Domingo, 26 de agosto, 2007 - AÑO 9 - Nro.2650
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Fragmento del Capítulo 1 Palabras cruzadas

--Estrella, mucho gusto --dice.Hay un vaivén.

Nicolás Estrella pestañea. Desde la pantalla de plasma de un televisor gigante, Dios alcanza a encomendarle la búsqueda de un sitio apropiado en la parte más alta de Montevideo. Le pide que allí construya un arca para afrontar el próximo diluvio. También le dice que no se preocupe por los animales, porque de eso Él va a encargarse, y que la embarcación no tiene que ser como la de Noé, aunque es imprescindible que la haga con sus propias manos, y que respete las proporciones de la original. El Señor dice que debe conseguir una mujer para la navegación. Después le sugiere que no se demore en pequeñeces pues el comienzo del fin está muy próximo, y promete asistirlo en los momentos decisivos.

--Usted se va a salvar, Estrella --le dice el Altísimo, de manera rotunda.

Y agrega que, para que todo eso sea posible, va a revelarle un secreto. Y acontece que, cuando Él se dispone a ello, se corta la comunicación. La línea del tiempo se quiebra, hay un vaivén, saltan algunos resortes y el mundo queda en silencio.

Hay, entonces, un vaivén. Y hay una puerta que se cierra y enseguida vuelve a abrirse para permitir que aparezca este hombre, que ahora camina hacia su destino sin saberlo. Es flaco como un alambre y tiene un nombre secreto que repudia. Tímido hasta la exageración, Nicolás Estrella no cree ni en el pan que él mismo corta en finas rebanadas cada noche, acodado con indolencia a la mesa de su cocina. Es un hombre marcado, pero su prodigiosa memoria no es capaz de encontrar la huella de ese signo.

Nunca salió de Montevideo, ya ha cumplido cuarenta años y trabaja desde hace veinte como cajero en la sucursal de un banco norteamericano. Solitario a ultranza, no espera nada de la vida ni de sus semejantes, a los que mira con un ojo de conmiseración y otro de desprecio. Carga sin consuelo con un extraño nombre de dos sílabas, y toda su sensibilidad está depositada en el dedo índice de su mano derecha. Como si nada, es capaz de contar ciento ochenta billetes por minuto, no se equivoca jamás, y en ciertas ocasiones --magníficas ocasiones que ya forman parte de la mitología bancaria-- ha sabido detener esa sincronía de movimientos apenas perceptibles para separar un billete del fajo. Allí, cuando eso ocurre, el tiempo parece estancarse a su alrededor, y todos en el banco contienen el aliento mientras él, con una parsimonia casi dolorosa aunque no exenta de cierto histrionismo, explora al tacto la superficie del papel, alza apenas el mentón, dilata las narinas, frunce un poco el ceño, extrae lentamente el billete ya maldito para siempre y sin mirarlo pronuncia en un susurro la frase inapelable:

--Este billete es falso.

Nunca falla. Para los demás, es decir para los otros trabajadores del banco, desde el señor gerente, el señor subgerente y la señora jefa ejecutiva de cuentas, hasta el policía que dormita encerrado en la garita de los vigilantes, pasando por toda la escala jerárquica, o sea los demás cajeros, los otros funcionarios de menor y mayor rango, incluido el grupo de los que trabajan en la sección Banca Internacional, y hasta para muchos de los clientes de la institución que lo conocen desde hace años, su especialidad son los billetes de cien dólares. Él, en cambio, tiene para sí que su único saber verdadero es el silencio.

Resulta que este hombre es experto en practicar un juego secreto que consiste en no pronunciar ni una palabra durante todo el fin de semana. Es mi tiempo libre y hago lo que quiero, piensa. O sea, silencio. Cuando cultiva el arte de callarse la boca ni siquiera se permite una exclamación mientras se despereza, o un susurro al afeitarse frente al espejo. Nada. Ningún sonido. Se dedica a la lectura o a sus pasatiempos: las palabras cruzadas y la televisión. Es un orfebre de los crucigramas, y hasta se ha comprado de liquidación un viejo diccionario enciclopédico Sopena del año 1952 nada más que para corroborar de manera fehaciente algunos de los múltiples gazapos con que suelen estropearse muchas definiciones, realizadas la mayoría de las veces con torpeza por iletrados aprendices.

