HUGO ACEVEDO
En "La góndola ancló en la esquina", el escritor Mauricio Ronsencof pincela un conmovedor friso costumbrista de trazo eminentemente autobiográfico, que rescata los paisajes de la cultura ciudadana del Uruguay de otrora.
Narrador, dramaturgo y periodista cuya obra ha sido traducida a varios idiomas, Rosencof ha logrado edificar un sólido prestigio que trasciende a lo meramente profesional, por su siempre inclaudicable compromiso con las voces de la calle y los más desamparados.
Su pasado como guerrillero, que lo expuso a la tortura, la cárcel y el aislamiento durante doce largos y pesadillescos años como rehén de la dictadura, confirman al autor como un auténtico referente ético.
Mauricio Ronsencof plasmó esa épica de supervivencia en confinamiento en obras emblemáticas como "El bataraz" y "Las cartas que no llegaron", dos títulos indispensables de su extensa producción literaria.
En este libro, el narrador desanda los territorios de la memoria, materia prima primordial de la construcción de la identidad y del colectivo social al cual pertenece.
La nostalgia se instala entonces en los territorios del pasado, poblados de abundantes vivencias recurrentes, que representan fragmentos de historia propia y ajena.
El narrador recorre raudamente un mosaico de tiempo coagulado en nuestro imaginario colectivo, que le pertenece no sólo al propio autor, sino también a todos los uruguayos.
Las historias contenidas en esta obra describen al Uruguay de otrora, que permanece atesorado en los libros de historia y en el recuerdo de otras generaciones.
En esta novela narrada en lenguaje coloquial, el dramaturgo reconstruye los entrañables paisajes cotidianos de "otro" Uruguay, ese país cuasi mítico de hace medio siglo, que no en vano fue bautizado como la Suiza de América.
Ese deliberado retroceso de los relojes de la historia tiene, naturalmente, mucho de aventura de reencuentro con otros personajes, otros sentimientos, otras alegrías y otras tristezas.
Al igual que en obras precedentes, el autor recrea el espíritu del barrio, ese espacio urbano y afectivo que el implacable tiempo sepultó en el pasado.
El relato rescata una cultura de convivencia bastante más entrañable, que padeció la erosión de las tempestades sociales y políticas de la segunda mitad del siglo pasado.
Ese tránsito de un país otrora paradigmático por su envidiable estilo de vida hacia los tiempos de la crisis, la pobreza y las agudas asimetrías sociales, fue un periplo realmente traumático.
Obviamente, uno de los factores determinantes de ese irreversible descaecimiento fue el criminal régimen autoritario y las recetas neoliberales aplicadas por los gobiernos de posdictadura.
El autor ensaya un viaje retrospectivo e incluso introspectivo, para reencontrarse con una cultura de convivencia intransferible, que es parte de su propia identidad.
En ese contexto, el escritor despliega una variopinta galería de personajes característicos del barrio, como el quinielero, el heladero, el zapatero y el popular fotógrafo del Parque de los Aliados (hoy Parque Batlle), que instalaba su cámara de madera sobre un trípode frente al monumento a la Carreta.
Obviamente, no falta el joven bancario hijo de sacrificados almaceneros, que apuesta a ascender en la escala social y romper con las a menudo inmutables reglas del determinismo familiar.
Toda esa comunidad y la de otros barrios, actuando como una gran familia, coadyuvó a escribir la historia viva de nuestro pasado reciente y las páginas de un Uruguay glorioso que hoy es apenas un mero espejismo.
Mauricio Rosencof simboliza ese fenómeno social en Malarracha, el confidente quinielero que filosofa más con la autodidacta sabiduría de la calle que con la educación del aula.
Otro actor clave de esta comedia humana es el Negro Invierno, una suerte de marginal que sobrevive, como puede, con su trashumante pobreza a cuestas y su góndola que surca los imaginarios canales de la vida.
Debajo de todo ese micromundo, subyacen los sueños de gloria imposible, los amores inconfesados de mujeres solas o con compromiso y muchos otros universos humanos.
