Martes, 05 de diciembre, 2000 - AÑO 9 - Nro.316
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Había una vez, en El Galpón

Por siempre China

Ha vuelto, otra vez. Ha viajado por la Argentina en una casa rodante, primero con "Eva y Victoria" y luego con su propio libreto, que ahora nos trae, hecho con sus recuerdos y más que con sus recuerdos con su experiencia viva.

 <DT>China Zorrilla en "El
Galpón".</DT>
China Zorrilla en "El Galpón".

Nos trae varias lecciones que apenas sentimos como tales entre sus anécdotas y sus bromas, pero que por su misma levedad vuelan alto y llegan lejos. Nos habla, no sólo del gusto por vivir, sino de cómo hacerlo. Muestra una sabiduría que se niega a sí misma con alusiones pícaras y peripecias locas; señala un camino pero, como la heroína de La casamentera, advierte que tomó el opuesto.

A nada le da importancia, aparentemente, ni siquiera al teatro; se deleita y nos deleita con nimiedades, como un paraguas perdido, que de pronto y como por arte de magia adquiere relieve personal y hasta repercusiones políticas. Siempre está ensayando y probando nuevas ideas, nuevas situaciones, nuevos lentes para ver mejor y volver a interpretar el propio pasado. Y así el mismo recuerdo tiene un sentido un día y luego parece mudar, porque todo cambia y nos cambia, en un minuto.

En sus recuerdos está, omnipresente, la familia; pero su evocación puede ser, a veces, un grave legado de arte y otras fotografías en una pared; los recuerdos son muy tiernos, pero también son la ocasión de bromas y chistes. Su propio nombre, y sus modificaciones hasta el nacimiento de China y aun después, con el curioso agregado que hay en su firma, que mereció un interrogatorio policial, es uno de los objetos preferidos para sus juegos malabares. Para China vivir es un juego maravilloso; pero un juego donde nada es frívolo, ni superficial, ni hecho a medias. China menciona a los años sin angustia, porque no hay una "dulce juventud nunca vivida" a la que temer; habla de los sagrados deseos de amar y ser amado iluminada por una suave luz y sin pena, dice el conflicto entre el arte y la vida, y aun de una elección por el arte y de una última elección entre el arte y al vida que no llegó a planteársele, aunque así lo hubiera querido. No hay una gota de amargura. La historia de amor a la que alude guardando para sí lo más luminoso del recuerdo, que China nos muestra del revés y a contraluz, como esos relatos de Henry James donde lo principal nunca se dijo, tampoco sucedió y nunca se creyó que pudiera pasar, nos la ofrece entre los mirtos y las rosas de la anécdota, seguramente cómica, que ha de seguir, con un sentido del equilibrio de líneas, una mutua compensación de los contrastes y de los claroscuros, que envidiaría más de un pintor.

¿Cuál es el secreto de su arte? Sabemos algo de sus herramientas. Es, primero, la voz, límpida y musical, que maneja en virtuosa. Es una voz que puede decirlo todo con un imperceptible cambio de ritmo o de volumen, una voz que colorea con un vibrato tan magistral como arriesgado, una voz que siempre parece a punto de alzar vuelo en un canto. Hay, sin duda, técnica; pero más que el fruto de ejercicios, más que una artesanía de composición, hay en su voz un timbre inimitable. Naturalmente, todas las obras que ha interpretado en el teatro pueden ser hechas por otras actrices; pero una interpretación de China sólo se parece a sí misma. Habla, así sea en su contestador o desde su celular, a través de zumbidos, interferencias, frenadas de ómnibus y los múltiples ruidos urbanos, pero no podemos dudar. Es ella.

En los gestos, las manos como pájaros y sobre todo sus ojos, de un poco frecuente color claro, espejos y ventanas del alma, hacen pasar a raudales, de ida y vuelta, la vida y la alegría. Pero no alcanza con las herramientas. China cumple el postulado de Baudelaire, que requería para el artista no sólo ser un químico perfecto, sino tener un alma santa.

No hay artificios, ni poses. Como los buenos toreros, China no compone la figura. El último trabajo de un artista es una tarea de alquimista, la fusión del arte con la vida. Esta verdad ha sido escrita en algún libro; pero China es su evangelio viviente.

Toda carne está hecha espíritu, y toda idea tiene su carne. Permítase a la crítica, esta vez, pasar del análisis al homenaje; el homenaje más lejano posible a una despedida y el más cercano a un ¡hasta pronto, querida China!


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