Nelson Di Maggio
Rostros patibularios, personajes cadavéricos, manos desmesuradas, huesudas y crispadas, ojos desorbitados o llorosos, bocas vociferantes, toda una parafernalia de imágenes melodramáticas en contrastantes blancos y negros que se recuestan sobre una pared rojiza, impactan, desde lejos, al visitante.
El esquematismo de las figuras, la intención de monumentalizar las formas, el estatismo y el predominio del dibujo, con algunos ejemplos de pintura matérica con resonancia de elaboración mural, acentúan el efectismo visual.
En el lado opuesto, grabados de color, amables, risueños, superficiales, decorativos, anotaciones breves de paisajes quiteños o, uno, más severo y en negro dominante, sugestivamente enmarcado en llamativo marco dorado y labrado ( Quito negro). Es la doble vertiente elegida en Descubriendo a Guayasamín, título de la exposición, organizada por la ecuatoriana Fundación Guayasamín.
Una buena parte de la asistencia, sectores políticos y sociales no habituados a muestras de arte, se siente atraída por la contundencia de la figuración referida al sufrimiento de seres marginales y marginados, una tendencia surgida con los muralistas mexicanos, en un intento de fundar un arte latinoamericano basado en la denuncia de la injusticia social y la reivindicación de hechos históricos ejemplares para información y educación popular. La corriente conquistó la cordillera andina con especial incidencia en Perú (Sabogal, Codesido, Blas, después, actualizando el lenguaje, el mayor de todos, Szyszlo), contagió a los argentinos Berni y Urruchúa, a los brasileños Portinari y Cavalcanti, a los uruguayos Seade y Berdía, algunos de los cuales entraron en contacto directo con los maestros aztecas.
Guayasamín, obrero de origen indígena, dotado para el dibujo, especuló esa condición y explotó la temática indigenista hasta el hartazgo. Desde el comienzo, tuvo un buen protector, el banquero Nelson Rockefeller (que tuvo preferencias por las vanguardias históricas), con largas estadías en Estados Unidos y, en México, en contacto con los muralistas mirando con atención a Orozco de quien extrajo algunas soluciones formales provenientes de Masas famélicas. Hábil manipulador de su talento, retrató a presidentes y dictadores, a revolucionarios y banqueros hasta la total saciedad, obtuvo premios en bienales hispanoamericanas franquistas, mimado por los regímenes comunistas, en un vasto ejemplo de tolerancia ideológica. Dejó murales en sedes oficiales internacionales, en aeropuertos locales y españoles en un activismo que perjudicó la calidad de su obra aunque satisfizo su egolatría.
Es lo que documenta esta exposición en la principal pinacoteca uruguaya. La espectacularidad del montaje pone en evidencia la extrema pobreza formal, composiciones repetidas en una formulación exterior que a muchos, candorosamente, los induce a confundir la emoción humanista con la simple y esquemática representación humana. Basta observar en el mismo museo, la presencia de Agueda Dicancro, con sus sesgadas alusiones a la representación para comparar el compromiso profundo con la realidad y la mera ilustración de la narrativa anecdótica y literaria de captación rápida dominante en Guayasamín. Dependiente de los nobles recursos de Orozco, del vigor de Portinari, de varias etapas de Picasso, detectables fácilmente por cualquier ojo más o menos entrenado en el arte del siglo XX, Guayasamín se limita, en esta exposición, a un refrito de tendencias, a un terrorismo plástico de elementales recursos, a golpes bajos de la emotividad. En una de las bienales de San Pablo trajo una muestra de dibujos donde dejó bien sentada su capacidad creadora, pero la facilidad que atravesó su desmesurada producción no pudo mantener la deseable, mínima convicción expresiva. La fama, ya se sabe, es un equívoco.
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