El crecimiento de la globalización capitalista sigue su expansión impetuosa y caótica.
Los organismos internacionales, como la Organización Mundial del Comercio, procuran seguir avanzando en una "normalización" hecha a la medida de los requerimientos de las grandes potencias y de sus empresas trasnacionales.
Como contracara espectacular, las voces alternativas de los movimientos populares reaparecen, cada vez con más amplitud, creatividad y diversidad.
La globalización despiadada y devastadora ha creado su antagonista, y el movimiento de respuesta incorpora nuevos exponentes de las realidades de desigualdades e injusticias que crea el gran capital transnacional.
En estos días en Hong Kong, China, la irrupción del movimiento campesino protestando contra los contenidos de la agenda de OMC rompió barreras y prejuicios. También los pescadores de la región se hicieron presentes con marchas multitudinarias.
A las organizaciones sociales mencionadas se unieron, como ya es habitual en este tipo de manifestaciones de protesta contra los estragos de la globalización, representantes de sindicatos y organizaciones no gubernamentales cuya presencia solidaria permite amplificar los ecos de la protesta social.
Esta nueva realidad, que marca un cambio en el escenario internacional de las luchas, ha permitido tomar conciencia no sólo de los aspectos negativos de la situación económico-social de los pueblos del Tercer Mundo, que en parte también afectan a los pueblos de las regiones capitalistas más avanzadas, sino también la tendencia a confluir que anima a los movimientos campesinos, ambientalistas, sindicales, contra la discriminación, contra la guerra y demás.
Tal como da cuenta un artículo difundido por la agencia ALAI, "Desde sus inicios en 1995, el organismo se ha expresado como un instrumento del Grupo de los 8 países más industrializados --G8-- para promover sus intereses, subsumiendo al Sur como área de influencia de sus miembros. De allí que el surgimiento del Grupo de los 20 --G20--, liderado por Brasil, con importante peso en esta reunión, no sólo ha tenido la virtud de revelar que el Sur existe y puede expresar sus propios intereses, sino que las enormes disparidades entre regiones y países no pueden ser soslayadas con el pretexto de que todo se resolverá a través de la uniformidad de las reglas comerciales. (...)
La ronda de negociaciones que supuestamente debía culminar en la presente reunión despuntó en Doha, Qatar, en 2001, sus lineamientos eran los de asegurar e incrementar el desarrollo mundial a través del pilar del libre comercio.
Pero como la definición del mencionado pilar es, por poco decir, incierto, los problemas no cesan de aparecer: al asunto de los subsidios a la agricultura por parte de los dos grandes, le siguió el de los bienes industriales, el de las patentes, entre otros, y más aún el antes dicho tema de las disparidades geo-económicas, frente a los cuales cuestiones como las del algodón, el banano o el azúcar, que figuran en la agenda de la actual reunión, aparecen como cuestiones sectoriales.
Con un historial de grandes reuniones fracasadas (Seattle en 1999, Cancún en 2003, y otras) la preocupación ahora radica en no acumular un nuevo fiasco, pues a estas alturas las controversias de todo tipo y de todos lados, incluyen puntos de vista que expresan desde adentro que no es sólo el modelo OMC que está en cuestión sino las mismas bases del Consenso de Washington".
Mientras los clarines saludan el supuesto triunfo de la globalización capitalista, se hacen oír acordes disonantes cada vez más estridentes, que cuestionan el modelo y llevan alarma a los poderosos.
Poco a poco, estos escollos se van haciendo más y más difíciles de sortear. *
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