Jorge Jauri
En la columna de ayer intenté explicar que, independientemente de mis deseos y de una cierta visión acerca de cómo complica la permanencia de un ministro precandidato todas las cosas, Danilo Astori deberá quedarse unos cuántos días más al frente del Ministerio. Este es un imperativo que debió considerarse sólo a partir del momento en el cual el rebrote inflacionario precipitado por la última escalada de los precios de la energía y de las materias primas agropecuarias introdujo en escena un desequilibrio de potencial explosivo en un entorno de negociación abierta.
Circunstancialmente, la reunión del Copom del jueves próximo replantearía la tensión previa a la que el mismo organismo tuviera el 3 de octubre pasado, cuando una llamada del presidente Vázquez otorgara el respaldo que necesitaba el regulador para elevar la tasa de política monetaria al 7% provocando, o facilitando, una mayor caída de la cotización del dólar y de la competitividad del país. En vísperas de la reunión del jueves, aquella tensión se replantea naturalmente, dado que las consecuencias de una decisión de contracción mayor que debería adoptar el BCU es la principal decisión de peso para quebrar las actuales expectativas inflacionarias y será, a la vez, un problema agregado en esa línea de pérdida creciente de competitividad cambiaria.
De cualquier manera el ministro debe irse antes de que sea tarde. Astori lo sabe mejor que nadie. Simplemente que ahora es evidente que la economía no puede administrarse en régimen de piloto automático exigiéndole a los sucesores sacrificios excesivos para intentar suplir lo que no es posible suplir.
Astori, Bergara, Lorenzo y Porto han de permanecer en funciones hasta que ellos mismos intenten, en un extraordinario esfuerzo de comunicación transparente, explicar que hay algo más que la política monetaria para quebrar esas expectativas y volver a escenarios de estabilidad. Depende de muchas cosas que Astori sea presidente pero esencialmente depende de que su campaña pueda ser realizada en un escenario de estabilidad de largo plazo. Y con la comprensión social de lo que ello garantiza.
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