La intención de Mario Erramuspe es revelar la magia potencial de la existencia, mostrar el momento en que lo irreal fecunda a lo real, la extraña forma en que lo racional se entreteje con lo irracional, las posibilidades de lo cotidiano, que se supone gris, disparado hacia un mundo de fantasía. También suele canalizar la convicción de que el mundo, objetivamente, está al revés.
El tema es clásico; Kafka, una presencia permanente en las lecturas de los jóvenes y antes que él Gogol y Carroll lo han tratado una y otra vez; también, más modernamente, El malentendido de Albert Camus o A puerta cerrada de Sartre tienen puntos de contacto con este tema.
Es posible que los sueños, como lo suponen Freud, Jung y Rudolph Steiner, digan más de lo que aparentan de nosotros mismos y del mundo en que vivimos, pero en cualquier caso, una base metafísica es imprescindible para darle peso y forma a estas invenciones.
Toda elección en materia de arte, ya sean argumentos, escenarios, peripecias, supone una estética y una idea general acerca de la constitución del mundo que nos rodea; una idea de eso que en los años 50 se llamaba, con una palabra alemana que nos negamos a escribir, y que se traducía por "concepción del mundo y de la vida".
En este caso, y a juzgar por la obra, no se advierte en el autor una convicción metafísica que explique su aventura literaria, sitúe al autor en un principio y lo muestre avanzando hacia un fin. Decimos con esto que, prescindiendo de los posibles méritos de la puesta en obra, la idea original no parece ni muy justificada ni proveniente de arraigadas convicciones.
Toda la anécdota, con la violenta intrusión de un ser metafísico al que se le llama "La Oportunidad" y que conducirá al protagonista, como Virgilio a Dante, a través de los reinos de las sombras, parece obra de la imaginación pura, de una inventiva sin crítica, la peligrosa "loca de la casa" que avanza a ciegas, ajena a toda idea.
Las alternativas del argumento, el hombre solitario que espera un viaje que no ha de realizar, el funcionario ingenuo que se dejará arrastrar por la fantasía, el viaje a través de los vagones no llegan a tener un significado claro y preciso. Descartada la lógica del mundo corriente y cotidiano, debe instituirse una nueva lógica, un nuevo juego de reglas, como nos complace encontrar en Alicia en el país de las maravillas.
Esta carencia, con ser considerable, no es decisiva, porque a falta de una fe y de un sentido puede haber una habilidad combinatoria suficiente como para compensar la falta de fondo. Lo que hace fracasar a El viaje es la descuidada realización de la idea. Al comenzar la obra el autor plantea una situación con sentido dramático; de inmediato los dos hombres comienzan a comentar lo que acaban de decir, lo que piensan hacer y lo que no piensan hacer. Cuando aparece "La Oportunidad" y con ella la aventura en lo irreal, los agonistas pasan muy pronto a ser los portavoces de distintas opiniones sobre lo que hacen o dejan de hacer. Poco o nada ocurre en la escena, lo que ya es negativo, y la mayor parte del diálogo se dispersa en reiteraciones.
La puesta en escena del autor tiene interés. Hay poesía en la proyección del ferrocarril en la estación, ingeniosamente prolongada hasta el proscenio con unos hilos, máquina a la que se hace aparecer y desaparecer con un hábil juego de luces; la pavorosa entrada de "La Oportunidad" es un golpe de efecto que se desvanece de inmediato, al carecer la dama de los aspectos siniestros que sugiere su aparición. Como en El bosque de Sasha de Roberto Suárez, los efectos visuales, que tampoco son tan notables como para redimir el conjunto, no pueden justificar una obra.
El viaje, de Mario Erramuspe, con Ramiro González, Juan Methol, Marta Espindola, Ruben Ratner, Andrea Gómez, Adriana Firpo y Julio A. López. Vestuario de Heber Chulia, iluminación y sonido de Fernando Tabaylain, escenografía de Cecilia Martins, dirección general de Mario Erramuspe.
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