MARIO DELGADO GEREZ
Elegí esta frase del texto-canción de Víctor Pedemonte "De tierra soy", como inicio, porque en ella refleja en su justa dimensión lo que fue Pablo Estramín.
Un amigo a carta cabal, tremendamente solidario, un militante de la vida. Y a contrapelo de su "Morir en la capital", se nos fue, en el norte del país, en Tacuarembó, parte de ese interior profundo al que respetaba, admiraba y hasta amaba.
Seguramente todos aquellos que fueron sus amigos tendrán miles de anécdotas y recuerdos para contar de los encuentros que mantenían con Estramín.
Yo quiero recordarlo en sus comienzos, cuando apareció allá en los años 80 en Durazno. Fue con su grupo del Liceo Bauzá, Nuevo Tiempo, a competir al festival.
Nuevo Tiempo fue ganador y Pablo logró el premio a la Mejor Voz.
Allí le hice una entrevista. Desde entonces Pablo siempre repetía cuando nos encontrábamos entre amigos o desconocidos que había sido yo el primero en su vida que le había hecho una nota. Para mí quedó como un gratísimo recuerdo.
A partir de ese momento nació una amistad que se dimensionó con el correr del tiempo y llegó hasta hoy.
Con el paso de los años Pablo regresó a Durazno, como estudiante agrario.
Radio Durazno, y el programa "Fogón para el mediodía", lo acogieron por más un año. Allí cantó sus primeros temas como solista.
En Durazno trabó amistad con cuanta persona se le cruzó en el camino.
Porque Pablo lo permitía, se entregaba en amistad sincera sin pedir nada a cambio. Un día llegó, merecidamente, a ser Charrúa de Oro del festival al que quería tanto.
Como muchos colegas, cantores y músicos, vimos nacer su primer disco como solista, al que llamó simplemente "Pablo Estramín" y que presentó en la recordada peña folclórica Cantares, ubicada en un sótano de la calle Gonzalo Ramírez casi Santiago de Chile, todo un templo de la música popular y de la militancia social, como me lo recordaba ayer Marcel Chávez.
A partir de ese momento su figura creció en lo artístico y se consolidó en lo humano.
Llenó salas, festivales, se convirtió en una de las figuras jóvenes de mayor convocatoria.
Muchas veces me repitió algunas propuestas " locas", como él las llamaba, que se había trazado. Una fue hacer Carnaval, lo que logró estupendamente como director de Murgamérica; otra, participar de la Vuelta Ciclista del Uruguay, cosa antojadiza de un individuo al cual le gustaba conocer la realidad por dentro.
Recorrimos muchos kilómetros viajando hacia los festivales. Siempre entregaba todo en el escenario, cumplía con el auditorio sin medir consecuencias, tal vez, hasta comprometer su generosa garganta. Pero Pablo era así, la entrega absoluta, calidez humana, un gran tipo.
Todos los fines de año su tarjeta de salutación y buenos augurios colgaba de nuestro árbol de Navidad. Hasta en eso era un caballero. No olvidaba a sus amigos.
Cuando nos vimos la última vez, nos despedimos con un largo y apretado abrazo. Sabía que se enfrentaba a un gran desafío. El mismo lo dijo: "Si me quieren, recen por mí".
El lunes se nos fue, inexorablemente.
Quisiera cerrar esta nota-recuerdo para Pablo, porque no es una despedida, sino un adiós de todos los días, retomando los versos de Víctor Manuel Pedemonte, quien dijo: "De tierra soy/ de tierra vengo/ y si he de echar raíces/ mi tierra tengo".
Sabemos que será así, Pablo, por siempre. *
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