NELSON DI MAGGIO
Ese proceso no fue fácil. Necesitó más de un siglo y medio de su invención para conquistar (y arrebatar) el cetro de los lenguajes más populares y tradicionales como la pintura. Claro, tuvo sus héroes y villanos. Los creadores y los comerciantes. Los investigadores y los rutinarios. Los pioneros y los seguidores.
Uno de los pioneros fue Alexander Rodchenko (1881-1956). Los historiadores lo sitúan dentro del constructivisno ruso, pero no se circunscribió a ese movimiento. Al principio, influido por el suprematismo de Malevich llevó el arte abstracto a uno de sus mayores logros: entre los objetos escultóricos de esa época que se exhiben en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París, se advierte nítidamente la influencia (a través de reproducciones, sin duda) que ejerció sobre el Arte Madí y en particular en Rodolfo Urrichio, en una dependencia que habría que revisar a partir de ahora. Pero la exposición está centrada en centenares de fotografías, fotomontajes, afiches, tapas de revistas y libros, en estrecha colaboración con su amigo Maiacovsky, entre otras estrellas de los primeros años de la Revolución de Octubre (Eisenstein, Kulechov, Tatlin, Prokofiev, Lili Brick), uno de los momentos más extraordinarios del arte ruso que todavía hoy proyecta, luego de la represión estalinista, su bienhechora lección innovadora.
Organizada con el apoyo de la Casa de la Fotografía de Moscú, la muestra escogió con acierto el título Rodchenko fotógrafo. La revolución en el ojo. Con una mirada perforadora, su cámara hurgó en la intimidad de sus retratados (los colegas artistas, los múltiples de Maiacovsky, de su madre), con luminosidades cambiantes según cada caso, o en composiciones oblicuas, que caracterizarán su producción. La riqueza inventiva en los fotomontajes (un recurso inventado por los dadaístas) es asombrosa, así como la evidenciada en los afiches y el diseño gráfico. Artista múltiple que supo enfrentar, sin mayores claudicaciones, los ataques de formalismo por el terror del realismo socialista impuesto por el zar Zhanov, en las encomiendas de reportajes a la ciudad, a las gigantescas construcciones, al ejército rojo o las expediciones polares, Rodchenko, junto con su mujer Varvara y la pintora cubista Liubov Popova, diseñó su vestimenta, inmortalizado por la foto que le sacó Mikhail Kaufman, hermano del cineasta Dziga Vertov, maestro del Cine-Verdad.
Contemporáneo, aunque no coetáneo, el Museo Maillol presenta a Weegee, el fotógrafo estadounidense de origen ucraniano cuyo verdadero nombre (adaptado al inglés) es Arthur Fellig (1899-1968). En ese museo formidable que aloja La cocina, una instalación, entre las mejores, del ruso Ilya Kabakov (que pocos conocen y sólo los que saben de su existencia solicitan verla pues está en un sótano fuera del recorrido normal del museo), trabajo explosivo y emocionante que remite a las humillantes condiciones de vida comunitaria en el régimen soviético, se exhibe por primera vez en París la obra de Weegee. En un también generoso despliegue de trabajos, Weegee recorrió con un auto desvencijado las calles peligrosas de Manhattan durante la noche y en sus momentos de riesgo inminente. Con poderosa intuición para la ocurrencia de hechos trágicos (un asalto a mano armada, un asesinato, un suicidio, accidentes de tránsito), utilizó de oficina las comisarías de barrio y ese contacto íntimo con la policía le facilitó adelantarse a ella misma y capturar los hechos en el instante preciso en que se producían y publicarlos de inmediato en los diarios, uno de ellos el New York Times. En las décadas del 30 y 40 registró enorme cantidad de imágenes de una brutalidad casi insoportable, pobladas de muertos y regueros de sangre. Una denuncia de una sociedad violenta, que luego abandonaría por el mundo cinematográfico (actuó en algunos filmes) y el glamour estelar.
