WASHINGTON LAURIA
Parece increíble, pero es cierto. Claro que no ocurre en nuestro país, pero sí muy cerca de nosotros, en la Argentina. El actual gobierno porteño ha demostrado una envidiable preocupacion por sus personas mayores.
Luego de dos años de asumir las nuevas autoridades, le han decretado en siete oportunidades, aumento para sus ingresos. Sin ser grandes porcentajes, por lo menos, poco a poco, se les fue incrementando sus haberes, obteniendo cierto paliativo, para enfrentar los gastos de cada mes.
Podemos comprobar así, que, cuando hay voluntad, algo se puede hacer, por lo que consideramos preocupante que los responsables gobernantes del Uruguay, no hayan establecido ya, un mínimo sistema económico que ayude a los ancianos trabajadores.
Si el argumento radica en la aprobación del Presupuesto, no comprendemos por qué hay fondos para pagar la honestidad de los funcionarios públicos de la Impositiva o para los numerosos sueldos gerenciales del personal del Banco Hipotecario.
Querernos explicar que resulta imposible pagar aumentos hasta el año que viene, es subestimar la incredulidad de los mayores de 60 años, ya que, por otro lado, nos enfatizan la satisfacción del mayor ingreso que se registra en estos meses, tanto en la DGI como en el BPS.
Si los argentinos tuvieron 7 aumentos en 18 meses, aquí que ya llevamos 12 meses, bien se habría podido pagar algo más del magro aumento anual que nos hicieron.
Cuando en la otra orilla cobren diciembre, van a recibir el aguinaldo, mientras que aquí, ya nos adelantaron que no lo recibiremos, sin darnos alguna lógica explicación más que la de los tiempos legislativos sobre todo tratándose de un tema tremendamente humano.
Asumir la situación que protagoniza cada mayor de 60 años, en estos difíciles tiempos, resulta condición básica, para quienes desarrollan funciones sociales desde el gobierno. Cualquier lugar de los ámbitos correspondientes, debe comprometer a sus titulares, y así lograr el bienestar de cada uno de los integrantes de nuestra sociedad.
Dejar pasar los meses, estableciendo comisiones, investigando antecedentes o preparando futuras decisiones, es no entender los angustiosos tiempos que soportan las mayores capas etarias de los uruguayos.
Aceptamos que el ordenamiento es necesario, que las deudas hay que pagarlas, pero sinceramente, es mucho más importante darle un aliento a un viejito que mandarle dólares a quienes no nos comprenden. Pedirle a los trabajadores de hoy que aumenten sus años de trabajo para jubilarse, es reírse del Uruguay.
Cuando se comprueba el fracaso mundial que experimentan las instituciones financieras internacionales, no es muy criterioso ignorar a nuestras familias. Sin haber concretado en ocho meses iniciativas para modificar una asfixiante Ley de Seguridad Social, sin poder justificar el faltante de más de 400 millones de dólares reservados para nuestras viviendas, o sin haber intentado su suspensión, nos argumentan que no se puede hacer nada hasta el año que viene.
Tenemos que empezar a desconfiar. Miren para la otra orilla y apuren el tranco. No sabemos cuántos seremos el mes que viene. *
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