Jorge Arias |
Trata, en tono magistral, ex cathedra, de la historia de América y en particular de la Argentina, de los shoppings (de los que abomina), del Gran Hermano (que ataca en nombre de la cultura), de George Bush (está en contra) de Mónica Lewisnky y la reina de Inglaterra (las insulta). Como profesor de historia comete errores graves: adjudica la represión de la "Patagonia rebelde" al gobierno militar de Uriburu, cuando el episodio (1921) sucedió bajo la presidencia de su admirado Yrigoyen; alaba a Sarmiento por su labor "educativa", que incluía sabios consejos, a Mitre, "...no trate de economizar sangre de gauchos..." y a Lamadrid: "Es preciso emplear el terror para triunfar".
El esquema es siempre el mismo: el mundo se divide, exactamente, en tres partes. Por un lado el noble pueblo argentino, que Pinti entiende homenajear representado en un caballo derrengado, el pingo del título, al que el actor monta con botas y vestido de jockey, en rojo y blanco, como para una cacería de zorro; equiparación del pueblo con el reino animal que se ha festejado sin chistar y que dice mucho sobre la tesitura, entre elitista y mesiánica, de Pinti. Están después los forros de mierda, soretes, hijos de puta, explotadores, chupasangres, etcétera, para los que no le alcanzan los insultos ni el volumen de voz, un trueno a través del micrófono; siempre remata sus rapsodias con un crescendo que culmina con el tutti de que se van todos a la remil putísima madre que los recontraparió. Pinti ha renunciado al chiste: su arma, muy de acuerdo con su atuendo de jockey, es el latiguillo, que según la impecable definición de la Real Academia es el "exceso declamatorio del actor o del orador que exagerando la expresión de los afectos, quiere lograr un aplauso". Pinti es hoy mucho más un orador que un comediante: solemne y magistral, lleva su falta de humor hasta tomarse en serio.
Finalmente, y también como siempre, quedan los artistas, o sea los santos. No importa que los artistas que Pinti considera tales no sean Borges, Mastronardi, Pavlovsky, Alberto, Xul Solar o Berni (que no fueron ni son santos), sino Discepolín, el misógino que dijo haber aprendido filosofía en un café, a quien Pinti venera en discípulo, actores ínfimos como Olmedo y Sandrini o animadores sin gracia como Jorge Ginsburg.
Había poco público en el Solís el día del estreno, pero en la Argentina "Pingo argentino" es o fue un éxito. Pinti dice lo que el público quiere oír: que no es responsable de su vida, que ha hecho todo bien pero no puede con el mal, encarnado en los gobernantes, a quienes querría putear pero no puede, y aquí Pinti lo ayuda. Gobernantes, no lo olvidemos, a quienes ese público elige y, sobre todo, a quienes pide favores.
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