Mientras, en la Biblioteca Nacional, poseedora de más de tres mil originales firmados, realizó una retrospectiva de Eugène Atget (1857-1927), ese encantador enamorado del París que fue, y el Jeu de Paume anunciaba a Pierre et Gilles, una pareja famosa.
Madrid, invadido por PhotoEspaña, son varios los fotógrafos a tener en cuenta. En la poco concurrida Fundación ICO, de la calle Zorrilla, una enorme retrospectiva de Man Ray (1890-1976), con el adiccionado título Despreocupado pero no indiferente, cofundador del dadaísmo y el surrealismo, amigo de Marcel Duchamp, practicó la pintura, la escultura, el grabado, el cine, el diseño, la poesía, la filosofía, el ensayo y la fotografía. Se atrevió a realizar exposiciones de los artistas de la vanguardia histórica.
De Estados Unidos pasó a París y amistó con Atget, habitando en el mismo edificio de Montparnasse. Artista influyente en el siglo XX y auténtico provocador, Man Ray se convirtió, en los años veinte, en el retratista más buscado y refinado de la capital francesa. Ante su cámara posó todo el espectro literario y artístico: Matisse, Picasso, Brancusi, Gertrude Stein, Hemingway, Proust en su lecho de muerte, Cocteau, Eliot, Schönberg, Satie y así siguiendo, difundidas en Vogue, Vanity Fair y Harper´s Bazaar. Muy conocido en numerosas exposiciones del surrealismo, como figura incontorneable, Man Ray introdujo técnicas novedosas (el rayograma, impresión de objetos a la luz en placa sensible, sin emplear la cámara, los retratos solarizados, empleo rápido de la luz sobre la foto en el momento de revelado) pero en especial hay que destacar el carácter perturbador que consigue, aún hoy, en esas imágenes, familiares por las reproducciones.
Dos fotógrafos en el Círculo de Bellas Artes. Andrés Serrano. El dedo en la llaga. Pocos fotógrafos (salvo Mapplethorpe) han suscitado más polémica que Serrano, nacido en Nueva York en 1950. Desde el Cristo de la orina imagen impugnada por la iglesia católica y en su hermosura pasa inadvertido el supuesto sacrilegio, la elección de los temas y la manera de tratarlo (enormes retratos de personajes claves de su país, negros y de sectas religiosas, muertos en la morgue) y en general todos aquellos referentes prohibidos. Su obra está próxima a los artistas barrocos, en la intensidad del claroscuro, la emergencia volumétrica de las formas, la violencia del simbolismo.
En el mismo lugar, Sylvia Plachy. De reojo, una mirada escrutadora por la ciudad de Nueva York, y en sus momentos diarias, cotidianos, pero cargados de tensión interior, publicadas regularmente en el New York Times, The Village Voice, Life, Artforum, Fortune y Smithsonian, entre otras publicaciones e incorporadas a las colecciones de los principales museos.
En el Museo Thyssen-Bornemisza, la fotógrafa estadounidense Lynn Davis, abandona la figura humana y se interna por el paisaje de icebergs en Groenlandia o en los templos antiguos de Irán, imágenes silentes, de despojada grandiosidad, no exenta de grandeza. Por último, además del célebre Sebastiao Salgado en su serie sobre Africa en el BBVA, el atractivo se concentra en la primera retrospectiva de Zhang Huan en España. El arte chino actual está presente en todos los encuentros internacionales y, según opinión de muchos estudiosos (con el apoyo de los mercaderes de turno), se impondrá al arte occidental. No es arbitrario el vaticinio. Si bien es cierto que existe la moda por China, en la medida que su economía se expande a un ritmo vertiginoso e impone sus reglas al mismísimo Estados Unidos, sus artistas, dentro y fuera del país, han conquistado por su fuerza creativa, un lugar al sol de Occidente.
