"Un cineasta de la decadencia y la prodredumbre perfumada", se lo ha definido. Esa visión del mundo se apoya en una considerable capacidad expresiva galardonada con el Gran Premio del Jurado en Venecia, el Gran Premio Asturias a mejor película y un premio especial del jurado a mejor actuación femenina (Maria Hofstatter) en Gijón, un premio especial del jurado y el premio de la Fipresci en Bratislava y el premio del jurado en el festival de Bergen. Entre otros. Sus primeras películas examinan un proceso autodestructivo de la sociedad que desemboca en la desesperanza, la pérdida, la locura, la incomunicación, las decepciones, tabúes y angustias del hombre contemporáneo. Pero las preferencias por un tema no determinan a un artista.
Un individuo entra a un baño público y amenaza a otro. De vuelta al salón, intentará golpear a un segundo parroquiano. Pronto se sabrá el motivo: ambos osaron mirar a su novia, que trabaja de copera y presenta un show en el lugar. Esa secuencia inicial marca el tono de la película: lo que sigue es una serie de variaciones sobre lo que alguien ha descrito como "esa disonante melodía inicial". La violencia a punto de estallar, la locura, la disfuncionalidad, un toque de absurdo cotidiano, y cierta manera fría y seca de mostrar todo ello, constituyen el estilo de este debut en el largo de ficción del antes documentalista austríaco Ulrich Seidl.
La fauna humana que recorre el filme (no solamente su pareja central) expresa igualmente diversos grados de disfuncionalidad: hay una autostopista que agrede verbalmente a quienes la levantan; un señor gordo que busca reemplazante para su esposa muerta; un solitario vendedor de alarmas a domicilio; un matrimonio que perdió a la hija en un accidente y vive bajo el mismo techo, sin dirigirse la palabra; una mujer solitaria agredida por un amante eventual.
Ello convierte al filme en una película coral, un poco a la manera de Ciudad de ángeles, Magnolia o Vidas cruzadas, con varias historias que se entrecruzan en torno a la idea central de que la vida no es bella.
"Hacele cantar el himno", obliga un personaje a una pobre mujer, pistola en mano y refiriéndose a un tercero, al que tienen inmovilizado. "Pueblo dotado para la belleza, gloriosa Austria", desentonan todos al mismo tiempo, aterrados.
La gloriosa Austria no parece muy gloriosa, y el director y colibretista Seidl expresa allí y en otros momentos una visión bastante crítica y corrosiva de sus compatriotas.
Lo hace con una considerable creatividad cinematográfica, eligiendo con frecuencia el ángulo intencionado, la pincelada que describe caricaturalmente a un individuo, transmitiendo algo del pegajoso clima veraniego que rodea a los personajes y redondeando un resultado que es a veces gracioso, a veces patético, otras revulsivo y transgresor.
Nacido en Viena en 1952, el director Seidl desarrolló desde los años ochenta una carrera como documentalista en filmes de tema arriesgado y temática provocativa.
De a poco se ha ido convirtiendo, junto con Michael Haneke, en el más notorio de los cineastas austríacos, y su salto a la ficción no ha dejado indiferente a nadie. "Cineasta de la decadencia y la podredumbre perfumada", se lo ha definido, provocador en el mejor sentido del término, cuyo cine abre además algunas interrogantes llamativas sobre una de las encrucijadas audiovisuales contemporáneas: por ejemplo la delimitación entre el documental y la ficción.
Es un fin de semana caliente y sofocante en Vienna, conocido con el término de hundstage o días perros. Seis historias entretejidas revelan un mundo de desilusión y de almas solas, de desenfreno y sexo.
Una película que consigue proyectar un retrato fiel de las sociedades modernas con historias llenas de significados.
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