De algún modo, cada personaje procura construir su reino sin castillo ni corona y su propio espacio en una geografía rica en matices e intransferibles identidades.
Mauricio Rosencof reflexiona en voz alta a través de ese quinielero filósofo, a quien sugestivamente apoda "el humanista", representando en él a una figura capaz de interpretar la realidad a través de los sentimientos y no de los mezquinos intereses de la sociedad regida por las reglas del indolente mercado.
El autor-relator se interna en los laberínticos corazones de sus personajes, sinuosos paisajes salpicados de alegrías y heridas jamás restañadas.
Hurgando en los más complejos intersticios del alma, el discurso literario se instala en los siempre agobiantes territorios de la tristeza, esa suerte de patología individual y colectiva que horada la esperanza y nos suele precipitar rumbo al insondable abismo de la depresión.
No en vano Rosencof toma particularmente como referencia al personaje del Negro Invierno, un empedernido vagabundo que padece la soledad como una condena y que busca obsesivamente un amor que le permita emerger de la desdicha y amanecer a la felicidad.
El autor sugiere que la vida es una quiniela y una permanente apuesta a la quimera. Ese permanente discurrir entre el paraíso y el infierno, es la clave misma de la peripecia existencial del hombre humilde, siempre marcada por la causalidad pero también por los inescrutables caprichos del azar.
El relato se proyecta en un prolongado periplo a través de los territorios de lo cotidiano, donde seres mínimos tejen pacientemente la trama de sus sueños de grandeza, acotados por las fronteras de ese barrio que es su único espacio vital y la matriz misma de su sentido de pertenencia.
Los personajes de Rosencof son criaturas humanas rutinarias y, en cierta medida, resignadas a un destino gris y sin otra expectativa que observar impávidas el mero fluir del tiempo.
Sin embargo, todos atesoran íntimamente la simiente de la felicidad, que cultivan esmeradamente aguardando la primavera de sus vidas.
No es ciertamente arbitrario que la historia esté ambientada en otoño, estación del año en la cual comienzan los primeros fríos y los árboles quedan semidesnudos en un paisaje desolado.
Ese viaje rumbo al inexorable invierno, que es un personaje alegórico de la trama novelesca, es también la inauguración de una larga búsqueda existencial del barrio como colectivo urbano, social y cultural.
En esta novela singular, hay historias conmovedoras, de heroísmos anónimos y no menos anónimas desdichas.
En todos los casos, la grandeza está retratada en la intrínseca capacidad de supervivencia de los personajes, que inhalan cotidianamente cada sorbo de vida.
No hay acontecimientos excepcionales, salvo aquellos que ocurren en la imaginación y en el fuero íntimo de los protagonistas.
De algún modo, todos tienen la convicción que la vida siempre abreva de los sueños y que el gran desafío es construir cotidianamente cada fragmento de presente.
El espíritu del relato está encarnado básicamente en dos personajes vertebrales: Malarracha y el Negro Invierno.
Mientras el quinielero es un cronista e intérprete de la realidad, ese inefable vagabundo es un elocuente retrato de todas las inclemencias del destino.
Como es habitual, Mauricio Rosencof no soslaya el humor irónico ni la apelación a una suerte de realismo mágico, que aporta un sesgo cuasi mítico a su novela.
En este auténtico fresco evocativo que apela nuevamente a la memoria de "otro" Uruguay, el autor reconstruye el pasado y con él un fragmento capital de nuestra historia contemporánea.
Sin embargo, el relato está absolutamente desprovisto de personajes célebres. Deliberadamente, todos los protagonistas de la narración que es la memoria viva del autor son criaturas cotidianas y jamás registradas por cronistas e investigadores, como si no hubieran existido.
Rosencof recupera a los héroes reales, cuya verdadera épica es la supervivencia en medios sociales acotados y, a menudo, fuertemente condicionados por el determinismo histórico.
"La góndola ancló en la esquina" es un conmovedor cuadro costumbrista, que recrea la iconografía humana de un Uruguay diferente más soñador y menos pragmático cuya ética y entrañable espíritu humanista permanecen impresos en nuestra memoria colectiva. *
(Editorial Alfaguara)
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