ANTONIO PIPPO
En "El otro", Borges crea un imprevisto diálogo con un desconocido, que es él mismo, y paulatinamente va develando la verdad. Al final, se refugia en una conformidad protectora: "El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente".
Es quizás esa frase la que se está repitiendo la oposición parlamentaria. Yo intuyo que, debido a tantos golpes sufridos, padece una suerte de alucinación autoscópica; o sea, el proceso que, como respuesta a ciertos estados patológicos, hace que la imagen propia se desplace al exterior y pueda ser vista por uno mismo. Pero a la oposición, por alguna razón que ignoro, le pasa lo mismo que a Shelley, quien se miraba al espejo y veía a otro. Una mirada así es esencialmente piadosa y trampea a la realidad.
No hay otro modo de explicar su tenacidad en promover actos que la desflecan cada día más. El penúltimo ejemplo ha sido la interpelación al ministro Danilo Astori.
Es de mero sentido común, hasta de sentido de supervivencia; no se puede convocar a sala a un ministro cuya solvencia técnica, capacidad de comunicación y experiencia política nadie discute, e intentar moverle el piso con una especie de videojuego que interpreta antojadizamente sus supuestas contradicciones. Fue patético observar que el interpelante gastaba hasta su última pobre munición y también su voz, de tanto que gritó- mientras blancos y colorados resignaban con pasmosa rapidez cualquier debate y lo dejaban solo. No sin antes, claro, pasar por su banca y susurrarle cínicamente "bien, muy bien".
La oposición parlamentaria es esencial a un sistema democrático. Ahora bien, ¿esta oposición se ha analizado seriamente? ¿Se ha mirado al espejo para verse como es? No lo ha hecho o sufre, nomás, aquella alucinación autocompasiva que mencioné. No se puede controlar ni corregir a un oficialismo con mayoría absoluta a través de acciones, ¿cómo calificarlas?, tan franciscanas.
Y digo franciscanas por la pobreza, no por el plausible ejercicio de fe misionera. *
Comentarios (beta!)