Domingo, 01 de julio, 2007 - AÑO 9 - Nro.2596
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Escritos sobre locura y cultura

La frustración es siempre la fuente primordial del desencanto individual y colectivo, que habitualmente deviene en conductas paranoicas, en odios irracionales y hasta en exacerbadas expresiones de violencia de dimensión trágica.

HUGO ACEVEDO


En "Escritos sobre locura y cultura", el médico y psicoanalista Daniel Gil construye un ensayo tan complejo como esclarecedor, que apunta a decodificar los orígenes del malestar y la sensación de desamparo del la humanidad contemporánea.

Este revelador trabajo de trazo psicológico, aborda la dimensión simbólica de la orfandad que aqueja a la sociedad posmoderna, a partir de una minuciosa relectura de los textos de Freud, Lacan y otros célebres pensadores.

Desde esa variopinta atalaya de observación, el investigador se adentra en el origen mismo de las grandes incertidumbres, fuente primordial de malestar y de un desencanto colectivo de proyección planetaria.

Sin eludir la controversia, Daniel Gil ensaya una profunda y minuciosa lectura en torno a ese malestar, que genera un crucial dilema existencial y hasta una pérdida de identidad, lo cual se nutre, naturalmente, de la crisis de los paradigmas culturales.

De algún modo, según el razonamiento del autor, esta dramática sensación de desamparo nos remite al concepto de castración, presente en la producción teórica de Sigmund Freud y en algunos dogmas religiosos dominantes en Occidente.

"En la muerte del padre: hito y mito", el científico despliega un vasto espectro de reflexiones acerca del triple concepto de "padre simbólico", "padre real" y "padre imaginario".

Aunque no lo admita explícitamente, en este caso el padre es intrínseco al poder, tanto en su mera acepción biológica como social, psicológica y antropológica.

Gil replantea la oposición entre padre e hijo a través del mito de Edipo. Sin embargo, su razonamiento no se agota en la mera concepción freudiana del tema.

Su escrutadora mirada también se proyecta al terreno religioso, cuando liga al padre con Dios y con la leyenda que abreva de la tradición y el inevitable trasvase generacional.

En un abordaje bastante más psicológico, el científico también asocia la relación padre- hijo con el deseo, la represión e incluso la castración.

En este caso, no está ausente el siempre insondable misterio de la muerte y la controvertida dualidad amor-odio que se decanta a través de la culpa, como primordial origen del malestar que caracteriza a nuestra cultura parricida.

En el capítulo consagrado al origen de la conciencia moral en Occidente, Daniel Gil desarrolla un consistente alegato teórico en torno a la relación entre el cuerpo y el alma y su evidente incidencia en la construcción del dogma de las teologías dominantes en el mundo contemporáneo.

Sin embargo, para estructurar su razonamiento, el autor se nutre de las concepciones del pensamiento antiguo, tomando como punto de referencia a Platón y Aristóteles.

A partir del aporte de estos filósofos referentes, el investigador articula su tesis en torno a la evolución de la cultura judeo-cristiana, que, en buena medida, contribuyó a edificar las estructuras de la civilización occidental.

Hilando fino en la multiplicidad de influencias que alimentaron el sentimiento religioso que edificó las bases de la doctrina cristiana, el científico analiza pormenorizadamente el tema de la culpa, el pecado y el castigo, los tres pilares del tríptico de poder que contribuyó a erigir la hegemonía del clero.

En ese contexto, la culpa es un concepto intrínseco al denominado pecado original, que se nutrió del mito de Adán y Eva y su expulsión del paraíso por haber desafiado la voluntad divina.

Esta leyenda es, sin dudas, una alegoría sobre el conflicto entre padre e hijo y la rebelión del sentimiento de libertad contra la autoridad.

En este capítulo, el profesional interpela a la historia y también a las milenarias creencias que construyeron la cultura de la civilización blanca, occidental y cristiana.

Esa mentada culpa aflora también en el propio martirologio de Jesucristo, traicionado y abandonado incluso por sus propios seguidores.

En una de sus múltiples reflexiones acerca de la locura, Daniel Gil ensaya una nueva mirada crítica sobre las religiones y la represión, con el pecado como estigma y origen de la marginación y hasta de la condena social.

