón") moría en pecado mortal, era condenado al infierno. Los jesuitas trataban de "señor" a sus alumnos de primaria; el trato implicaba, más que privilegios, obligaciones, responsabilidades y sanciones draconianas. No creemos que pueda haber hoy otro Dionisio Díaz: estamos demasiado preocupados con rehabilitar a sus hermanos mayores, adictos a la pasta base. Gastamos en ellos tratamientos y cursos. Se es joven hasta los 29 años.
Nos preguntamos la razón de esta obra, hoy. El estilo del programa es el mismo de la pieza: énfasis, retórica fría. "No habrá tinta ni horas suficientes para describir esta tragedia..." Esto, sencillamente, no es verdad. Hubo tintas y horas suficientes; no tuvo Alfonso el tiempo necesario para la redacción y edición de este libreto, que no es superior a cualquiera de los muchos recortes periodísticos conmemorativos que aparecen cada tanto. Varios aspectos de la historia de Dionisio Díaz quedan en el misterio y debieron elucidarse. Los momentos sobre los que hay testimonios directos son los que siguen a la llegada de Dionisio al pueblo, con la entrega a unos familiares de su hermana, Marina, que trae en brazos; y precisamente allí comienzan los enigmas, la segunda odisea de un niño que, agonizante, presta declaración ante un juez, es visto por un médico y pasan largas horas antes de que se intente, ya en vano, trasladarlo a Treinta y Tres.
Hace ya algunos decenios los maestros Ariel Pinho Boasso y Santiago Rivero Amaro realizaron una investigación, publicada en libro, con un esbozo de reconstrucción de los hechos en base a las declaraciones de los testigos que aún vivían, obra que sintetiza todo lo que puede saberse de un crimen múltiple del que sobrevivió sólo una niña de quince meses. Pinho y Rivero entrevistaron a policías y escribientes de la comisaría del pueblo, a los familiares de Dionisio a quienes entrega previamente la niña; es esta parte final, con la larga y dolorosa agonía de Dionisio, donde hay mayor certidumbre histórica y donde están las más amargas interrogantes sobre la atención que pudo prestarse al niño. El libro de Pinho y Rivero es una historia escrita con entusiasmo y dedicación: sobre ese material documental transitaron los escritores que se ocuparon en el asunto, notablemente Serafín J. García, con el romance que dedicó a Dionisio Díaz.
Este material debió ser el punto de partida, primero objeto de estudio y luego objeto de reelaboración por parte de Dante Alfonso; la sola lectura del libro habría permitido enriquecer la obra de teatro con detalles vivos. Así, por ejemplo, pudo destacarse la casi premonitoria anécdota de la intercesión de Dionisio ante su abuelo pidiendo por la vida de unos halcones, que Díaz quiere matar por dañinos; y pudo y debió, también, indagarse en la sorprendente indiferencia que pareció rodear la larga agonía de Dionisio.
No bien comienza "Dionisio", la pieza de teatro, comprendemos que no estamos en Treinta y Tres sino en el mundo gris de la mala literatura, donde nadie que se respete condesciende a narrar una historia por derechas. Vemos a Juan Díaz (Jaime Yavitz), a Eduardo (Pablo Varrailhon) y a María (Claudia Rossi); hablan de un río a cuya vera han de asentarse; pero los tres están muertos y parlotean, como corresponde a los fantasmas, un lenguaje espectral, que nadie más que el autor de la pieza conoce. Aparece Dionisio (Jimena Areoso); pero ya está herido. Sucede en "Dionisio" lo mismo que comentábamos a propósito del reciente estreno de "Resiliencia" (Marianella Morena): el tema es emocionante, debe conmover; pero está tratado en forma tan distante y glacial que a nadie le importa. La hazaña de Dionisio Díaz fue, según se nos dice, una "representación" obligada en las funciones de los circos criollos del Este del país, suponemos que después de los osos y tigres y antes de los payasos, con Dionisio atravesando en la noche varios tangibles alambrados, con una niña (generalmente una muñeca; a veces una niña de verdad) en brazos, bebiendo el agua de las cañadas, levantándose una vez más, avanzando a tientas. Es posible que las funciones circenses buscaran las lágrimas de los espectadores; pero si hay una historia para llorar, es la de ese niño; y sirvieron mejor la historia y la memoria, y con más respeto, los llantos en las gradas bajo el toldo y a la luz de los candiles, que la distraída atención que es lo más que concita esta pieza de Alfonso. Los hechos escuetos nos dicen de alguien que se hizo hombre en cuestión de horas, para realizar un laborioso acto que honraría a los hombres de la Esparta clásica y que, a la distancia, emula la proeza de Fidípides, el mensajero de Maratón. Al Dionisio de Alfonso le falta el amor fraternal, la acelerada virilidad, el descubrimiento del heroísmo y sobre todo la apoteosis de la voluntad, sin lo que Dionisio Díaz no es nada o casi nada.
La puesta en escena de Leonel Dárdano es como el libreto de Alfonso: parece más interesada en la escenografía, en los efectos plásticos, en la luz y la sombra, en la extraña música de Ulivi (arco sobre guitarra), que en la narración. Suceden cosas atroces: pero ni el crimen nos espanta, ni sentimos el valor de Dionisio. Los intérpretes, aunque hablan continuamente, por lo general de frente al público, casi no tienen escenas que actuar. *
DIONISIO, de Dante Alfonso, por la Comedia Nacional, con Jaime Yavitz, Pablo Varrailhon, Claudia Rossi y Jimena Areoso. Escenografía de Claudio Goeckler, vestuario de Carlos Pirelli, iluminación de Pablo Caballero, música e interpretación en vivo de Fernando Ulivi, dirección de Leonel Dárdano. Estreno del 24 de mayo, teatro del Notariado.
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