Lunes, 13 de agosto, 2001 - AÑO 9 - Nro.558
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ARTE

Arquitectura náutica en Uruguay

La arquitectura, aunque presente insoslayable de la vida diaria, no ocupa un lugar de reflexión ni difusión necesario para su adecuada comprensión.

 Edificio Proamar.
Ciudadela y Maldonado. Rafael Ruano. 1940.
Edificio Proamar. Ciudadela y Maldonado. Rafael Ruano. 1940.

Incluso muchos prestigiosos especialistas no la consideran un arte, contrariando una evidente imaginación creadora que se inició con el hombre mismo cuando tuvo necesidad de protegerse de la agresión ambiental. En la actualidad y a lo largo del siglo XX, se impusieron los nombres de Le Corbusier, Mies van der Rohe, Wright, Kahn, Gropius, Aalto y sus continuadores Johnson, Gehry, Nouvel, Herzog y De Meuron, Moneo, Siza, Piano, Rogers, Pei, Barragán, Rossi, Foster, Jahn, Botta, Ito, Stark,Venturi, Pelli, Meier, Stirling, Koolhas, Tange, Niemeyer, Calatrava (entre una extensa constelación de talentos nunca antes alcanzada) que ofrecen un prisma variado y fascinante, inventivo e inteligente en el uso de nuevos materiales y estructuras constructivas. En su larga historia, la arquitectura pocas veces cosechó tantos talentos en tan poco tiempo. Es, en la actualidad, el arte más inventivo y atrevido, en un lenguaje que, por sus características de producción, resulta difícil innovar. Un reciente ciclo en el Museo Nacional de Artes Visuales dio cuenta de esa singularidad arquitectónica contemporánea surgida en todos los países y ciudades.

Las publicaciones, aunque han mejorado, son escasas en Uruguay. Aunque meritorias, no registran la intensidad y magnitud de ese peculiar fenómeno ni tampoco la Facultad de Arquitectura o las asociaciones que nuclean a los profesionales se preocupan de organizar muestras o seminarios que trasciendan los circuitos especializados. La globalización, en este aspecto, no existe. Por eso, la reciente edición de Barcos de ladrillo. Arquitectura de referentes náuticos en Uruguay, 1930-1950, de Juan Pedro Margenat es muy saludable, pues implica una mirada perspicaz sobre un aspecto de la arquitectura uruguaya que, en general, pasa inadvertido para los habitantes y poco reconocido por los expertos.

Lo que le importa a Margenat, un investigador inquieto que en 1994 publicó Cuando no todas las catedrales eran blancas. Arquitectura Art Déco en Montevideo (1925-1950), es un enfoque global y particular de un período constructivo en el país de marcada singularidad, ordenando los ejemplos dispersos, muchos sobradamente conocidos, para potenciarlos en una unidad o voluntad de estilo propios de una sociedad abierta y en pleno auge económico. "Pero ese cielo despejado pronto se habría de cubrir con algunos nubarrones. En marzo de 1933 tiene lugar el golpe de Estado del doctor Gabriel Terra. El quiebre institucional se inicia con un hecho trágico que conmueve a la sociedad uruguaya: el suicidio de Baltasar Brum cuando agentes de la dictadura se aprestaban a arrestarlo. luego, el 26 de octubre del mismo año se produce el asesinato de Julio César Grauert a manos de representantes del régimen. El crimen político se instala en la vida del país", recuerda y sintetiza Margenat en Leven anclas, el primero de los nueve capítulos de la obra, aunque "A fines de los treinta, sobre el final de la dictadura de Terra, la población", "mantenía su alegría y optimismo". Era la prolongación de los años locos, el ascenso de la clase media confiada en el progreso, robustecida por los triunfos mundiales del fútbol, que no la detiene el luto por Gardel, la Guerra Civil Española ni la Segunda Guerra Mundial, factores que incidieron (y beneficiaron económicamente) al país, como más tarde la Guerra en Corea. Los ritmos del tango y el charleston fueron desplazados por los tropicales de los Lecuona Cuban Boys y las orquestas de Pérez Prado y Xavier Cugat para animar los ya animados carnavales montevideanos, sus montañas de serpentinas y papelitos, el juego de los pomitos de éter, los tablados en cada barrio. La alegría tuvo sus buenos momentos.

Como en arquitectura. "La arquitectura montevideana de la década del treinta --en su expresión renovadora-- ha provocado y provoca aún el asombro de arquitectos, críticos e historiadores extranjeros que visitan nuestro país, suscitando la mayoría de las veces encendidos elogios", sentencia Margenat. Y agrega: "La corriente renovadora en Uruguay se desarrolla desde los últimos años de la década del veinte a través de algunas expresiones que manifiestan una intención de cambio en relación a la arquitectura historicista que predominaba hasta esos años. Este proceso se produce mostrando rasgos propios, ya que el proyecto modernizador en nuestro país presenta características totalmente diferentes a las del modelo europeo". Y pasa a enumerarlas. En primer lugar, los cambios paulatinos y sin una ruptura franca con el pasado como en Europa, que permite una aceptación social mayor, luego, un sentido pragmático que no suele transitar por la teoría y la variedad de ramificaciones que adopta. Claro que hubo arquitectos vanguardistas (el modernismo de Gómez Gavazzo), y otros menos radicales (Surraco, Hospital de Clínicas), así como algunos transitan por el expresionismo y el eclecticismo (Vilamajó, Cravotto, Muñoz del Campo). También Margenat apunta las orientaciones de la "arquitectura ciudad" (los Tosi) y la vertiente art déco. Aunque dentro de ese período destaca la arquitectura (motivo del libro) que en la jerga popular se llamó "estilo barco" y en otros lugares "estilo yate" o "estilo transatlántico". Los medios de comunicación de la época (buques, aviones) signaron las formas constructivas y el diseño gráfico.

En cada uno de los restantes capítulos, con ingeniosos títulos (Una corriente marina, Surgimiento del diseño náutico, Naves y navegantes, Naves solitarias, Encallados en la costa, Marinos de tierra firme, Bien amarrados y Apropiación cultural y antropofagia), Margenat profundiza en cada tema (aunque debió detenerse con mayor amplitud en la pintura y la relación con la arquitectura) y va develando, con parsimonia y placer, los principales hitos de la arquitectura náutica: los quioscos de vigilancia policial, Yacht Club del Buceo, esa proa incrustada en la costa, las oficinas administrativas de Ancap en La Teja, Hotel Miramar, Planeta Palace Hotel de Atlántida, Casa Frey del balneario Fomento, Hotel Casino de La Floresta, edificio El Mástil de Pocitos, Barrio Jardín, Edificio Guelfi, de Libertador y Valparaíso, Edificio del Cerro en Rambla y Vidal, y, en especial por paradigmático, el Edificio Proamar, en Ciudadela y Maldonado, que una habilidosa fotografía acentúa las curvatura naval. Las 153 páginas de Barcos de ladrillo, hermosamente ilustradas, se leen de un tirón incluso por el público no especializado. Porque una de las virtudes de Margenat es hacer accesible para todos las ideas arquitectónicas. Después de todo es un arte comunitario, para uso y disfrute de cada día. Una guía arquitectónica de lujo para conocer mejor el pasado (esplendoroso) que fue. *


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