Un tema candente, digamos de paso, porque esta obra sobre Therèse Martin, conocida como Santa Teresita del Niño Jesús, se estrena cuando están en cartel "Los lirios" de Michel Marc Bouchard, que también trata de la relación entre la mística cristiana y el Eros y "La casa de Bernarda Alba" que en buena parte es, aunque no llegó a serlo en su limitada puesta en escena, un claro cuestionamiento de la religión oficial.
El autor de "Teresa: siete recreaciones de una santa moderna", Ernesto Rizzo, basado en el libro "Historia de un Alma" de la misma Santa Teresita, narra diversos episodios de su vida motivado, según se nos ha dicho, por las analogías que habría encontrado entre las meditaciones cristiana y la concentración de los yogis; pero no ha confrontado su ingenuo material ni con los desarrollos de la ciencia médica contemporánea ni con la actualización que intentó la Iglesia Católica a partir de Juan XXIII.
En particular, Rizzo no trata el tema, que se impone a todo lector contemporáneo de "Historia de un alma" (Editorial Difusión, Buenos Aires, 1953, prólogo de Hugo Wast), de la alarmante consagración al dolor, a la pérdida de sangre y a la muerte que revela la mística cristiana y que se muestra, en el campo de las artes plásticas, en el sadismo de la iconografía católica.
La lectura de "Historia de un alma" convence de que estamos ante una víctima del Cristianismo, una terrible demostración de las palabras de Nietzsche: "Mientras no se pinte la moral del cristianismo como un crimen capital contra la vida, sus defensores tendrán las manos libres" ("La voluntad de dominio, Aguilar, 1947, pag.174).
Santa Teresita, como la mayoría de los místicos cristianos, es impulsada por "ardentísimos deseos de sufrir" (pag.49) y aún por el "goce del sacrificio" (pag.18); juzga al dolor "la mayor de las alegrías" (pag.120); macera su cuerpo con ayunos y cilicios (una cruz de hierro con puntas que se le incrusta y hace sangrar) y le parten el corazón de alegría las "oleadas hirvientes" de su propia sangre que la tuberculosis lleva hasta su boca (pag.116). Más grave aún es que la Orden, que sabe de su enfermedad, tolere que Santa Teresita atraviese, en la madrugada del invierno de Normandía, cincuenta metros al aire libre, bajo los claustros, para llegar a su celda, después de los Maitines.
No puede extrañarnos que al final de su libro Santa Teresita llegue a esta siniestra fantasmagoría, que creeríamos debida a la pluma de Bram Stoker: "Tú eres el Aguila a quien amo, el Aguila que me atrae... quiero que tu divina mirada me fascine, quiero llegar a ser presa de tu amor. Tengo la esperanza de que un día te lanzarás sobre mí... para convertirme eternamente en tu dichosa víctima" (pag.161), líneas en las que Santa Teresita parece justificar la afirmación de Klages de que "...el principio espiritual que se ha apoderado de los santos cristianos aparece en su forma más inmediata: un vampiro sediento de sangre" ("Les principes de la caracterologie", Delachaux et Niestlé, 1950, pag. 211).
Para completar el cuadro se encuentran en "Historia de un alma" las infaltables invocaciones al Divino Esposo, que vinculan tan claramente la mística cristiana, en particular algún éxtasis de Santa Teresa de Avila, la fundadora o reformadora de la Orden, con su serafín armado de una lanza llameante que penetra en lo más íntimo de su ser, con las más conocidas manifestaciones físicas del amor humano.
Nada de esto trata la pieza de Rizzo, aunque aquí y allá aparecen, dispersos y acríticos, los temas de la ascesis por el dolor y la relación del Eros con el éxtasis y la experiencia mística. El autor parece retroceder ante la magnitud de los temas y deja a la obra, como sugiere el título de "siete recreaciones", como un recuento de anécdotas; pero esta reticencia conspira contra la fuerza que pudo y debió tener la obra.
Desde un punto de vista estrictamente técnico la pieza de Rizzo se resiente también de defectos de armado y resolución de las escenas, que se siguen unas a otras sin la suficiente separación, nitidez y acoplamiento. En el caso de la representación teatral a cargo de Santa Teresita en el convento y en la lenta caminata de la santa con su padre no se comprende bien qué es lo que sucede: por qué la Madre Superiora interrumpe aquella acción, por qué se realza esta procesión. Hay fragmentos y diálogos sueltos de interés, por la inusual experiencia humana que describen, pero falta la síntesis de las varias escenas alrededor de un tema único.
Debemos agradecer a la valerosa iniciativa de Marisa Bentancur la presentación de esta obra y sus removedoras e inquietantes sugestiones. Su puesta en escena acierta en la utilización del teatro Victoria, que convierte en una iglesia que a la vez es el convento; desarrolla la acción con energía, gracia y ritmo; la vida monástica aparece verosímil con sus penas y con sus alegrías.
En la interpretación, es admirable la labor de Gabriela Iribarren como Santa Teresita del Niño Jesús. La actriz, que ya se había acercado al tema místico en la obra de Naum Alves de Souza "Un beso, un abrazo, un apretón de manos" (dirección de Luciano Alabarse, 1999) hace vivir (y morir) a su personaje forzando al espectador a simpatizar con la estremecedora aventura humana de la santa. Ana Rosa, como la Madre Superiora, cumplió una brillante actuación; los demás intérpretes, Sergio Pereira como el padre de Teresita, Jenny Galván, Rosa Simonelli y Mariana Cardozo desarrollaron sus papeles sin dificultades y con verdadera eficacia, pero no disponían de personajes con suficiente relieve y significación. *
TERESA: SIETE RECREACIONES DE UNA SANTA MODERNA, de Ernesto Rizzo. Con Gabriela Iribarren, Ana Rosa, Rosa Simonelli, Jenny Galván, Mariana Cardozo, Sergio Pereyra y Matías Rivero. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Cristina Cruzado, luces de Claudia Tancredi, dirección de Marisa Bentancur. Estreno del 17 de julio, Teatro Victoria.
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