Si el diálogo con los artistas uruguayos permite un acercamiento directo a diferentes personalidades, su trayectoria y las circunstancias en que surgieron, el mostrar obras de los más jóvenes completa el circuito de difusión y estimación.
Así, el miércoles, las 18.30 horas, Enrique Silveira y Jorge Abbondanza ofrecerán un informe amplio sobre sus comienzos como ceramistas y las singularidades que posteriormente los caracterizaron, con un punto de inflexión estética y formal importante a partir de la muestra Tiro al blanco (1976) en la Alianza Francesa y sus instalaciones monumentales posteriores en arcilla natural. Sus obras, en exposiciones individuales y colectivas, se han exhibido en Montevideo, Buenos Aires y la Bienal de San Pablo, entre otras, y forman parte del Parque de Esculturas del Edificio Libertad.
Un día antes, el martes, a las 19.30 horas, se inaugurará El ojo mecánico encarnado, un título por ahora misterioso, una colectiva integrada por ocho fotógrafos conocidos y otros no tanto: Alejandro Cesarco, Magela Ferrero, Magdalena Gutiérrez, Mariana Méndez, Fabián Oliver, Analía Polio, Carolina Sobrino y Alvaro Zinno. Como sucedió con la reciente muestra de grabados nacionales, esta de fotografía abre nuevas posibilidades de conocimiento de técnicas y autores no muy frecuentes en ámbitos museales.
Por primera vez el espacio de la Fundación Buquebús tiene la visibilidad total. Una virtud que supo aprovechar la curadora italiana de Proyecto Roma, ciudad de 2000, muestra itinerante de la Universidad de los Estudios de Roma "La Sapienza" con el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Son excelentes fotografías murales y un par de bien ejecutadas maquetas, que dan cuenta suscinta de los trabajos arquitectónicos y urbanísticos de la ciudad eterna.
Las diferentes secuencias de la muestra (nunca totalizadora, siempre parcial, como no podía ser de otra manera) recorren aspectos del glorioso pasado restaurado (admirables el Capitolio, las termas de Diocleciano, el Panteón, los pavimentos, el Vaticano) que hasta hace poco estaban tapados por un horroroso plástico negro y que en la actualidad lucen en toda su magnificencia. Aunque la estrategia urbanística no surge con claridad (el problema a resolver son los barrios periféricos) y la intención de unir lo viejo y lo nuevo parece dubitativa o, por lo menos, poco riesgosa, se pueden apreciar aspectos muy positivos, aislados, muy bien resueltos. El conjunto tiene un indudable atractivo que se puede ver durante el mes de enero.
Figura de una marcada individualidad, el cubano Félix González Torres (1957-96), con estudios y residencia en Estados Unidos, integró también el Group Material, una agrupación revulsiva de artistas de Nueva York, que supo luchar contra las convenciones de todo tipo. Su muerte joven no le impidió dejar un legado apreciable que, en su versión montevideana y por bisoñería curatorial, no adquiere la resonancia ni la sugestión que debiera. La relación cantidad-peso es fundamental para establecer el nexo obra-receptor y para eso era necesaria una iluminación envolvente, sensual, casi erótica para asumir una mirada antropofágica.
El interior de la gran sala permanece distante, frío, estático, poco invitativo al "consumo" y a la deseabilidad del cuerpo metaforizado en caramelos. Tampoco los textos del catálogo tienen la suficiente claridad expositiva (hay entrevistas más incisivas) que ayuden al espectador en la comprensión de las instalaciones de Félix González Torres.
Razones presupuestales redujeron la cantidad (en dólares, en artistas) el Premio Pedro Figari 2000. Un jurado de cinco miembros (siempre fue de tres, pero los políticos no conocen recortes) eligió a Manuel Espínola Gómez (faltó con aviso de un real o supuesto malestar) y a Miguel A. Battegazzore, dos personalidades cuya trayectoria justifican la premiación. Se hizo una exhibición de los anteriores premiados y el montaje claro y bien iluminado permitió observar, por un par de horas, la calidad del patrimonio bancario. Es un premio que debe mantenerse pese a los embates de la crisis económica y se debió hacer una exposición de los premiados como en anteriores oportunidades. El ejemplo lo brinda Buenos Aires que concretó una bienal internacional en seis meses, con un pavoroso panorama socio-económico. Pues la cultura no es un lujo ni una inversión. Es un derecho que tiene el ciudadano.
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