El elegante ámbito del Teatro Solís fue el sitio elegido para celebrar una nueva edición de los Premios Florencio con los que parte de la crítica especializada premia cada año a las propuestas teatrales que han sido puestas en la escena nacional durante la temporada presente.
Como en otras oportunidades, el lunes pasado fue un encuentro marcado por el sello de la camaradería entre quienes, desde diferentes escenarios, han puesto lo mejor de sí para el enaltecimiento de las artes escénicas.
Más allá de las premiaciones, de las cuales LA REPUBLICA informó en su edición de ayer martes, vale hoy destacar el ambiente festivo que, desde el comienzo, se apropió de nuestra sala mayor.
Actrices, actores, directores, escenógrafos, músicos, técnicos de las más diversas especialidades que hacen al hecho teatral, utileros, bailarines, familiares y el público asistente, practicaron una especie de ritual festivo que realzaron la tarea de valorar el trabajo escénico y así estimular la creatividad de la siempre tan necesaria producción nacional.
En síntesis, la fiesta fue también un ritual lúdico y creativo en el que una sorprendente diversidad de perfiles humanos se integró para celebrar más allá haber obtenido o no una premiación el trabajo realizado durante el año que en pocos días más llega a su fin.
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