Domingo, 19 de agosto, 2007 - AÑO 9 - Nro.2644
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LA GAVIOTA DE HITCHCOCK

"Dicen que tengo veneno en la piel"

* Oí el chillido de un recién nacido en la calle desierta a aquellas horas mañaneras, cuando el sol también recién apenas parido de madre desconocida invita a la playa. Me volví y comprobé horrorizado que era una gaviota, un repelente bicho alado que tanto odio y que probablemente tuvo que odiar más que yo Alfred Hitchcock, como para dedicarle una película a modo de exorcismo.

SERGIO BERROCAL

Hitchcock: los pájaros, siempre los pájaros.
Hitchcock: los pájaros, siempre los pájaros.

La maldita gaviota picó hacia mí pero antes de rozarme cambió de rumbo hacia el mar, que ya empezaba a dar de mamar su agua salada con penetrante perfume de yodo a ávidos turistas británicos que se nutren de sol y salina.

Nunca hasta entonces un bicharraco del diablo me había dado tamaño susto. Llevamos conviviendo pacíficamente siete años en estas costas arenosas de Andalucía, en lo más profundo del sur de España, a dos brazadas de Africa.

Pero desde que unos alumnos eminentes del senador Mc Carthy (ya saben, aquel guapetón con traje de raya diplomática que en los 50 causó estragos en Estados Unidos entre los intelectuales a los que acusaba de ser comunistas) me condenaron a no publicar un libro por defender a Cuba, todos los dedos se me vuelven pajarillos del Maligno. Y, aunque les parezca esquizofrénico, las gaviotas de Fuengirola, así se llama el pueblo, ya no me miran como antes de ese incidente.

Oteo tanto al cielo cuando ando por las calles que un viandante con cara de loco me dijo el otro día en una especie de rezo tibetano que no saben los psiquiatras lo que se están perdiendo conmigo. Es verdad, qué sabrán ellos del potencial de locura que arrastra mi cerebro puritano...

En otra vida, un amigo, Alvaro López Alonso, entonces secretario general de la Asociación de la Prensa de Madrid, me había sugerido que dejásemos los conciertos del periodismo y abriésemos un chiringuito en la costa de Granada. Le he perdido de vista desde que mi vida dio el vuelco del titiritero, y cada vez que me meto en el mar me pregunto si finalmente llevaría a cabo su proyecto.

Porque con lo que llueve en periodismo de mentiras, calumnias, medias falsedades y manipulación al por mayor, lo mejor que puede hacer un periodista honrado es servir copas y sardinas en una playa con garbo.

Es muy probable que yo no lo haya hecho porque la playa de la que me enamoré para esta huida está a cien quilómetros de Salvador de Bahía, allá por Brasil. Y la verdad es que volver a empezar, ni Cole Porter se atrevería. (Lo malo es que tener sardinas en la mano es la mejor manera de atraer a las gaviotas que me persiguen...).

Me extraña un rato pero cuando estoy en mi playa, Manolo Beach, los bichos esos con alas de muerte ni me hacen caso. Quizá sea porque tengo a mi lado a Manolo, playero desde que se dio cuenta de que el trabajo de albañil era peor que el de periodista.

Se compró un pantalón corto gris, un sombrero de paja de procedencia indefinible, unas sandalias que parecen robadas a algún discípulo de Jesús, pidió un crédito en el banco y se instaló como hamaquero de un pedazo de playa donde es más fácil enamorar que en una reunión de ninfómanas insolventes.

Manolo reina en su beach mediterránea como un sultán en su palacio de Oriente o de Poniente, que todo es cuestión de cosas de la vida, esas que te hacen estar en un sitio cuando te crees que te encontrabas en otro.

Debajo del sombrero de paja apenas se calculan dos ojillos que han visto más de lo que la boca cuenta. El rostro está retorcido por el sol. Pero el visitante y sobre todo la visitante ­sus gustos están de acuerdo con las tablas de la ley-- tiene de él la visión que sólo podría haber dado un fotograma de Sergio Leone. Le falta el cigarrillo roto por el tiempo de Lucky Luke o de Clint Eastwood en una tarde sedienta de sol en el desierto de Almería (cualquier día se lo compro).

Y en medio de los maullidos y ladridos de los veraneantes, casi todas del otro sexo, faltaría que el dolor de las olas rotas en la orilla fuese acompañado por la música de Ennio Morricone.

Desde lo más alto de mi sombrilla, una gaviota me mira insolentemente y me advierte con su pico avieso: "Dicen que tengo veneno en la piel". Con las patas rasguea un ritmo poco agradable. *


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