Lunes, 18 de junio, 2007 - AÑO 9 - Nro.2582
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OBRA ROTUNDA Y SOLIDA DE EURIPIDES EN EL ESPACIO PALERMO

Las troyanas: sangre, sudor y lágrimas

Eurípides, el autor más joven, actual y lleno de vida de nuestra cartelera: aquel de quien dijo Goethe que no éramos dignos de atarle los cordones de las sandalias. Y aún presentado por la flor de nuestro moderno teatro: Marisa Bentancur, Gabriela Iribarren, Rosa Simonelli.

JORGE ARIAS

Como ya había sucedido, en distinta escala, con "Las bacantes" (dirección de Fernando Rodríguez Compare), con Eurípides circula por nuestros escenarios la pasión, la muerte, los conflictos letales entre padres e hijos, la violación y los abusos del poder, las penas del exilio, el grito sin esperanza como último refugio de una menguante humanidad. Y es nuestra vida; mucho más que las risas mecánicas que, dicen, arreglan todo. El dolor y la muerte han sido para nosotros, de 1972 a 1984, el pan de nuestras vidas; como los sobrevivientes de Troya, todos tenemos nuestros muertos que llorar, y basta volver los ojos al pasado, eterno e inconmovible de la dictadura para que se nos retuerzan las tripas. Pero si soñamos que al fin el bien triunfa sobre el mal y que los humillados poseerán la tierra, estamos, por lo menos hoy, ante el autor equivocado. Eurípides no nos perdona y nos asesta unas cuantas verdades amargas. Como Medea en su carro tirado por un dragón, los asesinos de Elena Quinteros, de Zelmar Michelini, de Héctor Gutiérrez están en libertad. No hay redención y triunfa tanto el bien como el mal. La venganza de los despojos de Troya, que llegará a una ciudad vacía por mano ajena, esa Orestíada que anuncia Casandra (Vicki Rodríguez), ella misma un "presente troyano" que en parte causará la tragedia de Micenas, deja un gusto a cenizas en los labios; y aquí Eurípides nos muestra sin piedad, como en "Medea", la ruina que causa la venganza en el vengador. El fin del triunfante Agamenón nos lo anuncia una princesa que desvaría; y Clitemnestra también habrá de morir, a manos de su hijo, a quien no darán paz las Erinnias. La grandeza de las troyanas no está en ese futuro de horror y de venganza que no podrán ver, sino en la aceptación de la vida tal cual, el despojo de miseria y vergüenza que se les presenta y que reciben, como un don del cielo, de pie sobre sus harapos. Alcanzan el heroísmo porque se aferran a la memoria, a los restos sacudidos de una personalidad que guerra y post- guerra tratan de aniquilar.

Estos conmovedores pensamientos en acción nos llegan a través de milenios. Que se haga verdad ante nuestros ojos, en el año 2007, es un triunfo, sin derrota posible, de Marisa Bentancur y su equipo. Un triunfo en cuya génesis adivinamos no pocos trabajos y sufrimientos; y nadie es el mismo luego de "Las troyanas", y menos aún si participó en su creación desde la escena. El arte es generoso con nosotros, pero se cobra con nuestras vidas. Podemos cambiar para mejor; pero debemos dejar los cómodos ropajes del ayer.

Toda la obra es rotunda y sólida, de un impacto teatral sin fallas, pero tres escenas la hacen inolvidable: el choque de Hécuba (Gabriela Iribarren) con Andrómaca (Rosa Simonelli) primero y con Helena (Maiana Olazábal) después, y el enfrentamiento de Andrómaca con Taltibio (Pablo Sintes), que matará al hijo de Héctor. Todo sucede ante nuestros ojos, y en esos diálogos se dice todo: hasta se dicen el cansancio, la exasperación, la memoria que repasa, febril, una vida que se rompe.

La escenografía, sobre un galpón con piso de arena como corresponde a lo que puede quedar de una ciudad por la que pasaron la guerra y el incendio, alude a las "cóncavas naves" de los griegos con unas velas apenas replegadas, orgullosas y tristes, y muestra al caballo de Troya, ya inútil y como deshuesado sobre el piso: un lugar mágico, por donde entran y salen los actores.

La interpretación logra la temperatura adecuada a la tragedia. Estamos muy lejos de la perfección, un tanto fría, de la puesta en escena, admirable por muchos conceptos, de Eduardo Schinca. Como en los elencos griegos que hemos podido ver, el grito es de rigor. Hay una comunicación fluida y natural entre actores y personajes, que ya no se distinguen. Gabriela Iribarren (Hécuba) encontró, como pocas veces, un gran personaje para sus dones y artes, y nos magnetizó desde su desastrada aparición; y nos conmovió como nunca Rosa Simonelli (Andrómana). *

LAS TROYANAS, de Eurípides, con Gustavo Suárez, Carolina Alarcón, Gabriela Iribarren, Estela Quartiani, Inés Mosca, Gabriela Palomera, Virginia Rossi, Pablo Sintes, Enrico Greco, Alejandro Gayvoronsky, Vicky Rodríguez, Rosa Simonelli, Brayan Bentancur y Maiana Olazábal. Escenografía y vestuario de Adán Torres, iluminación de Martín Blanchet, música de Sylvia Meyer, dirección de Marisa Bentancur. Estreno del 27 de mayo, Espacio Palermo, Isla de Flores 1627.


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