Esa es, para él, una posible forma de estar: televisión, palabras cruzadas y silencio. Vodka y silencio. Como si el tiempo se quedara allí y lo pusiera a salvo de los desastres del pasado, a los que ha sobrevivido de manera inexplicable. Silencio y tiempo. Una posible forma, también, de no estar. Así se las arregla, en el tedio de esos larguísimos fines de semana, para hacer las compras --en general los sábados sobre el mediodía-- sin saludar ni consultar precios ni despedirse de la cajera del supermercado. Es un maestro del mutismo. Claro que no ha podido sacar, de esos paréntesis, casi ninguna conclusión, excepto tal vez la certeza de su inutilidad, lo que viene a reforzar su tesis acerca de la estupidez humana.

Poseedor de un saber exhaustivo en muchos asuntos, este hombre marcado propende, con el paso de los años, a acumular conocimientos sin establecer utilidades o jerarquías, pues considera que ya no las necesita. Datos geográficos, fechas de grandes batallas, cosas de botánica, los meandros de la alquimia, rituales masónicos, deidades, deportistas, exploradores, hazañas. Todo cabe. Cualquier cosa calza en su memoria. Puede, sin mayores tropiezos, escribir la lista completa y ordenada de dioses griegos y sus equivalentes romanos, o elaborar notas sobre el tamaño de los países, los nombres de sus capitales, la cantidad de población, la moneda de curso legal y otras tonterías. Se sabe al dedillo la biografía de muchos personajes que alguna vez fueron famosos, y las propiedades y contraindicaciones de cientos de hierbas medicinales, y los nombres de las constelaciones, y hasta la ubicación en latitud y longitud de las más remotas islas en los océanos. Lee, escribe, memoriza, estudia. En eso se le ha ido una buena parte de la vida. En eso y en callar.

Una vez, no hace mucho, anotó en uno de sus cuadernos de cálculos las estimaciones correspondientes y el resultado se le antojó digno de figurar como récord: durante los últimos diez años ha pasado un promedio de veinte fines de semana por año en ese curioso divertimento. En total, tomando en consideración que sus fines de semana comienzan los viernes a las 19 horas y finalizan los lunes a las 10 de la mañana, tiene en su haber unas mil doscientas sesenta horas de silencio absoluto por año. Eso le da doce mil seiscientas horas de silencio a lo largo de la década, lo que equivale a decir que ha estado callado durante quinientos veinticinco días completos: un año, cinco meses y tres semanas.

Ese hombre, entonces, especialista en contar billetes de cien dólares y en mantenerse callado mientras escribe, o mientras completa al vuelo las palabras cruzadas del diario o se deja hipnotizar por la televisión y, en cualquier caso, bebe vodka hasta que lo vence el sueño, ni siquiera es capaz de apreciar la libertad de caminar por la ciudad. No puede imaginarse en un bar, por ejemplo, con un café sobre la mesa, o de vagabundeo por ahí, como tantos. Se justifica a sí mismo y dice que se fatiga, aunque lo que sucede en realidad es que detesta el contacto con desconocidos. Por eso le gustan los libros y la tele. Gente sí, pero de lejos. Repudia el ruido del tránsito. Odia las luces de los semáforos. No visita a sus amigos porque no tiene ninguno. La familia se compone apenas de una prima que vive en Oskaloosa, Iowa, y sus amores --desde que ocurrió su temprano divorcio de doña Matilde González Urdampilleta-- son meras sesiones de sexo higiénico, siempre celebradas en algún cuartucho de la Ciudad Vieja con medidas profilácticas extremas, por aquel miedo juvenil a pasar una noche con Venus y un año con mercurio... de cromo.

