"Lo de la corrupción es otro rollo", insistía mi amigo en procura de rescatar la existencia de reglas del encuentro o desencuentro de la economía y la política en tiempos de cambios estructurales en sociedades con urgencias de modernización, integración y fortalecimiento institucional de la democracia.
En las horas de tal conversación, el Presidente había ido a la plaza en un gesto que tiene muy poco de arrebato momentáneo y menos aun de propósito exclusivo de provocar reencuentros forzados sobre temas no laudados. En esos días también se han venido produciendo llamados y reuniones relativamente reservadas intentando solucionar los desencuentros que han vuelto a producirse, ahora sin las sorpresas del debate presupuestal original. Y en el día de hoy, con los ministros jefes de su fuerza política reunidos en un Consejo de Ministros formal, el presidente se aprestaría a cerrar esas operaciones avanzando un poco más en la organización de una disciplina diferente del oficialismo. Si eso es así, es probable que mañana, la prensa titule el hecho vinculando las decisiones a una decisión de apuntalar a su equipo económico en una nueva discusión presupuestal rendición de cuentas radicada ahora en una discusión abierta del plenario de diputados. Esta será parte de la verdad e valiosa en si misma. Sin embargo, a diferencia de las dos instancias previas de discusión presupuestal, ahora, el equipo económico ha venido agotando su capacidad persuasiva propia. Sus argumentos frente a la bancada ya son insuficientes. No sólo porque ha comenzado el juego de posicionamiento natural preelectoral sino porque ese mismo discurso público del equipo económico se ha llenado de debilidades nuevas. Es imposible articular con la publicidad permanente del éxito, la convocatoria al ahorro. No es admisible, no alcanza la capacidad didáctica del Ministro. Entre otras razones porque más de uno parece no darse cuenta que, ahora, el juego electoral se ha abierto fantásticamente y tiene una dinámica que supera cualquier intento normal de ordenarlo racionalmente con argumentos necesariamente incomprensibles para las grandes mayorías.
Como era obvio, además, la discusión de las reformas converge en este escenario con ese difícil intento de conciliar la demanda social y el equilibrio de largo plazo. En ese escenario el desgaste es cotidiano y los realineamientos políticos y afectivos, una constante. Ahora comienzan a sentirse las dificultades de echar a andar procesos de reforma y cambios desde la dominancia momentánea de las mayorías absolutas. El juego de la oposición interna y del resto de las fuerzas políticas es variado pero tiene un factor común que pesa y decide: la aparente renuncia del gobierno a cumplir un programa para cuya aplicación fue electo. Es fácil hacer la vieja política de roles sobre este supuesto, o más bien, sobre esta falacia. La sociedad no tiene códigos para entender lo que está pagando y haciéndonos pagar este gobierno para cumplir ese legado histórico y emblemático de un programa que en términos sencillos no sólo no es operativo sino que orienta en una dirección reñida con sus valores más íntimos: inclusión, libertad y justicia.
Frente a este estado de cosas, las elites ejecutivas del gobierno han comprendido con el temor que ello implica, que el presidente ha comenzado a cambiar las reglas apoyándose en la legitimidad de sus votos y la proyección de la adhesión ciudadana que, además de más distribución, demanda liderazgos fuertes y racionales. Como todos, el presidente ha incorporado saberes elementales y sabe ahora que además de tener que garantizar desde la institución más potente la esencia y sustentabilidad del cambio, debe cuidar un gobierno amenazado desde la propia oposición contraída en su interior. Mientras tanto, la propia inercia de las cosas converge en complicar esos escenarios de los próximos días. La estabilidad es un valor, pero sus políticas requieren decisiones políticas crecientes. El gobierno no puede admitir que se erosionen la credibilidad de las instituciones que la garantizan y, por ejemplo, admitir que el Banco Central deba exponer durante todo el año 2007 su debilidad para mantener la capacidad adquisitiva del peso, un presupuesto no ya de compromiso en la negociación salarial sino con la inclusión y la cohesión social. No es posible mantener la esquizofrenia incomprensible de una política exterior orientada realmente en una dirección, operada desde una semiclandestinidad de sus operadores e informada en esperanto. No es posible convencer a nadie que las dos reformas mediante las cuales el gobierno va a reconciliarse con su programa original la tributaria y la de la salud- serán sustentables en un marco de puja y conflictividad creciente. Todo lo cual ha comenzado a converger en una expectativa nueva y principal: cuáles serán los próximos pasos del plan que se propone liderar el presidente luego de haberse jugado una carta tan fuerte como la de la Plaza: su renuncia a la reelección. *
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