Zhang Huan (1965), influido por el ritual oriental, es un performer y fotógrafo deslumbrante. Utiliza la experimentación de sensaciones extremas sobre su propio cuerpo (el tatuaje de escritura) con la intención de descubrir las relaciones entre lo espiritual y lo sensible. Pues para él "el cuerpo es la prueba de la identidad. El cuerpo es lenguaje". El clima de represión cultural que todavía subsiste en su país hizo que se concentre en sí mismo, en la fuerte soledad y el sufrimiento, la desolación o incomunicación social en las grandes ciudades, la degradación de los espacios públicos. Presenta 70 grande obras, de un metro por dos, fechadas en los últimos siete años, la incorporación curiosa a una madera tallada, de serigrafías y el video de una performance alucinante en Nueva York, que lo ubican entre las grandes personalidades de la fotografía actual. (Tercera de una serie de notas sobre un reciente viaje a Europa).
Deutsche Vite (Vida alemana) es el nombre de la muestra itinerante de Stefen Moses en el Cabildo de Montevideo, con un importantísimo catálogo, textos de especialistas y un saludo poético del escritor Hans Magnus Enzensberger. Nacido en la Baja Silesia (hoy Polonia) en 1928, Moses busca la identidad germana a través del retrato de los diferentes estratos de la sociedad alemana, dentro y fuera del país. Viajero por diferentes continentes, incluso Suramérica, Moses aseguró al reportaje fotográfico la intensidad psicológica del modelo. Entre las diferentes series se distinguen Los grandes viejos (con retratos del filósofo Gadamer, o el político Willy Brandt), en las estupendas y complejas de Imágenes reflejadas las Thedoro Adorno y la de Ernst Jünger, de la serie Artistas crean máscaras, las de Otto Dix, Emil Schumacher, Günther Ücker y de la Sociedad alemana, la del feroz crítico literario Marcel Reich-Ranicki y el carismático rostro de Joseph Beuys. Una muestra para disfrutar largamente hasta el 29 de julio.
Helena Neme, uruguaya, residente en México, se atreve con el cuerpo femenino y el encuentro de los sexos, realiza un ensayo de fuerte erotismo y sexo explícito, exorcizando el deseo con regocijante sensibilidad, fuerte, aunque ajena cualquier posible exhibicionismo. En blanco y negro o en color sus trabajos revelan una nueva dimensión de la intimidad.
También es elogiable la calidad del 67º Salón Aniversario del Foto Club (Atrio Municipal) con una selección rigurosa de jóvenes, algunos con un lenguaje sólidamente establecido. Se puede visitar hasta el 20 de este mes.
Pasaron inadvertidos para los distraídos de siempre. Sin embargo, dos muestras organizadas por el Instituto Italiano de Cultura, con el dinamismo que caracteriza al director Angelo Manenti, atento a la difusión de la cultura de su país en sus más diversos aspectos, aunque ya no están, vale la pena referirlas. En el Espacio Santos (Ministerio de Relaciones Exteriores) Tonino Lombardi, médico de profesión, exhibió pinturas y esculturas. Ofreció una lección de pintura abstracta aunque inspirado en escenas de la naturaleza (el mar, las estaciones, paisajes, teatro, rituales domésticos) en extensión de las propuestas del maestro Afro (también exhibió en Montevideo hace un par de años, olímpicamente ignorado por los especialistas) con ese exquisito refinamiento de la materia, la fuerza irradiante del color, el dominio de la composición, virtudes que los uruguayos de hoy no suelen apreciar. De la misma manera, la destreza del modelado escultórico (cerámica, bronce, latón) emparentado con el primer Lucio Fontana y Marino Marini, aunque se adivina derivaciones personales más arriesgadas.
En el Atrio Municipal, levantada antes de tiempo por esas razones que la razón ignora, el escultor piamontés Riccardo Cordero (excelente catálogo trilingüe, válido para el Centro Cultural Borges, Buenos Aires, y la Fundación Memorial de América Latina, San Pablo, lugares a exhibir) incursionó por la escultura figurativa y geométrica, en una visión que arrancó de los años sesenta y se extendió hasta hoy, en pequeñas dimensiones de un artista habituado a la escala monumental y urbanística como lo documentó en sus proyectos gráficos y pictóricos de interesante resolución. Es una lástima que el esfuerzo del ICI no sea debidamente valorado por los medios locales. *
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