N.D.M. |
Pablo Atchubarry integra la diáspora de artistas nacionales que se marcharon al exterior, cuando era pintor veinteañero. Pintor que optó decididamente por la escultura en las famosas canteras de Carrara.
Un lento aprendizaje a partir de cero que lo condujo, no sin cierto asombro y suerte, a dominar el oficio por la porfiada familiaridad con la piedra. En sus numerosos viajes por distintos países conoció el arte de ayer y de hoy. Pero en especial se propuso hacer de la escultura su modus vivendi y operandi. Lo consiguió, instalando su taller-museo en Lecco, un pueblo italiano, y otro, más reciente en Maldonado, con carácter de Fundación, de generoso activismo cultural.
Atchugarry, simpático y comunicativo, trabajador incansable y productivo, representó a Uruguay en la 50ª Bienal de Venecia y el nombramiento llamó la atención en su país de origen cuya obra era desconocida. Algo similar sucedió con Gonzalo Fonseca, que tampoco exhibió sus esculturas por estas latitudes aunque su fama era notoria en Nueva York. De esos exquisitos equívocos se nutre la cultura nacional.
Atchugarry exhibe su primera muestra individual de esculturas en el Museo Nacional de Artes Visuales. Son obras fechadas entre 1989 y 2008. Casi veinte años documentando la posesión de una técnica dominada hasta en sus últimos secretos, con refinamiento y virtuosismo formales, dentro de una estética anclada en la abstracción, típica de la modernidad de las décadas del 40 y del 50, por donde incursionaron Stahly, Beothy, Anthoons y numerosos oficiantes alemanes e italianos del momento, en paralelo con la pintura. Es curioso que un escultor joven elija esa tradición de la modernidad, hoy tan lejana, y recoja los códigos digeridos y aceptados por un sector de público. Sin duda, la razón de su éxito.
El virtuosismo, potenciado al extremo, es una arma de doble filo si no es regulado con firmeza. Es el caso de Atchugarry. Las composiciones, acentuadamente verticales se agitan en espacios acordeonados hacia los costados o hacia arriba, se abren o se cierran en abanico, introducen el hueco, las líneas oblicuas y quebradas, pasan de la serenidad clásica a la agitación barroca, cambian los hermosos colores del mármol (rosa, gris, negro, blanco) pero la idea plástica se mantiene con escasas variaciones.
La visión del conjunto fatiga por su insistente monotonía. La superficie, extremadamente trabajada, parece anular la calidad pétrea para confundirse con una materia plástica industrial.
Pues si una pieza aislada es atractiva (la sobriedad de Mármol gris Bardiglio, o como sucedió también en la suerte de instalación de la bienal véneta, de feliz montaje, que algunos mentan sin haberla visitado), la visión de muchos trabajos conduce a la saturación por exceso de elaboración que, si por un lado es admirable, por otro trivializa la expresión, faltando la tensión de los planos escultóricos absorbida por la blandura del excesivo tratamiento de la materia. Hay un talento cierto atrapado por el éxito y el divagante elogio fácil.
Alguna fotografía de una obra en hierro de tendencia geométrica y minimalista, publicada en el voluminoso y muy bien impreso catálogo, abre una interesante incógnita sobre el futuro de este escultor, en una instancia decisiva de su vida para reflexionar sobre su trayectoria y la orientación a seguir.
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