Miércoles, 17 de agosto, 2005 - AÑO 9 - Nro.1924
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Por siempre Peloduro

NIKO SCHVARZ

EL AMIGO Raúl Borrazás evocó a Julio E. Suárez, Peloduro, en vísperas del 15 de agosto, el 40º aniversario de su muerte. Aquella tarde gris de agosto de 1965 llevamos su féretro desde la Asociación de la Prensa, sobre la Plaza Libertad, por 18 de Julio y luego Yaguarón hasta el Cementerio Central. No hubo discursos. El había pedido que lo recordaran con alegría, con unas cañas o unas grapas.

El velatorio se hizo en la sede de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), en el primer piso del primer edificio del costado norte de la Plaza Libertad, Nº 1326, sobre el café Sorocabana. El vivía unos pisos más arriba. Durante un par de años actuamos juntos en el Consejo Directivo de APU. Ante la mesa elíptica yo me sentaba a su izquierda y Amalia Yern de Bianchi Altuna a su derecha, los tres frente a Carlos Borche, que presidía. En esas reuniones semanales pude apreciar la peculiar forma de humor de Peloduro. Era su modo de existencia. Veía el mundo y los hechos a través de ese prisma. Las reuniones se desenvolvían en forma rutinaria, Peloduro escuchaba en silencio, dibujaba eternamente, y de pronto se mandaba un chiste que cruzaba el aire como una saeta, un juego de palabras o una ocurrencia inédita, hija de las circunstancias, una creación sobre la marcha. Y volvía a los dibujos.

Amalia Yern recogía los dibujos discretamente. Una tarde llegó Peloduro a la reunión del Consejo, se arrimó al mostrador del bolichito a tomarse una "asquerosa vieja" y quedó fascinado mirando las paredes tapizadas con sus personajes. Se le escapó una lágrima. No dijo nada. Yo pensé que la mayor satisfacción a que puede aspirar un creador es que sus personajes vivan en el alma de la gente.

Correctora jefa de Acción, Amalia Yern gozaba de la confianza de Luis Batlle para poner en orden los editoriales que dictaba desde Camino de las Tropas. Años después, trabajando en LA REPUBLICA, me regaló una foto de la Directiva de APU. De izquierda a derecha están: Peloduro, Carlos Borche, Pablo Pampinella, Waldeck Ibarra, Carlos María Perelló, José F. Ceranti (Sherlock Pipa), Enrique R. Erro, Amalia Yern, Romeo Fiore, Carlos Márquez, Eduardo Nicolazzo, Daniel Soto, Niko Schvarz, José Bachs (Chicote).

Yo había conocido a Peloduro mucho antes. Por los años 40 se había fundado la Aiape (Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores) que tuvo una de sus sedes en un sótano de la bajadita de Cuareim entre 18 y Colonia. Allí, donde se hacían reuniones y fiestas de carnaval, escuché una conferencia de Peloduro sobre pintura renacentista. Después me convertí en un hincha fervoroso de la revista Peloduro en su primera época, que prefiero por sobre las otras tres que le siguieron, en sus avatares por la eterna falta de recursos. La leíamos en voz alta entre amigos los sábados de tarde, matándonos de risa. Años después repetimos la experiencia con ejemplares viejos que comprábamos en la feria de Tristán Narvaja. El diccionario del disparate es una creación impar. Acabo de confirmarlo releyendo algunas definiciones en el libro de homenaje a Peloduro que, por iniciativa principalmente del entonces edil (después senador) Leopoldo Bruera y con la colaboración de Cuque Sclavo, editó la Junta Departamental en 1996. Pero hay que pensar lo que significó la revista durante la guerra. Cuando se reclamaba la apertura del segundo frente, una caricatura muestra a Stalin acodado a un mostrador preguntándole a Churchill y Roosevelt, alejados y circunspectos: "Ché, ¿y ustedes no toman nada?". Pero lo que hizo escuela fueron los comentarios internacionales del Pulga. El Pulga enseñó más a mucha gente sobre la segunda guerra que variados documentos. Lo mismo cabe decir de sus contratapas en Marcha, las célebres caricapturas. Muchas siguen en el recuerdo. Aquella de Herrera: "El que se precipita, se precipita". Las de Haedo, que siempre quería aparecer, en la forma que fuera. En su última época, Peloduro colaboraba con su caricatura diaria en la página editorial de El Popular. A menudo iba buscarla a un café céntrico en que recalaba. Para la campaña electoral había dibujado el recordado afiche de un manifestante que lleva un cartel: "Viva el PC, mal que les PC". Estos hechos y una trayectoria de toda la vida desvirtúan una versión surgida después de su muerte (diario El País del 27.XI.99) sobre un presunto alejamiento de ideales comunistas.

En mis años de periodismo he sentido admiración por la caricatura política como género. Seguí los trabajos de Jean Effel, que publicaba en L´Humanité, de caricaturistas cubanos, de Le Monde y otros. Medido en esa escala, sostengo que Peloduro es uno de los mejores caricaturistas políticos del mundo. En todo caso, el de más acendrada entraña popular. *


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