En tal sentido, el autor refiere concretamente a quienes califica como "los locos de Dios". Obviamente, la definición no es peyorativa ni tampoco arbitraria, en tanto interpreta una conducta, una postura moral y una ética de la espiritualidad.

En este contexto, su análisis deriva a los anacoretas y sus prácticas ascéticas de expiación del presunto pecado.

El razonamiento del analista transita por los territorios de la psicología y otras disciplinas afines que estudian habitualmente el comportamiento humano.

En este caso, reaparecen los tan arraigados conceptos del bien y el mal, instituidos y recurrentemente predicados por las religiones.

Aunque el investigador no lo explicita, del desarrollo de su tesis se infiere la necesidad de encarar una revisión crítica de algunos presupuestos morales.

La dicotomía entre el bien y el mal es, en más de un sentido, una visión maniqueísta de la realidad y, a la sazón, una estrategia de institucionalización del poder, a través del miedo y el castigo por el presunto pecado cometido.

Este debate no se agota en el "pecado" por la tentación de la carne, sino que adquiere ­frecuentemente- una dimensión histórica, social y política.

En el decurso de este ensayo, Gil no soslaya temas siempre polémicos como la homosexualidad. En tal sentido, desarrolla su razonamiento a través de la relectura de los escritos de J.P. Schreber y su apología de la emasculación (castración), que, en este caso, debe interpretarse como un cambio de sexo.

Una más afinada lectura del tema nos permite deducir un abierto desafío al orden natural y hasta un abrupto corte del cordón umbilical que nos une a una autoproclamada y nunca legitimada autoridad moral.

Precediendo su análisis con el texto "Los niños de la patria", del escritor Carlos Liscano, Daniel Gil ingresa en el núcleo vertebral de su tesis acerca de la violencia y el desamparo.

Al abordar en profundidad estos controvertidos temas, el autor ensaya un fermental contrapunto entre pensadores de la talla de Montaigne, Hobbes, Foucault, Kant y Freud, entre otros.

Mediante la confluencia de visiones antagónicas que enriquecen el debate, Gil construye su concepción en torno a la violencia, que trasciende naturalmente a la mera pulsión agresiva.

Su tesis no soslaya los mitos engendrados por antiguas civilizaciones, que se nutrieron de la historia y la religión.

Obviamente, el autor ensaya una afinada reflexión acerca del poder, le ley e incluso la guerra, un escenario en el cual se dirimen las supremacías y conflictos entre intereses corporativos.

El analista reinterpreta la ambigüedad de los discursos, las verdades y las mentiras históricas, destinadas, frecuentemente, a maquillar culpas y justificar aberrantes crímenes.

Para reforzar su tesis, Daniel Gil parafrasea adicionalmente a otros filósofos que estudiaron la agresividad como materia prima de la violencia y la dicotomía amor-odio como articuladora de este fenómeno.

Gil afirma que en el centro de este gran debate está la tolerancia y su antípoda más temida: la intolerancia. Este concepto, que contemporáneamente recuperó toda su trágica dimensión, es intrínseco al autoritarismo, las criminales dictaduras, la miseria, la exclusión social, el fanatismo, la ignorancia y el odio racial.

El científico identifica la génesis del desencanto colectivo en las propias contradicciones de la sociedad contemporánea.

Sin renunciar a su mirada psicológica, aporta una visión más política y sociológica del problema, atribuyendo el malestar a los propios conflictos del modelo capitalista, cuyo exacerbado individualismo erosiona la justicia y la libertad.

Recurriendo a las insoslayables lecciones del pasado y el presente, el investigador plantea un horizonte desolador, que se infiere de la decodificación de las conductas paranoicas contemporáneas.

En base a sus estudios y su experiencia clínica, Daniel Gil construye una sólida síntesis dialéctica, en torno al estado de frustración que observamos en este tercer milenio.

El núcleo vertebral de sus reflexiones es naturalmente la locura, no sólo como síndrome patológico sino como expresión de la barbarie.

Este revelador ensayo hurga en la causalidad de la insatisfacción, de una humanidad cada vez más jaqueada por las incertidumbres y la dramática crisis de los paradigmas éticos. *

(Edición de Trilce)


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