Jorge Jauri
El crecimiento y la acumulación agraria en los últimos cinco años generan registros inéditos, tanto en lo que refiere a las cantidades como a la emergencia de interesantes variables estructurales en el modo de producción y el mapa social del agro.
Todo esto ha venido siendo consignado bastante adecuadamente. Es posible coincidir en que viejos problema endémicos del sector agropecuario como el estancamiento y el sobreendeudamiento bancario son resabios de un pasado doloroso.
A los cambios en el modo y la estructura de la producción se han agregado también patrones de comportamiento empresarial desconocidos en la historia de la agropecuaria nacional. Muchos de estos cambios han sido influidos por los estímulos de mercado y facilitados por la migración argentina en el sector primario o la inducción que la inversión extranjera directa ha generado desde el segmento industrial de las cadenas de valor.
De hecho, Uruguay ha demostrado que frente a desafíos de mercado que las políticas públicas no contradicen sino que consienten e, incluso, acompañan, los productores, como cualquier empresario que entiende las reglas y sepa que no van a ser cambiadas, comienzan a mostrar comportamientos racionales. En ese trillo ha andado el agro hasta ahora. Incluyendo en esta afirmación a un gran conjunto de productores y no sólo a los grandes rentistas de antaño, obligados ahora a privilegiar la búsqueda de la renta diferencial ante la percepción de un cambio de coordenadas que impide seguir produciendo como antes.
Ese proceso fermental de cambio estructural del agro va a enfrentarse a su test más exigente en lo que va del milenio. Ni siquiera la crisis de 2002 supuso un desafío de la envergadura que ahora se le plantea a la agropecuaria enfrentada a la inminencia de una situación cualitativamente nueva. La sequía ha disparado todas las alertas sobre lo que supone la conjunción del riesgo moral en un mercado diferencial de acceso a la información esencialmente en instancias de crisis. No hay Estado ni política pública que pueda asistir a empresarios, incluyendo los agrarios, que arriban a instancias críticas de los procesos productivos sin contar con los medios necesarios, culturales, económicos, tecnológicos o, incluso, legales para cubrir los riesgos inherentes a un proceso productivo cualquiera, y de las cadenas agroindustriales en particular. El despertador es la sequía y la disponibilidad de reservas de forrajes muy caras. Permanecen demasiadas asignaturas pendientes. Una de ellas es la capacidad de decisión frente a la inversión de riesgo.
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