Raúl Forlán Lamarque
Todo disco de 'covers' o de versiones, como el flamante Contraseña de Jaime Roos, es siempre una medida severa de riesgo por razones varias: en primera instancia, por la selección del material que se ha decidido recrearse (ítem que Jaime Roos salva airosamente por una suma de canciones y de autores importantes, algunos fundamentales en la historia de la canción popular uruguaya); después por el modo de abordaje del repertorio elegido; finalmente, la particularidad de un autor a veces es tan potente (y el propio Roos lo es en su dimensión compositiva) que por más que se hagan los mejores esfuerzos y se posean las mejores intenciones, no se logra ese temblor --por así decirlo-- del original. Y las intenciones, ya se sabe, nunca son ni serán suficientes.
En Contraseña, Roos despliega --en el transcurso de doce temas-- lujos de producción y una sonoridad virtuosa de acuerdo a un staff de músicos que incluye a los hermanos Martín y Nicolás Ibarburu (guitarra y batería), la impecable cuerda de tambores liderada por el gran oficio de Walter Nego Haedo, la sobriedad o el aplomo de Martín Montemurro en piano, clavinet o sintetizadores, además de guitarristas como Ney Perazza o el Toto Méndez en una medida de excelencia. O el extraordinario Hugo Fattorusso haciendo magia con los sintes o el acordeón. Y Dino prestando su brillante contextura de intérprete, entre otros invitados.
El disco nunca llega a balancearse del todo. Roos puede practicar una formidable versión de su propio tema "Milonga de Gauna" (canción que fuese concebida para la versión cinematográfica del texto de Bioy Casares, 'El sueño de los héroes') o incluso mejorar palpablemente el candombe "Calle Yacaré" (de Roberto Darvin), picar alto precisamente en "Altos" (del flaco Castro y del propio Roos) y hasta incluso sortear con solvencia interpretativa las complejidades de un Leo Maslíah y de una canción como "Biromes y servilletas" con la que cierra el compacto. Pero, a la vez, Roos llega a arruinar la posible fiesta. Sobre todo cuando no da pie ni tono en clásicos como "Esa tristeza" (del maestro Eduardo Mateo) y "Tablas" (de Dino), a las que literalmente acribilla por la espalda por más autoexigente que sea y por más que las estructuras arreglísticas operen con nobleza.
Hay otras tantas versiones menores, si se quiere descartables como "Andenes" (de Estela Magnone) y de "No pienses de" (Jorge Drexler). Como que lisa y llanamente no llega a traducir la esencia de las antedichas canciones y entonces el asunto se vuelve carente de densidad, pese a los brillos individuales de sus instrumentistas. Un ejemplo puntual: en "Tablas" las guitarras de Perazza, Toto Méndez y Freddy Pérez son fantásticas en el manejo de los contrapuntos, pero Roos no da la talla ante un texto superlativo. Lástima.
Hay un abordaje de Alfredo Zitarrosa: "El loco Antonio" en versión Roos tampoco funciona, y apenas llega a elevarse cuando Dino coloca su formidable vozarrón --qué cantante, señor-- para marcar diferencias. Como que Dino se le transforma en un boomerang a las flaquezas interpretativas ya mencionadas de este actual Roos. Tampoco en su esfuerzo llega a capturar realmente el espíritu de "Sin saber por qué", un tema que Jaime escribió para ese grande (hoy radicado en España) que es y será Jorge Galemire. El asunto es que, en definitiva, Contraseña podrá leerse como un disco quizás de transición y falto de inspiración.
Básicamente el disco, que se pensó y planeó con indudable respetuosidad, no conmueve. No excita ni divierte ni provoca ni invita al goce. Pasa de largo con invitados soberbios y aciertos muy parciales, y acaso Roos está para desafíos muchos mayores en un momento crucial --de madurez-- de su ondulante peripecia artística. Que el próximo disco, ojalá, lo coloque a la altura de Siempre son las cuatro, el último trabajo maestro o mayor de este cantautor.
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