El mundo literario de Juan Carlos Onetti, esa compleja pero reconocible cosmogonía que parió y alimentó con las peripecias, el sufrimiento y la desolación de sus personajes, nos resulta reconocible ya que alude a nosotros sin nombrarnos, nos refleja como en un espejo que creemos deformado, pero que, por el contrario, es despiadadamente nítido.
Mucho se ha especulado sobre la ficticia ciudad de Santa María, eje espacial de gran parte de la obra del genial escritor uruguayo. Se le suele identificar con Montevideo, por su gente, su cercanía con Buenos Aires y su atmósfera melancólica. También con Colonia, por su porte de pueblo costero, por su estilo de vida sosegado y algo anacrónico.
Lo cierto es que, más allá de interminables y fútiles disquisiciones, a las que el propio Onetti rehuía y fustigaba, en Santa María, en sus personajes, en su ambiente, en el olor y la textura de su ambiente, podemos reconocer lo más oscuro y hondo de nuestra idiosincrasia, eso que el gran narrador plasmó con su intransferible sinceridad y descarnada lucidez.
Muchos consideran que Onetti era un pesimista, y más aún, un fatalista. Sus personajes suelen moverse en ambientes circulares: las mismas calles, el mismo bar, los mismos amigos y enemigos, la misma noche, la interminable noche onettiana poblada de la oscuridad y la desolación que cada uno de los habitantes de Santa María lleva dentro como una segunda piel.
Onetti plasma lo que mejor sabe: la melancolía, la rutina, el círculo vicioso de una vida enfocada en tener una vida, de una existencia en la que los personajes son para seguir siendo, como una máquina que se empeña en funcionar y sobrevivir.
En "Juntacadáveres", de reciente reedición por el sello Santillana, Larsen alías Junta o Juntacadáveres, uno de los personajes emblemáticos de la obra de Onetti, retorna a Santa María, con el propósito de concretar su sueño más largamente acariciado, lo que, según él, lo ha retenido siempre en la ciudad: abrir y administrar un prostíbulo.
Cínico, amargo, pero en buena medida capaz de sobrellevar su carga de fracasos y renuncias, Larsen es un personaje dotado de un magnetismo que va más allá de su decadencia, de esa mezcla de temor y hasta de repugnancia que inspira por momentos en el lector.
Es un hombre que lleva su fracaso a cuestas, que lo alimenta, que lo preserva pero que no se deja arrastrar del todo por él, que por momentos es capaz de llevarlo con dignidad y de inspirar respeto y aún miedo aunque se sepa, y lo sepan, tan acabado, y atrapado, como la mayoría de los habitantes del lugar.
Si bien "Juntacadáveres" no es tan sombría como otras obras de Onetti porque el autor le insufla una infrecuente vitalidad reflejada en ese Larsen que recupera parte de su entusiasmo juvenil y procura rescatar lo que queda de sus viejos sueños, Santa María es una ciudad inevitablemente condenada a la decadencia, que muere pero no termina de morir, como si morir fuera su única razón de ser.
En este espacio urbano, que parece una enorme embarcación a la deriva, todos sus habitantes comparten un destino común: la inevitable condena de hundirse con ella.
Pero Larsen abre su prostíbulo, al retornar a la ciudad maldita en la que tiene más enemigos que amigos y en la cual cifró pero también perdió todas sus ilusiones.
El protagonista trae consigo a cuatro prostitutas viejas y ya casi acabadas, tan cansadas y, por momentos, tan tristemente ridículas como él. Todos los personajes son parte de un descarnado retrato, que sugiere siempre una decadencia terminal.
Aunque "Juntacadáveres" plantea temas harto recurrentes en la escritura onettiana, en esta historia el narrador afirma definitivamente el trazo deliberadamente agobiante de la angustia que recorre toda su extensa producción literaria.
(Edición de Santillana)
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