Desconociendo que sin esos estimulantes no tendríamos ni a Thomas De Quincey, ni siquiera ¡horror! a Juana de Ibarbouru; los próximos en la lista de personas a perseguir son los gordos.
Es fácil construir una requisitoria contra los hombres y las mujeres de tamaño grande. Consumen demasiados alimentos; ocupan demasiado espacio; si gastan mucho en alimentarse, duplican el gasto con los regímenes para adelgazar y las sangrientas liposucciones. Este registro de los rasgos físicos, exceptuando la belleza, es un detalle moderno: a nadie le interesa si Homero era o no ciego, con tal de no omita "La Ilíada" o "La Odisea"; los museos están repletos de cuadros que pintan reyes, campesinos harapientos y hasta demonios con sobrepeso y las Venus griegas, que desde las páginas del "Apolo" de Salomón Reinach poblaron nuestra adolescencia de deliciosas ensoñaciones, en nada concuerdan con los actuales índices de masa corporal. Qué decir de las saludables y, a través de los siglos, tentadoras ninfas de Rubens, que tenía de sus modelos un conocimiento, literalmente, de primera mano; de la Susana acosada por los ancianos del Tintoretto con sus delicados rollitos, que no obstaron al deseo y al pecado; Tiziano y Veronese también pusieron en sus telas soberbias manifestaciones de aquello que los franceses, que saben de lo que hablan, llaman con ternura embonpoint; las esculturas de Maillol suelen presentar, abiertamente, un buen derrière.
Más tarde Fernando Botero en Colombia y nuestro Clarel Neme pintaron gordas rotundas y felices; y si apreciamos, como todo lo que hizo en su vida, incluida su adhesión al budismo, la cruzada por la esbeltez de Anne Bancroft, las fotografías de mujeres gordas desnudas supieron ser un éxito en el álbum que les dedicó Leonard Nimoy (sí: el teniente Spock) en su segunda o tercera carrera artística. Y si adelgazar hubiera impedido o siquiera molestado la obra de gordos como Balzac, Chesterton, Churchill, Oliver Hardy, Sydney Greenstreet, Edmund Wilson o Alfonso Reyes, hubiera sido relevante mérito socorrerlos con las calorías necesarias para permitir o producir "La fille aux yeux d'or" o "Axel's Castle" o, en el caso de Churchill, ganar la segunda guerra mundial al abstemio y delgado Adolf Hitler.
En otras palabras, el punto de partida de LaBute, sin duda agudo y bien inspirado, contiene dos clases de errores. El primero, que la batalla por la igualdad y contra la discriminación no está tan desesperadamente perdida; el segundo, que no incluye la más mínima mención a la poderosa industria que está detrás del culto de la delgadez, donde. han entrado en la competición las temibles multinacionales de los medicamentos, todo un personaje que actúa desde las bambalinas.
La versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino y en parte, aquí, de Mario Morgan, sigue razonablemente al original, pero entra en el callejón sin salida de querer ser local con una pieza norteamericana. Se toman el inútil trabajo de decir que Helen es Helena, que Tom es Tomás, que Carter es Charly o Dani y que Jeannie es Julia. El habla de los personajes, en el original de LaBute, salvo el de Helen, abunda pesadamente en "fucks", "assholes" y "shits"; pero estos condimentos verbales, que en el lenguaje común no son más que énfasis o muletillas, no equivalen al demasiado local "¡andá a la concha de tu madre!", que debe decir Troncoso ("Dani" aquí, "Carter" en el original, o "Charly" en la versión argentina) expresión que despierta en nuestros públicos, nunca sabremos por qué, una miserable hilaridad. A este género de trasposiciones pertenece la morcillita local sobre el acento venezolano de Helena (Nair Suárez es venezolana); pero la obra, con la obsesión general por la esbeltez y la firmeza de las carnes, no sucede ni puede suceder en Montevideo, y el choque de la "naturalización" de la pieza con su contenido extranjero produce una nota falsa.
Con estas breves y poco importantes salvedades, que apuntan a casi intrascendentes manías rioplatenses que deben desaparecer, la dinámica y muy entretenida puesta en escena de Mario Morgan revela el acierto del autor al identificar y desarrollar un tema nuevo, compartible y apasionante; incidentalmente, "Gorda" demuestra que no es ni por sus chistes ni por la comicidad de algunos diálogos (sobre todo el encuentro de los protagonistas en el restaurante de comidas rápidas) que se ha convertido, aquí como en Buenos Aires, en un éxito de público.
En la interpretación Nair Suárez tiene frescura y el físico para el papel, que cumple razonablemente bien; pero no aparecen la seguridad en si misma de la protagonista ni su exuberante simpatía, ni su elogiada y contagiosa risa. Algunos detalles nos sobraron. Vimos a Alvaro Armand Ugon, que es un gran actor y que interpreta muy bien a Tomás, mirar demasiado a su alrededor (en realidad, a la platea), lo que es requerido por el libreto en las escenas en que los protagonistas están en lugares públicos, como las dos escenas en los restaurantes, pero que sorprende en las escenas íntimas. Hacia la segunda parte de la obra, los oficinistas (Dani, Julia) se ríen un tanto por demás, como si trataran de inducir risas en el público por imitación o contagio.
GORDA, de Neil LaBute, con Nair Suárez, Alvaro Armand Ugon, César Troncoso y Patricia Wolf. Escenografía de Osvaldo Reyno y Beatriz Arteaga, iluminación de Juan José Ferragut, ambientación sonora de Alfredo Leirós, dirección de Mario Morgan. Estreno del 8 de agosto, sala Movie Center.
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