Para él, Montevideo es una ciudad de muchas caras. Una de ellas muestra la luz casi mágica de las avenidas. Otra enseña esa opacidad de algunas calles que corren a la sombra de árboles añosos y que desembocan, a veces, en ochavas sin sentido, en jardines con rejas oxidadas o en esquinas que, a fuerza de musgos y silencio, se vuelven tenebrosas. Dobleces que él, hombre afín a la ambigüedad y a la demora, no tiene sin embargo ningún interés en descifrar. Puede ver que Montevideo se bambolea por estos días igual que un farolito a la entrada de una taberna. Es como si el viento del sur siguiera después de la tormenta y con ello hiciera oscilar los ánimos de la gente con penumbras y luces, de aquí para allá en un vaivén que debe presagiar algo. Todo vaivén, supone, es un presagio. Mira el cielo. Quizá sean las nubes, piensa él en este día. O el sol que no acaba de alcanzar el equinoccio, o la arquitectura de estos edificios. O en una de esas, el carnaval electoral que se avecina. Quizá, masculla. Lo repite en un susurro, admirado por la sonoridad de esa palabra:

--Quizá.

Piensa: adverbio de duda, cinco letras.

Montevideo no le resulta, en este tiempo extraño en el que vive, una ciudad fea sino absurda, con un palacio que trepa sobre la costa del río hasta alcanzar los cien metros de altura y que viene a ser un mirador de cemento donde, según se ha enterado, supieron habitar en otro tiempo varios malevos, algún poeta, unas brujas.

Y es en esta ciudad ubicada en las orillas de la nada, todavía postrada por los fríos del invierno, que ese hombre llamado por ahora Nicolás Estrella, empleado bancario aficionado al vodka y al silencio, tenue ya de tan flaco y tímido que es, terminará por encontrar su destino de una manera oblicua, aunque no casual, pues cada episodio de su existencia hasta ese momento bien puede entenderse, apenas, como un pretexto destinado a iluminar los años que aún le quedan por vivir.

Enfundado en un sobretodo de anchas solapas por encima del saco azul de tres botones, con chaleco de lana, una camisa celeste y corbata al tono, pantalón gris oscuro y zapatos negros recién lustrados, se puede decir que ese hombre es la corrección hecha persona. Y es ese hombre y no otro, ese único hombre de todo el enjambre de hombres que pueblan el planeta en este día de agosto, ese tal Nicolás de vida fútil, habitante de una ciudad carente de toda relevancia en la historia del mundo, quien está a punto de convertirse en el centro del universo.

El gesto previo es en apariencia banal: decide comprarse de urgencia un reloj despertador. Por alguna desgraciada razón su viejo reloj se ha descompuesto. Lo carga en su mano izquierda, con cuidado y también con recelo. Es un aparato de los antiguos, de esos a los que hay que darle cuerda cada noche con unas mariposas de metal colocadas en la parte de atrás. Doble cuerda y doble mariposa: con una se monta el mecanismo del reloj y con la otra se enrosca el resorte que, llegado el momento, será liberado y moverá el engranaje que, a su vez, hará sonar el timbre del despertador. Pues bien, algo se le ha roto al reloj en su delicado sistema de pernos y rueditas dentadas. Desconfía el hombre. Duda. Algo suena suelto, perdido. Lo tuvo junto a su oreja durante un rato, esta misma mañana muy temprano. Trataba de descubrir algún signo de vida en el ingenio, pero lo único que pudo oír fue el sonido de una pieza pequeñísima que golpeteaba contra las chapas de la carcasa cuando él lo movía. Desconcertado, después de tomarse dos tazones de café para espantar la resaca, Nicolás Estrella había llegado a dictaminar que su reloj estaba muerto.

Allá va ahora, con ese desconsuelo inútil en la mano izquierda. Camina despacio, ingresa al shopping resignado a comprarse uno de esos espantosos relojes de plástico que funcionan a batería y que, por consiguiente, no requieren que se les dé cuerda ni que se gire ninguna mariposa. Avanza por la galería y de pronto el vaivén del tiempo lo devuelve al principio: mientras pasa frente a la vidriera de una tienda de electrodomésticos, oye que Dios le habla.

A él en persona.

Únicamente a él y a nadie más.

Le habla desde la pantalla de un enorme televisor Pioneer, modelo PDP 502, que chisporrotea en la vidriera del comercio.

--Atiéndame, Estrella --le dice Dios.

Él se detiene. Parpadea. Se queda contemplando la pantalla de plasma extraplana de 50 pulgadas ultra cromática. Desde allí Dios acaba de llamarlo. Y lo trata de usted. *

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Fuente: Feria del Libro


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