osiblemente Chejov se haya definido a sí mismo, en esta pieza, como pocas veces, porque su vida fue el desarrollo del proyecto estoico que Vania ha vivido casi sin saberlo y que es explícito sólo en la última escena; y también Viñas, como actriz y productora, participa activamente de esa misma filosofía del coraje y la presencia de ánimo que se sobrepone a contratiempos y "cuidados pequeños", la sonrisa en los labios.
La obra plantea el choque, habitual en el autor, entre los triunfadores aparentes, los grandes hombres según el Mundo, en este caso los devastadores Serebriakov, quienes, como Arkádina en "La gaviota", viven tan fuera de la realidad y son tan vanos como pompas de jabón, y los modestos y más sabios, los sensibles y los golpeados, Vania, Astrov (donde en parte Chejov se retrata a sí mismo) y Sonia.
La ruidosa e incómoda incapacidad para vivir de los Serebriakov los hace huir, al fin, luego de causar bastante daño, abandonando sus pertenencias; en lo que ha sido un verdadero campo de batalla, Sonia, como Mario sobre las ruinas de Cartago, resume la acción, cuenta las pérdidas, pasa una raya y dice el resultado del balance, tanto real como metafórico, con emocionantes palabras que nos revelan el sentido y la felicidad de la verdadera vida, para nada frustrada, de los más nobles y sencillos.
Chejov requiere del director una especial inteligencia, porque la acción aparente no es la acción real, y una sensibilidad refinada, porque sus sutiles efectos son la única guía que tendrá el espectador para captar el sentido de la obra; Imilce Viñas, en lo que creemos es uno de sus primeros trabajos de dirección, ha estado a la altura de su tarea.
En un escenario sobrio y natural, como la obra lo requiere, Viñas muestra a la acción aparente con brío y ritmo, dentro de un delicado tono de comedia que contrasta brillantemente con la gravedad y dignidad de la acción real y remata la obra, como toda comedia digna de ese nombre, iluminando retrospectivamente la trama con el resplandor de una recuperada ética.
Las escenas se definen y resuelven adecuadamente, cuentan y expresan pero también anuncian el futuro; se encadenan unas con otras con fuerza, ritmo y precisión.
En la interpretación, dentro de un reparto valioso y homogéneo, Jorge Bolani hace de su inolvidable Tío Vania uno de los momentos estelares de su ya larga y brillante carrera de actor. En su composición todos los gestos, notablemente en las contraescenas, dicen tanto o más que sus palabras, que siguen y no preceden a la actitud.
Cumplen también muy buenas actuaciones Mario Ferreira como Astrov, el médico abnegado y reflexivo, en una composición muy cuidada en gestos y dicción, Pepe Vázquez, como el fatuo y frágil Serebriakov, María Mendive, como su esposa, tan vacua como él pero que todavía no ha cortado amarras con la realidad, María Clara Vázquez, que lleva la llama sagrada; y son una grata presencia los jóvenes alumnos, ya actores, de la escuela de teatro de Viñas.
Luego de varios intentos a cargo de varios grupos de teatro, tan meritorios como insuficientes, Chejov ha vuelto por fin a nuestras carteleras en la plenitud de sus dones, sutil e inteligente, radiante y luminoso, por el camino real. *
TIO VANIA, de Anton Chejov, en versión y traducción de Antonio Larreta, con Norma Mautone, Mario Ferreira, Jorge Bolani, Pepe Vázquez, Walter Figueroa, María Clara Vázquez, María Mendive, Herminia Franco, Carina Méndez, Carolina Quercia, Serrana Guerra, Cristina Velázquez, Federico Longo, Lenin Correa y Roberto Lemiechevsky. Escenografía de Elizabeth Carrato, Marcela Radesca y Adán Torres, vestuario de Felipe Maqueira, música de Alfredo Leirós, dirección de Imilce Viñas. Estreno del 9 de agosto, Teatro Alianza, Paraguay 1217, Tel. 908 19 53.
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