El esbozo de lo que serán las primeras medidas de gobierno electo, el proceso bastante fluido del diálogo con los demás partidos y la designación de un nuevo gabinete y de otros funcionarios y jerarcas de la futura administración indican la marcha inexorable de lo que, hace apenas unos meses, aparecía como una utopía inalcanzable.
Un nuevo partido (aunque sea formalmente un frente de partidos) se hará cargo de la conducción de todas las instituciones del Estado de acuerdo al pronunciamiento libre y soberano de la ciudadanía.
Lo que hoy parece obvio, no lo era hace poco tiempo.
Desde algunas corrientes de opinión se ha procurado minimizar todo lo que este acontecimiento contiene de nuevo, hasta podría decirse -desde parámetros conservadores- de "escandaloso". Se han reiterado mensajes banalizando el cambio, "alisando" la significación del cambio, transformando en "cuestión de rutina" lo que es excepcional y enteramente nuevo.
¿Cuál es punto cardinal de lo nuevo?
¿Dónde se sitúa lo esencial del cambio que se producirá el 1 de marzo?
Lo medular es, a nuestro juicio, el hecho que todos los gobiernos anteriores de la historia reciente del país, una vez conquistadas las mayorías electorales, hacían nacer su legitimidad en el mantenimiento del statu-quo, del mundo tal cual había sido y era. Y que ellos aseguraban que seguiría siendo.
Con tales cimientos, la legitimidad apuntaba a la continuidad del modelo.
Desde el punto de visto de sus sostenes sociales, se apuntaba a la perpetuación de los mismos privilegios, la selección de los mismos favorecidos y el mantenimiento (o acrecentamiento) de la desigualdad en la distribución de la renta. Rotación de partidos en el gobierno para asegurar los dulces sueños de los favorecidos de siempre. Esa era la fuente de legitimidad social, la encarnadura sociológica del bipartidismo histórico.
La gran alteración del hoy es que la próxima administración, ganadora contundente y neta de la justa electoral, asienta sus fuentes de legitimidad en otros proyectos y valores. Se propone respaldarse en otros sectores sociales y para lograrlo, ha elaborado un programa de cambios de fondo que se propone no el pernoctar sereno de los privilegiados sino la mitigación de las pesadillas para los excluidos, los desocupados y los marginados del sistema.
¡Casi nada de diferencia!
Si el próximo gobierno de izquierda actuara en forma similar a como lo han venido haciendo los anteriores, mantendría su legitimidad formal-legal, pero perdería inevitablemente su legitimidad política e ideológica, y su base de sustentación ética. En definitiva realizaría un pésimo negocio en materia de acumulación de fuerzas y de acrecentamiento de sus militantes efectivos y de sus electores.
En ese terreno, la puesta en escena, en-estado-práctico, del plan de emergencia social es un hecho cuya materialización ya nadie podrá evitar. Para eso habrá que destinar recursos y, sobre todo, dar un paso de siete leguas en el funcionamiento de las estructuras del Estado.
Junto y paralelamente al desarrollo del plan de emergencia social habrá que aumentar la transparencia de la gestión pública, evitar el clientelismo, el despilfarro y todas las demás formas de corrupción.
El plan de emergencia social tendrá un principio y un fin. No puede constituirse en una nueva estructura destinada a la atención de la emergencia. El concepto de emergencia debe tender a desaparecer sustituido por la vigencia de la ciudadanía plena para todos los uruguayos, que gozarán, de manera tácita, su derecho efectivo a la educación, a la salud, a la vivienda, a la alimentación y a los estímulos culturales y artísticos. La emergencia será cosa del pasado.
Ese proceso de reforma del Estado deberá hacerse ampliando la información y la participación popular en la toma de decisiones, mejorando el funcionamiento de los partidos políticos y brindando políticas de promoción y respaldo a los procesos de asociación social, empezando por el fuero sindical, el respaldo al movimiento cooperativo y el fortalecimiento del brazo social del Estado.
El próximo 28 de febrero un país habrá quedado atrás. Y un nuevo y largo ciclo de cambios de fondo, de signo popular, nacional y democrático habrá comenzado. *
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