Jueves, 13 de diciembre, 2007 - AÑO 9 - Nro.2758
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LA LENGUA NO ES DE TRAPO

Género y cargos

Juan Mendieta

Los avances del feminismo han logrado desde hace ya un tiempo --entre algunas otras conquistas de mayor relieve-- que los cargos en las empresas o en el gobierno respeten el sexo de la persona que los ostenta, por lo cual se otorgó a los vocablos que designan esos cargos la marca del femenino. Y como en castellano dicha marca es normalmente la a (por oposición a la o que determina el masculino), se ha llegado a cosas un poquitín disparatadas, pues últimamente esa corriente feminizadora ha caído en ciertos excesos y en contradicciones. Veamos.

Al integrante de las juntas departamentales o concejos comunales se lo conoce como edil; pero a medida que fueron entrando mujeres a esos organismos, se consideró adecuado hablar de la edila para referirse a la persona de sexo femenino que ocupa uno de esos cargos. Ahora bien, me pregunto si esa a agregada al final responde a alguna norma castellana ya que todos los vocablos terminados en ele (la mayoría de los cuales son adjetivos) son ambivalentes, es decir sirven tanto para el masculino como para el femenino: civil, hostil, sutil, banal, principal, etcétera; nadie en su sano juicio diría "la comida principala" o "una frase banala" o "una reflexión sutila", ¿no? Pero además de estos adjetivos, tenemos un sustantivo que no ha corrido la suerte de edil: cuando nos referimos a Mirtha Guianze, nadie dice la fiscala Guianze sino la fiscal. ¿Por qué, entonces, decir la edila y no la edil?

Lo mismo ocurre con otras voces. Capaz, atroz, opinante, cantante, participante, fuerte, leve, baladí, etcétera, no se modifican. ¿Usted diría de una mujer que diserta en un simposio que es la disertanta? Claro que no; decimos la cantante, la concurrente. Entonces, ¿por qué decimos que Cristina Fernández es la presidenta argentina y no la presidente?

Cuando egresen las jóvenes que cursan la Escuela Militar, ¿tendremos alférezas, tenientas, coronelas y generalas?

­Yo soy tradicionalista, Mendieta. A mí que no me vengan con cosas raras y modernas. Mi mujer tiene que dedicarse a sus tareas: lavar la ropa, cocinar, limpiar la casa, ordeñar, carpir, plantar, cosechar y esperarme en casa con un buen trago... Si no, ¿para qué se ha casado uno?

­¡Qué lo parió!


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