JORGE ARIAS
Es el precio en sangre que se pagó y se paga por las maravillas del "libre comercio", la "competitividad", la "flexibilización laboral" y, sobre todo, la ausencia total de "confrontación", esa recién inventada mala palabra que moteja a quien se pone de pie para hablar en voz alta y afecta así el pasmoso equilibrio de la "confrontación" económica que vincula a los débiles con los poderosos.
De 1975 a 1977 cientos de uruguayos bajo el terror salvaron su libertad y tal vez hasta la vida asilándose en la Embajada de México en Uruguay. El héroe silencioso de esta conmovedora lucha por la vida fue el embajador, Vicente Muniz Arroyo.
Cruzan la escena varias peripecias, algunas anécdotas; los personajes se definen por pocos rasgos, muestran una faceta social estereotipada, como si supieran que la personalidad es algo precario, como si percibieran por primera vez que es un artefacto descartable, construido con años de afincamiento, relaciones familiares, costumbres y hasta pequeños vicios, pero que sometido al vértigo del exilio, ha de cambiar, tal vez para siempre. Esta extraordinaria experiencia humana, las tensiones de esos hombres y mujeres sobreviviendo entre dos abismos, pasado y futuro, es la materia de esta pieza. En manos de Marina Rodríguez esta sustancia se hizo universal, y el drama, o la comedia, de cada uno de los personajes compendia momentos críticos que padece la humanidad entera: ha sabido ver lo general en lo singular, y su obra nos conmueve, no por uruguayos, sino por ciudadanos de una patria más grande.
Volvimos a sentir, en la sala que hoy merece el nombre de Atahualpa, el recogimiento, la unción y las transformaciones que vivimos en El Galpón militante de otras épocas y que hoy, a través de esta obra impar, se reencuentra con su destino. Marina Rodríguez había mostrado su calidad de escritora en obras anteriores, todas admirables y escritas con el pulso y la delicadeza de una verdadera artista más con el controlado fervor de quien comprende, vive y participa de la historia contemporánea; pero ésta, que contiene y supera, a través del arte, su propia experiencia como asilada, es la mejor.
La misma autora dirigió la obra, que caló tan hondo en los intérpretes, que todos ellos parecen, más que actuar, vivir las situaciones que se plantean. No ha necesitado más que un sintético pero hermoso escenario (Dante Alfonso); nada mejor que la sobriedad y el despojamiento para un drama de seres despojados y perseguidos.
Dentro de estos lineamientos, sin embargo, porque la belleza no es incompatible ni con la pasión ni con la temperatura, ni con la verdad, el movimiento en la escena tuvo un equilibrio, un ritmo y una calidad plástica nada frecuentes. *
LA EMBAJADA, de Marina Rodríguez, por El Galpón, con Melisa Artucio, Daniel Cardozo, Marcos Flack, Pachi Freire, Claudio Lachowitz, Carolina Pereyra, Guadalupe Pimienta, Pablo Pipolo, Amelia Porteiro, Líber Rodríguez y Angeles Vázquez. Escenografía de Dante Alfonso, iluminación de Fernando Tabaylain, música de Pablo Bonilla y Claudio Díaz, vestuario de Verónica Lagomarsino, dirección de Marina Rodríguez. Estreno del 28 de julio, teatro El Galpón.
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